Archive for ‘Viviendo en el DF’

noviembre 25, 2010

¡Arde la calle!, una charla con Julio Martínez Ríos

por Mauricio González Lara

El locutor de Reactor habla sobre subculturas y efervescencia musical, a la vez que nos ayuda a definir qué demonios es un hipster.


Como en ningún otro año en la historia, la ciudad de México ha sido escenario de numerosos conciertos de la más diversa índole: de Coldplay a Panda Bear, de Belle y  Sebastian al Vive Latino, de Massive Attack a las tocadas de Surf en el Foro Alicia, el único común denominador de estas expresiones parece ser el entusiasmo. Algo sucede en la calle, pero no sabemos exactamente qué ni si va a redundar en algo que rebase el mero ánimo celebratorio de las subculturas que integran el nebuloso mosaico de lo que definimos, quizá erróneamente, como cultura juvenil.  Para aclarar el panorama charlamos con Julio Martínez Ríos, locutor de Reactor, periodista y autor de ¡Arde la calle! (Random House Mondadori, 2010), libro donde reflexiona sobre la fragmentación y la energía cultural de los tiempos recientes. ¡Ah!, Julio también nos ayuda a responder una pregunta que nos atormenta: ¿qué demonios es un hipster?

En tu libro asocias la efervescencia musical con la idea de tomar la calle. Sin embargo, esa efervescencia también podría interpretarse como el simple aumento de un consumo cultural que no produce cambios significativos, ni mucho menos hace “arder la calle”.

Yo veo a una juventud que quiere salir todo el tiempo a tomar la calle. ¿Cuál es el problema? Que en nuestro país es difícil hacerlo sin que esto conlleve una connotación política. Bajo el ojo de la cultura dominante, los únicos personajes autorizados y con poder de convocatoria para tomar la calle son Andrés Manuel López Obrador, Enrique Peña Nieto o Felipe Calderón. No obstante, el consumo cultural, como tú lo denominas, sí saca a los jóvenes a la calle todo el tiempo. En la ciudad de México, cada semana hay un concierto que es relevante para una escena; los lugares se llenan  y la oferta de expresiones aumenta de manera acelerada. Quizá al principio, frente al contexto de prohibición que prevaleció durante muchos años, el acto de ir a un concierto era similar al de una pasarela social. Mucha gente iba por pose y buscaba que se le viera en la mejor sección. Hoy, creo, ya no es así. La gente va porque se siente identificada con la música y la subcultura y atasca los lugares. La oferta ya no es tan dispar con lo que puedes encontrar en otros países, pero aquí todavía existe una diferencia: el rock mantiene una connotación cultural más trasgresora que la que guarda en sus lugares de origen.  El rock en México es una forma musical que sirve para rebelarse ante lo que te quieren imponer Exa y las 40 principales, o una alternativa a ver “Décadas” los domingos por Canal 2. Es más fácil acceder al reencuentro de OV7 que al disco más reciente de Belle y Sebastian. Más allá de que puedas bajar la música de  ambos grupos por Internet, el simple hecho de escuchar a Belle y Sebastian te coloca en un ambiente cultural más sofisticado. Eso, por sí solo, es un acto de resistencia, una herramienta para decir “no estoy de acuerdo” y “no lo voy a aceptar”.

¿Ir a un concierto de Belle y Sebastian es un acto de trasgresión”?

Hasta cierto punto, claro. Quizá la mía sea una visión romántica o ingenua, pero prefiero tener esa óptica que cualquier otra. Escuchar a una banda en el momento correcto te puede salvar la vida. Un chico de 20 años que se interesa por Belle y Sebastian da un gran salto, toma una opción muy distinta a la de aceptar lo que le ofrecen los medios masivos de comunicación. El arte como acto de imaginación es una invitación al cambio, nos permite ir a un lugar que no es la realidad y así contradecirla. Eso ya es gigantesco, todo un acto de rebeldía. No debemos menospreciar la libertad de poder salir un fin de semana a ver un grupo. En muchas regiones del país, eso ya no es posible. No es algo menor.

Se afirma que estamos ante el final del mainstream, que ya solo habrá subculturas y fragmentación.

A veces también lo creo así, pero después te encuentras con un fenómeno como Lady Gaga y  repiensas las cosas. Lady Gaga opera  dentro de un mainstream en el que conecta con millones y millones de personas. Lo que hace me parece bellísimo, pues su historia representa un rompimiento con una manera de crear estrellas de laboratorio, probadas desde pequeñas en los estudios Disney. Lady Gaga proviene de la calle, era una chava que hacía lo suyo y que por sí sola, con base en su inventiva y creatividad, logró convertirse en superestrella. El mensaje de Lady Gaga, a final de cuentas, es que “tú puedes hacer lo que quieras”. Curiosamente, ése es un concepto que tiene más que ver con culturas alternativas como el “punk” que con el mainstream. En ese aspecto, el espíritu de Lady Gaga es “punk”. Hasta en sus diseños es diferente: los audífonos que creó para la compañía del Dr. Dre son unos triángulos, es decir, donde todos los demás ven círculos ella ve triángulos. Lo que pasa es que aquí somos muy conservadores y nos parece en principio una blasfemia asociar a Lady Gaga con los Sex pistols, pero el mensaje es muy similar. México es un país tan conservador que nuestro conservadurismo nos lo llevamos a las culturas alternativas. Aquí te encuentras a punks, darks y metaleros muy dogmáticos, lo que es una gran contradicción, puesto que estos grupos tendrían que ser los más abiertos a nuevas ideas y tendencias.

¿Es un error entender que la identidad pasa por rechazar lo que significa el otro? ¿No es esa la idea primigenia del rock?

Lo que pasa es que hemos malentendido la disidencia como una falta de respeto. Quizá la identidad se forme a partir de la disidencia y no estar de acuerdo, pero eso no significa que tengas que agredir al otro. Compartimos más cosas que diferencias. Un amigo músico una vez me dijo que todas las canciones se componen de siete notas; puedes acomodarlas de muchas maneras, pero al final toda la música se reduce a ese número. Lo mismo pasa con las subculturas: desde luego que existe esta necesidad adolescente de diferenciarte y pintarte el pelo de naranja, pero todos compartimos el mismo ADN cultural. ¿Por qué ser diferente y disentir debe significar una agresión física o actos de violencia? No es necesario, me gusta pensar que nos unen más cosas que las que nos separan.

Las subculturas en  México transforman lo que viene de afuera hasta hacerlo algo único, completamente suyo.

Son tropicalizaciones que se realizan de manera natural y terminan siendo fascinantes. La cultura metalera en México, por ejemplo. Acá, cuando alguien toca muy rápido, los metaleros dicen que “está haciendo carnitas”. Esa imagen, tan mexicana, es maravillosa; un viaje cultural de una expresión que proviene del exterior y es asimilada a través de una imaginería totalmente propia. Sin la tropicalización del dark, sin el día de muertos y la cumbia, no tendríamos a Los Caifanes. Toda la cultura dark conecta con muchas tradiciones mexicanas. La canción popular mexicana es sufridora y profundamente oscura. Si escuchas con atención “Reloj no marques las horas” o “El triste”, son canciones que reflexionan sobre el individuo, la tristeza, la vida, el paso del tiempo, todos temas asociados al dark. La belleza está en esas adaptaciones, cuando hacemos de la  tropicalización un acto creativo que a veces supera las expresiones originales.

*Esta entrevista aparecerá próximamente en la revista Deep.

**Las fotos del público de Vive Latino y Midnight juggernauts son de Toni Francois, fotógrafa clave para entender la efervescencia de los eventos en vivo en México, así como la cultura juvenil chilanga de años recientes. Visita su blog.

octubre 19, 2010

Haz patria: quédate en casa

por Mauricio González Lara

Sea por tráfico, inseguridad, amenazas naturales, o miedo a “que pueda pasar algo”, los funcionarios nos invitan a que nos quedemos en casa.


En el México contemporáneo, las palabras siempre han sido más memorables que los hechos. Desde los setenta, todos los sexenios han contado con un slogan que describe una dinámica de pensamiento totalmente opuesta a los resultados obtenidos: el “arriba y adelante” echeverrista, la “administración de la abundancia” de “Jolopo”, la “renovación moral” de De la Madrid, la “solidaridad” salinista, el “bienestar para la familia” de Zedillo, el urgentísimo “hoy” de Fox, en fin, la clase política nacional siempre ha sido pródiga en promesas rimbombantes, pero en extremo humilde a la hora de generar resultados que acrediten tales delirios conceptuales.

¿Cuáles serán las líneas publicitarias por las que recordaremos a este sexenio, tanto en el ámbito federal como “defeño”? Si se tratara de escribir una historia oficial, la respuesta es automática: “el presidente del empleo”, para Felipe Calderón, quien lejos de crear más trabajos sólo ha podido recuperar los perdidos tras la crisis de 2008 y 2009, y “una ciudad de vanguardia” para Marcelo Ebrard, el jefe de gobierno del Distrito federal que administra una estructura que por momentos se debe asemejar a una bomba de tiempo, como los materializados en las numerosas obras sin terminar que constituyen desde hace ya varios años el paisaje urbano de nuestro día a día.

Sin embargo, si escribiéramos una historia alterna a la oficial, podríamos proponer un llamado recurrente que hermana a los gobiernos de Calderón y Ebrard, al tiempo que desnuda el estilo de sus gestiones: si en algo se han distinguido Felipe y Marcelo durante sus cuatro años en el poder, es que al enfrentar una crisis, por pequeña que ésta sea, ambos, timoratos, toman los micrófonos y le piden a la población que “no salga a las calles, que mejor permanezca en casa si no tiene nada que hacer”, pues en el exterior le aguardan peligros que es mejor no enfrentar.

La respuesta es más o menos la misma ante cualquier contingencia. ¿Marchas que amenazan con poner en jaque al tráfico citadino? “No salga.” ¿Amenazas de lluvia intensa que nunca se cumplen? “Permanezca mejor en interiores”.” ¿Temor a concentraciones excesivas de gente en las celebraciones del Bicentenario? “El espectáculo se disfruta más por televisión.” ¿Inseguridad en la noche? “La gente decente enfiesta en casa, por lo que hay que cerrar los bares a las tres de la mañana (y si se puede antes, mejor)” ¿Problemas urbanos, de cualquier índole? “Casa, casa, casa.” La estrategia de los gobiernos de Calderón y Ebrard para enfrentar los problemas, queda claro, no es resolverlos, sino alejar al ciudadano de ellos. ¿La manera más efectiva de cumplimentar el plan? Mandar a todos a su casa.

¿De quién es el espacio público?

De acuerdo con las concepciones democráticas modernas, el espacio público es la dimensión vital y humanizante donde la sociedad se reúne para compartir sus opiniones, evaluar propuestas y elegir las decisiones más acertadas para su diario devenir; una arena donde nos observarnos a nosotros mismos como sociedad y cultura. Nos reconocemos en el espacio público y nos definimos en virtud de él; el espacio público no sólo nos pertenece, sino que es nuestro hogar, espejo y patria.

¿Qué es lo que vemos en el reflejo del espacio público del Distrito Federal? Abandono y agresión. Las obras en el Distrito Federal no son la promesa de un mañana brillante, lleno de servicios y armonía, sino la ratificación de la naturaleza móvil del caos. Por razones que escapan al entendimiento -y que por ende la imaginación popular asocia con la corrupción- nunca nada se termina en la ciudad. Es delirante, pues como bien señala el académico español Jordi Borja en Notas sobre ciudad y ciudadanía, el ciudadano tiene derecho a identificar al espacio público como algo bello y monumental:

“El espacio público es una de las condiciones básicas para la justicia urbana, un factor de redistribución social, un ordenador del urbanismo vocacionalmente igualitario e integrador. Todas las zonas de la ciudad deben estar articuladas por un sistema de espacios públicos, dotados de elementos de monumentalidad que les den visibilidad e identidad. Ser visto y reconocido por los otros es una condición de ciudadanía. El lujo del espacio público y de los equipamientos colectivos no es despilfarro, es justicia. Los programas públicos de vivienda, infraestructuras y servicios deben incorporar la dimensión estética como prueba de calidad urbana y de reconocimiento de necesidad social. Cuanto más contenido social tiene un proyecto urbano, más importante la forma, el diseño, la calidad de los materiales, etcétera. La belleza cohesiona y provee calidez.”

La situación no cambia cuando sí se cuentan con espacios para que la ciudadanía salga a disfrutar su ciudad. Ejemplo paradigmático: las recientes celebraciones con motivo del 15 de septiembre. Tras haber gastado 3,000 millones de pesos en los festejos y repetir día y noche por todos los medios que iban a ser los más espectaculares de la historia, el gobierno federal, temeroso de que una elevada concentración de gente generara un escenario propicio para un atentado o una calamidad, optó por conminar a última hora a la ciudadanía a que se quedara en casa. Resultado: un desfile deslucido y triste, calificado por la prensa extranjera como la celebración más gris de todas las realizadas a escala internacional con motivo del Bicentenario.

Otro botón de muestra: los pasados 9 y 10 de octubre, la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (Conade) organizó el Festival Olímpico Bicentenario sobre Paseo de la Reforma. El montaje del festival demandó cerrar Reforma todo un viernes, lo que provocó un enorme descontento y desorden vial. La idea del evento parecía valer el sacrificio: deleitar al público con una serie de demostraciones deportivas por distinguidos atletas nacionales y extranjeros. Las estructuras construidas, empero, eran tan ajenas al espacio público que los asistentes no pudieron ver casi nada. Muchos ni siquiera se enteraron de la presencia de Michael Phelps, el famoso campeón olímpico estadounidense que cobró alrededor de 150,000 dólares por dar unas cuantas brazadas. Ofendido por las críticas, Bernardo de la Garza, presidente de la Conade, se negó a dar explicaciones después del evento. ¿Para qué? Bajo la lógica gubernamental, el espacio público es de uso exclusivo de los funcionarios. ¿La ciudadanía? Que lo vea en su casa. ¡Faltaba más!

A lo largo de este 2010, tan marcado por el Bicentenario, algunos analistas han señalado que las nuevas generaciones ya no sienten el amor a la patria que, supuestamente, caracterizaba a las anteriores. Pregunto: ¿cuál es la patria a la que deberían amar las nuevas generaciones? ¿A la ciudad antagónica por la que se les pide que no transiten, o a una nueva geografía cuyo espacio no va más allá de un sillón y un televisor que sólo transmite festejos, telenovelas históricas y spots de Iniciativa México?(F)

+Este artículo se publicará en la edición de noviembre de la revista Deep.

julio 22, 2010

Una defensa embravecida del mezcal

por Mauricio González Lara

De seguir popularizándose, se corre el riesgo que el mezcal termine como el tequila, un destilado que hoy es una sombra adulterada y envilecida de lo que alguna vez fue.

Para sorpresa de muchos, el mezcal ha comenzado a posicionarse como la bebida de elección en las tertulias de un grupo creciente de jóvenes que, quizá hartos de la adulteración dominante en el  resto de los licores masificados, busca alguna clase de integridad en el aún artesanal brebaje de maguey. La mayoría, evidentemente, no sabe lo que hace y con frecuencia es presa fácil de oportunistas que  presentan como elíxires divinos lo que no pasan de ser viles aguarrases.

Para salir de la ignorancia, hemos contactado a Cornelio Pérez, gurú del mezcal y fundador de “Los Mezcólatras”, una logia de entusiastas del mezcal que se reúne todos los martes en el bar Red Fly, de la Colonia Roma. El “tío Corne”, como le dicen cariñosamente sus discípulos, nos despeja algunas dudas sobre el negocio del mezcal y convoca a la febril defensa de su pureza.

Vivimos un boom del mezcal. ¿Coincides en que la bebida pasa por su mejor momento?

Sí y no. Estamos en un momento donde hay mucha demanda de mezcal, sobre todo en centros de consumo, pero también atravesamos una etapa de enorme riesgo. Primero hay que contar con una idea clara de a qué nos referimos cuando hablamos de mezcal. Hay muchos productos que se autodenominan como mezcal para su comercialización, pero que no necesariamente cumplen con los parámetros para poder definirse así, tanto para beneficio como perjuicio del consumidor. Si nos atenemos al criterio de la Denominación de origen, encontramos que sólo siete estados de la República pueden producir mezcal, cinco de manera completa y dos parcialmente. Los que pueden producir al 100 por ciento son Oaxaca, Guerrero, Zacatecas, Durango y San Luis Potosí; al 60% o 70%, en función de la cercanía de sus municipios la zona de la Denominación, Guanajuato y Tamaulipas. ¿Estos son los únicos estados que pueden producir mezcal de calidad? Claro que no. Se hace mezcal en, por lo menos, 21 estados del país; buen mezcal, rústico y tradicional, mucho mejor que el de casa productoras más grandes.

El criterio de la Denominación de origen, a mi juicio, es un engaño, pues más que estar diseñado para proteger la integridad del producto (la idea original detrás de toda Denominación de origen), se ideó para que algunos productores pudieran apoderarse del mercado, incluidas, como es de suponerse, algunas trasnacionales que comienzan a ver al mezcal como el siguiente gran negocio después del tequila.

Otro aspecto que me parece risible es la división que hace del mezcal, entre puro (100 por ciento) y parcial. Es una pendejada: es como la media embarazada, o es mezcal o no es mezcal. ¿O conoces un Rioja que sea 60% uva y otra cosa? Si se trata de proteger al producto ¿por qué facilitar su adulteración? Para ser mezcal, debe ser al 100 por ciento. La Denominación de origen, en teoría, es un instrumento legal que se utiliza para enfatizar las condiciones que tornan en único a un producto, y entre esas condiciones se encuentran, desde luego, las condiciones geográficas; sin embargo, aquí no se usa para preservar el valor primigenio del sabor y el aroma, sino para construir el dominio de un mercado. Es un error. Se corre el riesgo que el mezcal termine con el mismo problema que el tequila, cuya Denominación de origen es considerada un chiste a escala internacional.

La Denominación de origen del tequila fue manejada de manera tan torpe que no redundó en un  producto fuera de mayor calidad, sino que abarato la certificación a tal grado en que cualquier cosa podía autodenominarse como tequila si cumplía con los lineamientos. Resultado: no es aventurado afirmar que hemos perdido ya la memoria histórica del verdadero sabor del tequila.

A ver, ¿entonces lo que bebemos ahora ya no es tequila?

No sabemos qué es. Finalmente, no olvidemos, el tequila fue mezcal. Si tú vas a una tienda y compras cualquier tequila, por caro que sea, lo primero que vas a notar es que no cuenta con un etiquetado informativo. A estas alturas, en lo referente a tequila, ya se comercializa cualquier cosa. Yo he estado en varias catas con tequileros. Ninguno de ellos cuenta con la conciencia de probar su producto bajo las reglas básicas de calidad, como lo es el “perlado”, que es un proceso consistente en certificar que el líquido genere burbujas, factor clave para certificar que en efecto es un alcohol de alta graduación. Casi ningún tequila comercial “perlea” como debe, ni siquiera uno caro que se presenta como de gran calidad, como lo sería el de Reserva de la Familia, de José Cuervo. Ese, aparte, es oscuro, lo que se debe a la acción de colorantes.

Puedo comprender que a ti te guste el Reserva de la familia, pero para mí es inaceptable que le llames tequila. Eso ya no es tequila. Mi principal temor es que eso pase con el mezcal, que perdamos la idea primigenia de su sabor. De hecho, ya está pasando: si vas a la capital de Oaxaca, ya no es tan sencillo conseguir buen mezcal. Abunda, eso sí, el mezcal barato hecho de maguey de baja calidad. Es por eso que creo que la única manera de asegurar que el mezcal perdure es a través de la creación de una nueva cultura que eduque al consumidor, y no lo explote. Al final del día todo se resume en qué clase de país queremos: ¿uno patito o de tradiciones fuertes e identificables?

¿Cuáles son las  reglas básicas que debe cumplir un buen mezcal?

Si ya viene la comarca comercial, un mezcal legítimo debe de contar con por lo menos 45 grados. Claro, muchos te van a decir que eso es una exageración  y que es imposible de cumplir en un mercado masivo. ¡Al demonio! Si no quieres beber fuerte, toma vino, pero no quieras pretender que eres un entusiasta del mezcal. No podemos desperdiciar la única oportunidad que le queda a México de contar con un buen destilado en el mercado.  Si no puedes  tomar un mezcal de más de 45 grados, tampoco vas a apreciar un whisky de 45 grados, porque tu paladar ya va a estar tan acostumbrado a los licores adulterados de bajo nivel que va a ser imposible que los disfrutes. Otra regla es negarse a consumir mezcales añejados. Un buen mezcal debe ser blanco, ajeno a la barrica y al color.

Hay mucha gente mamona que dice: “me traje esta barrica de roble blanco y ahí he añejado mezcal de maguey de 13 años”. Es una estupidez: lo único que hiciste fue destruir el sabor del maguey y sustituirlo por el de la barrica. La identidad de la bebida es el maguey y el proceso de elaboración, punto. La barrica en los destilados mexicanos es una práctica europea introducida por principiantes que ignoran el valor del sabor original. Otra prueba de rigor es untarte con el dedo índice un poco de mezcal en el brazo. Una vez que se seca, un buen mezcal debe de oler al significado etimológico de la palabra: maguey cocido;  un mal mezcal, por el contrario, va a oler a caña. Otra regla es desterrar la idea de que el mezcal es barato. Por el contrario, una buena producción por lo general es una de naturaleza pequeña, que exige enormes esfuerzos para concretarse. El consumidor debe estar dispuesto a pagar caro por el mezcal. Vale la pena.´

+Este artículo se publicará en otro formato en el número de agosto de la revista Deep.

++Página oficial del Tío Corne: http://mezcalestradicionales.mx/

mayo 27, 2010

Conciertos infernales

por Mauricio González Lara

El desastroso concierto de los Arctic Monkeys debería marcar un “antes” y un “después”: basta ya de tolerar desorganización y malos servicios en “eventos de primer nivel”.


-Para Ana Marín y Carlos Cantú, sobrevivientes ejemplares del concierto de Arctic Monkeys, y para Toni Francois, sobreviviente de todos los demás.

Es un autoengaño recurrente: cuando hablamos sobre nuestra adolescencia, en lugar de revisitar la  alienación y el desasosiego que caracterizaron a esos años infernales, casi siempre exponemos con lujo de detalle las hazañas y ritos de iniciación que nos convirtieron en las personas valientes y sólidas que, supuestamente, somos ahora.

Olvidemos los choros que elucubramos cuando relatamos nuestra primera cogida, o incluso la inventiva manera en la que disfrazamos lo idiotas que éramos para los madrazos, y centrémonos, mejor, en viñetas menos obvias pero más emblemáticas; en esos momentos que, para haber sido disfrutados plenamente, requerían de esas pequeñas y tan deseadas dosis de arrojo que no fuimos capaces de generar, pese a que en público nos guste afirmar lo contrario. Nunca reuní el valor para saltar del segundo trampolín de la alberca olímpica, ni tampoco robé nada del Juguetirama que se ponía todas las navidades frente al Aurrera de la esquina, ni  mucho menos me atreví a sacar a bailar a la vecinita gordibuena que me tiraba la onda sin reparar en mi apostada indolencia.

“These things, they go away”, nos dice Michael Stipe, líder de REM, en Nightswimming. Y tiene razón, el 99 por ciento de las veces; el uno por ciento restante, sin embargo, lo podemos redimir por las causas más absurdas e inesperadas en algún momento de nuestra vida adulta. Gracias a la negligencia de Ache producciones, el pasado 21 de abril, durante el caótico concierto de los Arctic Monkeys en la explanada del Estadio Azteca, tuve la oportunidad de cauterizar un viejo trauma: lejos de comportarme como el adolescente respetuoso y fresa que sigue indicaciones, pide permiso para pasar, evade las concentraciones y ve el recital a media distancia mientras abraza a su vieja, me torné a mis 36 años en un vándalo que saltó bardas, tiró vallas, insulto policías, empujó personas, pisoteó mujeres y literalmente dio el portazo para llegar a la zona por la que había pagado, todo bajo el grito de guerra: “cuerpo, corazón y mente, ¡todos a preferente!”.

Fue una experiencia liberadora, reconozco, pero por todas las razones equivocadas. El concierto de los Arctic Monkeys casi deriva en tragedia: miles de personas que habían pagado alrededor de 70 dólares por un boleto en sección preferente no pudieron acceder a la misma debido a la estupidez de los organizadores, quienes no pudieron coordinar ni contener los flujos de una muchedumbre  que, ante la obvia sobreventa, se salió de control.  Frente a la desfavorable cobertura de prensa del evento y las innumerables quejas y mentadas de madre que los fans realizaron al día siguiente en las redes sociales, Ache producciones no tuvo otra opción más que la de reembolsar el boleto. El daño, empero, ya estaba hecho: una noche desperdiciada y la frustración de ver en pésimas condiciones a una buena banda.

Me gustaría pensar  que la experiencia de los Arctic Monkeys es una excepción, o en el peor de los casos, un desastre más de Ache Producciones, organizadora que a estas alturas es sinónimo de fraude y caos, pero al igual que mis recuerdos de adolescencia, sería engañarme una vez más: los conciertos en México, si bien numerosos y con bandas de primer nivel, sufren de todos los defectos posibles: precios altísimos, recintos de acústica espantosa, carencia de servicios, falta de seguridad, falta de planeación, indolencia ante el control de masas, y un largo etcétera que a estas alturas debería parecernos ya intolerable.

No se trata de criticar por sistema. Nobleza obliga: el simple hecho de traer una banda a nuestro país  implica una serie de negociaciones y laberintos logísticos en verdad descomunal. Demandar precios iguales a los de Estados Unidos o Europa sería una aberración. No obstante, no existe ninguna razón válida por la que los recintos no cuenten con instalaciones y sonido de primer nivel, en especial si se toma en cuenta que buena parte del cuidado de los mismos está cubierto  con patrocinios que rebasan al mismo evento. (Nota para las marcas: si me la paso mal en un concierto en el Salón José Cuervo, no sólo le echo la culpa al organizador, sino que también asocio la mala experiencia con José Cuervo, quien supongo pagó varios millones por rebautizar al otrora Salón 21 con su nombre.)

No sólo nos hemos acostumbrado al maltrato, sino que con frecuencia lo celebramos, en específico cuando el abuso proviene del mismo artista. Caso de estudio: hace unos meses, el grupo The whitest boy alive suspendió una de sus presentaciones en un antro del DF porque el vocalista perdió sus lentes mientras saludaba al público. En Nueva York o Londres, tal actitud hubiera motivado el enojo y la sorna de buena parte del público y la prensa. Imagino perfectamente al NME burlándose de lo mariquita que resulta suspender un concierto de rock por perder unos lentes, por mencionar un medio paradigmático. Acá, en cambio, la actitud general era de franca indignación ante la posibilidad de que Erlend Oye, el cantante de la banda, se fuera con una mala imagen de nuestro país. “¿Qué va a pensar de nosotros?”, “¡qué vergüenza!”, “va a decir que los mexicanos somos unos nacos”, “¡pidamos disculpas!”

Curioso complejo de inferioridad: en México nos preocupa más caerle bien al artista que exigirle un desempeño de excelencia. La actitud, obvio, es capitalizada por organizadores que saben que mientras el artista diga “¡I love you México!” a la multitud no le va a importar fingir que el sonido es perfecto y que se la está pasando bomba, de manera muy similar al adolescente que afirma que dio la gran faena sexual cuando apenas y le toco una teta a su novia. Basta de pretender. Ojalá que lo sucedido con los Arctic Monkeys sea un parteaguas y comencemos de una buena vez a exigir lo justo.(F)

*Este texto se publica en la edición de junio de la revista Deep.

octubre 27, 2009

Dreaming in revelry

por Mauricio González Lara

Ni la incomodidad tradicional del Palacio de los Deportes, ni las fallas de audio de los primeros minutos, ni mucho menos los gritos de impostada histeria de sus fans, pudieron quitarle grandeza a Revelry: momento perfecto sólo posible en la expresión grandilocuente del rock de estadio.

Fue en verdad algo luminoso, como si un espíritu de gozosa melancolía recorriera la arena por las pantallas de los celulares, alegre y orgulloso de estar ahí.

P.D. El video es de Ana, aka @mujerdepocafe . Sigue su twitter

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