Posts tagged ‘Día de las madres’

mayo 7, 2010

Día de las madres

por Mauricio González Lara

¿Celebras a tu mamá con el Brindis del Bohemio? ¿Con Denisse De Kalafe? No jodas y lee esto.

Según un chiste popular, Cristo debió haber sido mexicano por tres razones: uno, sólo un mexicano sigue viviendo con sus papás hasta los 33 años; dos, todos los aztecas nos creemos los hijos consentidos de la divinidad, por lo que dejamos todo a su voluntad (“ya Dios dirá”), y tres, a casi todos nos gusta creer que nuestra madre es una virgencita inmaculada más allá de todo mal. Tal filosofía se refleja en toda su gloria durante el día de las madres. No es secreto: la imaginería del 10 de mayo representa a la madre mexicana como una figura abnegada, sacrificada y cosificada; como una virgencita, pues.

Con el ánimo de revertir esta tendencia, tristemente presente en pleno siglo XXI, van unos apuntes para que reconsideren la manera en que celebran a su madrecita.

1. Nada peor que “sacar” a la madre. La manera en la que el 10 de mayo se llenan los restaurantes estilo La Mansión de familias compuestas de 10, 20, o hasta 30 personas despide un tufillo de trágico mal gusto. Primero, porque como le sucede a todo treintañero soltero que se respete, me zurran los niñitos de entre 2 y 12 años que se la pasan chillando o corriendo como zarigüeyas enajenadas; segundo, porque las pobres madres y abuelas terminan siendo equiparadas simbólicamente al mismo nivel que una mascota a la que hay que sacar a pasear. La diferencia es que al perro lo sacan a diario, y a la madre, ¡pues sólo el 10 de mayo!

En algunas familias más jodidas, la celebración se realiza en casa de la progenitora. Es decir, lejos de relajarse y pasarla bien echando unos alcoholes, la madre cocina para toda la familia. Ya en ámbitos infernales, ciertas familias celebran multitudinariamente en la casa de la abuela, una pobre cabecita blanca a la que se le obliga a cocinar mole poblano para 100 personas. “Oye abuelita, ¿le podrías quitar el pellejito a mi muslo?”” ¿Ya no hay cocas abue?” “Abue, ¿no compraste servilletas?” Ironía de ironías: los machitos mexicanos, tan hijos de mami, se alcoholizan, pelean y finalizan el festejo con gritos y amenazas: “Vas a ver cabrón, ¡te voy a partir toda tu madre!”, le dice un hermano a otro. Lamentable.

2. Si le vas a regalar algo a tu madre, por favor, que sea algo pensado para su personal goce. Tu madre es una mujer que merece un trato delicado, no una máquina a la que hay que renovarle cada año los accesorios. ¿No sabes a lo que me refiero? No te hagas. Va una escena clásica de cualquier casa clasemediera mexicana en 10 de de mayo:

– El esposo pedo que se tira a la secre: ¡Felicidades! ¡Te queremos mucho amor! Te compramos un regalo.

– La madre abnegada: Ay, no se hubieran molestado. Está bien grande. ¿Qué será? Pero qué grande está esto. ¡Una lavadora! En serio no se hubieran molestado. Así ya voy a poder lavarles más rápido y mejor.

– El hijo haragán: Y para la próxima te compramos una freidora, jefa.

– La hija pendeja que no tarda en salir con su domingo siete: ¡Wow! Debe ser rebonito ser mamá.

Regala perfumes, vestidos, bolsas, pero nunca accesorios domésticos o cualquier otra clase de utensilio que reafirme a tu madre como ama de casa. No seas malagradecido.

3. Muchas chavas tienden a pensar que el mejor regalo que se le puede hacer a una madre es uno que involucre la ratificación de sus lazos matrimoniales. Tremendo error. Por favor, no le vayas a hacer caso a tu novia y le regales a tu mamá una noche romántica con tu papá en el Marriot o el Camino Real. Querido lector, si tienes más de 20 años, deja de engañarte: a estas alturas del partido, el tiempo ya le ha pasado una muy costosa factura a la estética de tus progenitores; ergo, una noche para tu madre cuyo final involucre sexo con su obeso esposo, o sea tu padre, es un escenario en extremo repulsivo. Otra cosa: por lo más sagrado, tira de una buena vez ese disco con la rola de Denisse De Kalafe con la que la despiertan todos los años.

4. ¿Tu madre es soltera? Mejor. Seguramente es una mujer que no se anda con cuentos y te va a decir cómo quiere que la celebres. Esas mujeres son admirables.

5. Flashback personal. Mediados del 2000. Aún vivo en casa de mi madre. Martes. Llego a medianoche después de haberme echado unos martinis en La Martinera, la original, la de la Condesa, (ya nunca se han visto semejantes martinis en México, tan grandes, tan bien mezclados). No hay nadie en casa. Mi hermano está de viaje, pero me extraña que mi mamá no esté. Veo un recado en la mesa. “Mauricio, nos llevamos a tu mamá a urgencias porque se cayó mientras tomaba sus clases de baile. Te hablo luego para decirte dónde estamos. Tu tía Gina.” ¡Puta madre! Angustia. Por fin me llama mi tía Gina, madre soltera, hermana de mi mamá. La duela de la pista de baile tenía un clavo alzado, mi madre tropezó y cayó sobre su hombro izquierdo. ¿El saldo? Huesos pulverizados y una molestia insoportable. No me gusta el hospital al que la llevaron. La cambiamos de lugar. Nuevo diagnóstico: la operación será complicada y hay una alta probabilidad de que mi madre pierda el brazo. Drama. Llega otra tía: Rocío, viuda, cuñada de mi madre. La ayudan a calmarse. Soy el único hombre ahí. Aunque están tan preocupadas como yo, ellas se cagan de la risa. Le echan porras a mi jefa y la maquillan. Me ayudan en todo y llenan de calidez la habitación.

Mi padre nos dio educación y sustento, pero también dolores de cabeza, deudas y abandono. De vez en cuando llama, pero obviamente no está ahí. Veo a mi madre y la inmensa fraternidad que le manifiestan estas mujeres, todas ellas sin hombres que las apoyen, y me queda claro que no hacemos falta. Las palabras sobran. Me siento casi avergonzado. Todo a la postre sale bien. El único costo que pago es peinar a mi madre durante los seis meses que tarda en recuperar la movilidad gracias a terapias dolorosísimas de las que nunca se queja. No hay día, eso sí, en que ella no me cague por mi torpeza con el cepillo. (“Mis tías lo hubieran hecho mejor”, pienso.)

Es curioso. Mis tías y mi madre crecieron en una cultura de vecindad urbana donde “todos somos hijos de Pedro Páramo”. Deberían estar llenas de mala onda y rencor contra los hombres, pero en verdad irradian sentimientos muy distintos. Imposible no adorar sus costumbres, sus tics, su integridad. Son unas chingonas, punto. Es por eso que creo que la vulgaridad kitsch del 10 de mayo es un insulto para ellas.

Espero que así lo creas tú también.

****Este texto apareció hace un año en la revista DEEP. Lo rescato para celebrar la ocasión.

Etiquetas: