Archive for ‘Televisión’

marzo 26, 2012

Las series más decepcionantes de la televisión (TV/3)

por Mauricio González Lara

Estas series empezaron bien, pero…

Lost. En lugar de ser una resolución a los acertijos planteados durante más de 90 horas, el final es una cursilería monumental donde todos los protagonistas literalmente se van al cielo con sus seres queridos. Una mentada de madre. Como bien dice Abed en Community, la metáfora televisiva del “lack of payoff”.

¿Tú también te sientes avergonzado de haber visto Lost durante más de un lustro? Haz click “aquí”.

Nip Tuck. La carencia de ideas era tan evidente en su fase final que sólo falto que le hicieran una cirugía plástica a un extraterrestre.

Entourage. A partir de la tercera temporada, Entourage se convirtió en un Sex in the city para hombres. Hasta Ari Gold se tornó irritante. El resultado de contar el mismo chiste una y otra vez.

The Walking Dead. Hacia el final de la primera temporada la serie se degeneró en una telenovela aburrida y exasperante.  Todo un insulto a la cultura zombie.

Damages. La primera temporada luce prometedora gracias a su estructura de flashforwards, una disfrutable truculencia y un sólido cuadro de actores. Todo se cae en la segunda. ¿Alguien cree que Rose Byrne da el ancho para ser rival digna de Glen Close?

Más textos sobre TV:

Nuevas pantallas, nuevas historias (TV/1)

Series dramáticas, 30 referentes claves (TV/2)

marzo 21, 2012

La diva de la generación American Idol

por Mauricio González Lara

¿Cómo explicar el descomunal éxito de Adele? Una tesis: su historia e imagen empatan a la perfección con las de un reality show.

En 2006, Chris Anderson, editor de la revista Wired, publicó The Long Tail: Why the Future of Business is Selling Less of More. En el libro, Anderson explicaba que el “mainstream” era una noción casi anacrónica, ya que la consolidación de Internet había redundado en una sofisticada segmentación de los mercados. De hecho, durante una conferencia que dio en México hace algunos años, aseguraba con excesiva confianza que nunca se volverían a ver éxitos discográficos como Thriller, de Michael Jackson, que ha vendido de 1982 a la fecha más de 110 millones de copias.

Personajes como Jackson eran producto de una cultura popular concentrada en medios como la televisión y distribuida a través de una política tradicional de inventarios; con Internet, sentenciaba Anderson, el futuro radicaba en vender más productos pero en menos cantidades y durante periodos más amplios (en tener  “la cola larga”, pues). El futuro de la industria del entretenimiento radicaba en apostarle a un universo compuesto mercadotécnicamente en numerosas tribus, y no en bloques homogéneos.

¿Qué pensará ahora Anderson cada vez que entra a un centro comercial y escucha por enésima vez Rolling in The deep, Someone Like You u otro de los sencillos emblemáticos de Adele, la cantante británica de 23 años que se ha convertido en la sensación pop más grande del siglo?

A poco más de un año de su lanzamiento, Adele lleva más de 15 millones de copias vendidas de 21, su segundo álbum. 21 sigue en el top 5 de una buen parte de los países del mundo, no muestra signos de debilidad y es muy probable que se corone como uno de los discos más vendidos de la historia. ¿El fin del “mainstream”? Difícilmente.

Anatomía de un culebrón

¿Cómo explicar el éxito descomunal de Adele? La inglesa no carece de facultades artísticas. No cualquiera puede ejecutar tan bien un culebrón como Someone like you sin dominar, así sea de manera subconsciente, ciertos resortes en la interpretación. En “Anatomy of a tearjerker”, artículo publicado por The Wall Street Journal el pasado 11 de febrero, el sicólogo Martin Ghun desmenuza la dinámica:

“Todo es cuestión de “apoggiatura”: una especie de nota ornamental que choca con la melodía de tal manera en que genera un sonido disonante que produce tensión en el escucha. Adele hace eso en Someone Like You. La canción comienza con un patrón suave y repetitivo. La letra fija un ambiente de pérdida (“… he escuchado que encontraste una chica y te casaste”). Cuando entra el coro, Adele sube una octava, aumenta el volumen, y la canción se libera de su orden establecido. Nuestro sistema nervioso se pone en alerta y el corazón se acelera. Dependiendo del contexto, interpretamos la reacción como positiva o negativa, como feliz o triste. Cuando hay varias “appogiaturas” en una sola melodía, se crean ciclos de fuerza y relajación que pueden mover a ciertas personas a las lágrimas.”

Si bien su voz no es superior a la de cualquier corista profesional, Adele sabe cómo componer e interpretar canciones cursis y universales con inspiración y gracia. Aunque resulta insuficiente para explicar el fenómeno en su totalidad, tal mérito nadie se lo regatea.

Reality killed the pop star

Realities como La Voz y X-Factor han vendido la falsa idea de que cualquiera puede ser un ídolo si cuenta con una buena voz y logra colocarse en el lugar y tiempo correctos. Llenita, pedestre, y sin mayor pretensión, Adele es la heroína ideal de aquellos que creen que lo único que se necesita para acceder al templo de la celebridad es voluntad y sentimiento.

La historia es elemental pero efectiva: Adele es una gordita común y corriente a la que le rompieron el corazón. Seguramente el exnovio al que le canta en Someone Like You se casó con una mujer más delgada y sofisticada. La vida apesta para Adele, pero sólo de manera momentánea, pues de ese dolor plasmado en canciones surge algo increíble: el éxito global. La mejor venganza de Adele es que los chicos que la despreciaron la vean ahora como renacida Ave Fénix, solar y famosa, humilde pero consciente de su alta estatura en el mundo del espectáculo.

El discurso del “underdog” –el débil que termina alzándose con la victoria- no es nuevo. Lady Gaga, por ejemplo,  se presenta constantemente como una chica que se tornó en artista a causa de las burlas de los chicos que la consideraban una “freak” en la escuela. Amén de la veracidad de sus motivos, todo en Lady Gaga es calculado; sólo basta ver uno de sus videos para certificar que es un producto de numerosas horas de planeación y entrenamiento. Nadie duda que Lady Gaga sería capaz de descuartizar a alguien si esto le garantizara mantenerse en la cima. La historia de Adele, en cambio, es un guión perfecto para La Academia. Todo luce “natural” y “auténtico”, noble, sin malicia, casi involuntario.

Si Adele puede, ¿por qué nosotros no? No en vano Youtube está repleto de engendros como Los Vázquez Sounds y demás infamias deseosas del estrellato instantáneo. Un dato que refuerza la tesis del reality: Adele casi no otorga conciertos. Una de las reglas no escritas de la industria musical es que no puedes volverte popular en Estados Unidos sin realizar una extenuante gira por todos los rincones de ese país. En contraposición a esta creencia, Adele nunca acepta propuestas para presentarse en festivales y ha cancelado dos tours por Norteamérica: uno en el 2008, a causa de que deseaba pasar más tiempo con su novio, y otro en 2011 por problemas en su garganta. Quizá sea por eso que cada actuación en vivo se anuncie como un gran evento, como si se tratara de un enorme acontecimiento televisivo. Los Brit Awards, los MTV Video Music Awards, los Grammys, en fin, el único lugar donde se puede apreciar a Adele es en programas de televisión con altos registros de audiencia. Es un contrato de beneficio mutuo: al convertirse en los “Shows de Adele”, las entregas de premios generan una atención que no hubieran alcanzado sin la cantante, a la que presentan como un ídolo emanado del pueblo.

Bajo esas coordenadas, no es exagerado afirmar que Adele es la diva perfecta para la generación de American Idol. Reality killed the pop star.

*Este texto aparecerá en un formato distinto en la revista Deep del mes de abril.

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agosto 4, 2011

40 actores en plena explosión

por Mauricio González Lara

Todos sabemos quiénes son las súper celebridades masculinas de Hollywood: Leonardo DiCaprio, Chris Bale, Tom Cruise, Tom Hanks, Johnny Depp, Mark Whalberg, Matt Damon, Jim Carrey, en fin, la lista es tan obvia como aburrida. Ellos son los que hoy mecen la cuna  en la taquilla y los reconocimientos de la industria; sin embargo, como consecuencia de su misma fama presente, ya no representan lo que vendrá, lo que  constituirá el futuro mediato. Los talentos masculinos emergentes que definirán el mañana son heterogéneos; algunos ya son conocidos, otros se mueven aún en relativa marginalidad, el factor talento varía dramáticamente de caso en caso, pero todos son importantes. Va una lista de 40 actores en plena explosión:

Comedia

Payasos, burlones y burlados.

Seth Rogen. ¿Deberíamos perderle la confianza a Seth Rogen? Hay tres buenas razones para hacerlo. Uno, motivado por las presiones de sus agentes y demás escoria naturista de Hollywood, perdió más de 20 kilos, por lo que ahora el otrora gordo es una persona delgada y saludable, pero sin simpatía ni onda. Hay personas a las que la gordura les va bien; Rogen, al igual que Peter Jackson, no entiende eso. Dos, no actúa en una película decente desde Supercool (Superbad), del 2008. Tres: Rogen escribió y estelarizó el remake de El avispón verde, un guión tan malo que ni siquiera la usualmente imaginativa dirección de Michel Gondry pudo redimir. Pero bueno, mantengamos la fe, así sea sólo porque cualquiera que haya visto Ligeramente embarazada (Knocked up), Virgen a los 40 y Superfumados (Pineapple express) sabe que Rogen posee el innegable talento de combinar una guarra acidez con un genuino sentido de vulnerabilidad. Esperamos que Take this waltz, cinta dirigida por la talentosa Sarah Polley, sea un contundente paso en la dirección correcta. Y Seth, en serio, ya regresa a las hamburguesas y las malteadas, por favor.

En sus propias palabras: “A la gente le encanta quejarse, sobre todo a los nerds y los cinéfilos. Podrías decirles que Jesucristo va a hacer una película con Frank Miller y te contestarían que es una pésima combinación.”

 Jim Parsons. Pese a la existencia de productos culturales de poca monta como La venganza de los nerds, hace algunos años ser un “geek” sólo podía ser considerado como algo deseable por razones de corrección política, nada más; hoy, en la era de Facebook  y Steve Jobs, parece ser el colmo de lo “cool”. El icono televisivo más importante de esta glorificación “geek” es Sheldon, el geniecillo en física de The Big Bang Theory, interpretado por Jim Parsons. La actuación es deslumbrante: Parsons no interpreta a Sheldon, lo habita. En cierta forma, es un trabajo similar  al de Hugh Laurie en House, donde todo el peso de la serie se centra en un notable performance. Lamentablemente, al igual que con House, el gag del asexuado y megalómano Sheldon posee un tiempo de vida limitado. Ojalá el “come-años” Parsons, quien tiene la sorprendente edad de 38 años, sepa decirle adiós a la serie cuando aún es graciosa.

En sus propias palabras: “Una de las claves del personaje es entender que los sentimientos de los demás le son ajenos. Por eso lo que dice no es cruel ni impertinente, sino la clase de comentario sin filtrar que esperarías de una persona totalmente desinteresada en las costumbres sociales”.

Zach Galifianakis. No sucede muy a menudo, pero hay personas para las que la vida genuinamente comienza a los 40. Caso en cuestión: Zach Galifianakis. Tras una carrera ligeramente notable en el circuito del stand up comedy, Galifianakis, cuya carrera en cine apenas y excedía el carácter de extra, conectó en grande con ¿Qué pasó ayer? (The Hangover), efectiva “dick movie” que lo tornó de la noche a la mañana en uno de los cómicos mejores pagados de Estados Unidos. Todd Philips, director de ¿Qué pasó ayer?, lo volvió a reclutar para Todo un parto (Due date) y la secuela de ¿Qué pasó ayer? Aunque fallidas, las dos fueron rotundos éxitos de taquilla.

Michael Cera. No importa que sea un actor limitado cuyo registro no vaya más allá del “chico sensible que logra moldear su afectada timidez en encanto”, a Michael Cera lo estimamos por Arrested development y salir avante en esa menospreciada obra maestra del pop adolescente: Scott Pilgrim vs. los exnovios de su novia (o Scott Pilgrim vs. the World, como preferimos llamarle ante la idiotez de quienes titulan las películas en español).

Rusell Brand. En teoría, Brand es un cómico trasgresor y que ha ingerido muchas drogas y se puede salir de control en cualquier momento; en la práctica, no le hemos visto nada que acredite tal leyenda. Ciertamente, le reconocemos que tirarse a Katy Perry es en sí mismo un triunfo en extremo envidiable, razón por la que aparece en esta lista

Jason Sudeikis. Su excelente desempeño como anfitrión de los MTV Movie Awards 2011 confirma lo que ya sabíamos tras verlo en Saturday Night Live: Jason Sudeikis es una estrella que merece explotar. Horrible Bosses, cinta que estelarizará a lado de Jason Bateman y Kevin Spacey, le dará esa oportunidad. (Además, cualquiera que haya sido novio de January Jones, la esposa ojete de Donald Draper en Mad Men, merece nuestro respeto).

Danny McBride. El personaje de Kenny Powers, el ególatra y volátil pitcher venido a menos de Eastbound and down (la serie de HBO), se ha tornado en todo un fenómeno televisivo. La gente adora a Powers gracias al timing amenazante y naco de Danny McBride, quien merece una plataforma más grande para su talento. Confiamos en que logre reponerse del reciente fracaso en taquilla de Your highness, cinta que escribió y estelarizó junto a James Franco y Natalie Portman.

Paul Rudd. De todos los actores salidos de la escuela de Judd Apatow –el motor creativo de Virgen a los 40 y Ligeramente embarazada-, Paul Rudd es el único que podría también hacerla de galán en un drama psicológico. Ojalá no lo haga: como lo demostró con en Te amo, hermano, su mejor carta es la comedia ligera de situaciones.

Christopher Mintz-Plasse. Si no amaste instantáneamente a Mintz-Plasse como el supernerd  McLovin en Supercool (Superbad) no sólo no tuviste adolescencia, sino que de plano no tienes corazón. De no haber sido por Chloë Moretz (Hit-girl), Mintz-Plasse también se hubiera robado la atención en Kick-Ass, donde brilló como Red Mist. Seguro estará de vuelta en la secuela.

 Orates

Sicópatas, villanos, intensos, locos.

Michael Shannon. Quizá sea uno de los menos populares en la lista, pero Shannon, “actor de actores”, es la encarnación misma de la intensidad orate desbordada, sea como el conspiracionista y piscótico Peter Evans en Insectos (Bug),  o como la inquietante voz que denuncia la hipocresía clasemediera en Sólo un sueño (Revolutionary Road). Su momento cumbre, dicen los críticos que la han visto, está por venir en Take Shelter, donde Michael interpreta a un hombre convencido de la inminente llegada del fin del mundo.

En sus propias palabras: “La única manera en que puedes decir la verdad es si estás loco. Mi personaje en Sólo un sueño dice la verdad porque sabe que nunca va a tener una familia y una casa; sabe que su vida va a consistir en entrar y salir de hospitales psiquiátricos. Eso le permite ser brutalmente honesto”.

Tom Hardy. La manera en que Hardy cambia de registro es alucinante: sin perder un gramo de verdad, puede pasar de brutal sicótico en Bronson a  irónico y sofisticado estafador en El origen (Inception). Hardy, quien admite haber hecho de todo y con todos, proyecta un fluido encanto sexual que le inyecta una peligrosa y atractiva ambigüedad a todo lo que hace. Uno de los actores físicos más notables de la actualidad. Esperamos verlo como Bane en The Dark Knight Rises.

Jeremy Renner. ¿Cómo olvidar al adicto a la adrenalina interpretado por Renner en Zona de miedo (The Hurtlocker)? El avance del sargento William James hacia los explosivos que podrían volarlo en pedazos, con todo y su pesado traje antibombas, es ya una de las imágenes icónicas del cine bélico. Renner ratificó sus credenciales histriónicas en Atracción peligrosa (The Town).

Drama

Tensos, conflictivos, conmovedores.

Michael Fassbender. Tras casi una hora de atestiguar sin contexto alguno el estoicismo con el que Bobby Sands comanda las protestas de los terroristas irlandeses encarcelados en las prisiones británicas –consistentes en mantenerse desnudos y untar de mierda las celdas-, sucede el milagro: en un diálogo de 20 minutos captado en un plano secuencia fijo, Sands revela su filosofía a través de la narración de sus recuerdos infantiles. El terrorista no es un asesino enfermo, sino un hombre racional y razonable que simplemente cree estar haciendo lo correcto. Ese momento no sólo es el golpe de genialidad que eleva a Hambre, de Steve McQueen, a rango de obra maestra, sino que también es evidencia irrefutable del prodigioso oficio de Michael Fassbender, quien bien podría convertirse en el mejor actor de su generación. Fassbender, de 34 años, no ha decepcionado desde Hambre, a la cual le siguió otra deslumbrante actuación en Fish Tank, un rol menor en Inglorius Basterds y un sólido  Magneto en la por otro lado mediocre X-Men: First Class.

En sus propias palabras:Hambre cambió mi vida por completo. Gracias a esa película, los directores comenzaron a reconocerme. Ahorita soy “el sabor del mes”; en tres meses vendrá alguien más. Yo sólo quiero trabajar en proyectos interesantes e intrépidos.”

Michael Pitt.  ¿Dudan que Michael Pitt merezca ser una  súper estrella? Argumento uno: apenas con treinta años de edad, cuenta ya con un  abanico de memorables interpretaciones: el adolescente que descubre al mundo en todos los sentidos que importan en Los soñadores, de Bernardo Bertolucci; el objeto del deseo “glam” en Hedwig and the Angry Inch, de John Cameron Mitchell;  el “nini” en ácido de Bully, de Larry Clark; el hipnótico y angustiado Blake en Ultimos días (Last days), de Gus Van Sant. Argumento dos: ha trabajado, además, con Michael Haneke y Martin Scorsese, quienes no cesan de hablar maravillas de él. Argumento  tres: fue novio de Asia Argento, la mujer más “cool” y peligrosa del planeta.  Más méritos, imposible.

En sus propias palabras: “Hay dos clases de directores: los que creen que dos más dos son cuatro y te piden que les ayudes a llegar a ese resultado, y los que te encierran en un cuarto, incendian la casa y filman cómo actúas en esa situación”.

Jonathan Rhys Meyers. Recientemente, como todos saben, Rhys-Meyers intentó suicidarse. Lo entendemos: tras haber protagonizado una de las mejores películas de la década pasada –Match Point, de Woody Allen-, su carrera ha involucionado al punto de hoy ser famoso por esa telenovela dizque histórica llamada Los Tudors. Que alguien le eche la mano, ¡por Dios!

Jake Gyllenhaal. Hay actores a los que les basta ser ellos mismos. Gyllenhaal nunca deslumbra en Donnie Darko, Secreto en la montaña (Brokeback Mountain) o en Ocho minutos antes de morir (Source Code), pero tampoco decepciona o deja de ser creíble. A veces, eso es suficiente.

Daniel Radcliffe. No debe ser sencillo pasar la mayor parte de tu vida bajo el acoso constante de miles de fans incapaces de distinguir a un actor de su personaje, menos si ese personaje es Harry Potter. Pese a confesar un leve alcoholismo durante la filmación de la última cinta de la saga del maguito, Radcliffe ha salido avante del trance con remarcable entereza. ¿Hay vida después de Potter? De acuerdo con los críticos que lo han visto actuar en teatro, todo parece indicar que sí.

Andrew Garfield. El nuevo Hombre Araña es un actor solvente; así lo ha demostrado en Red Social y Nunca me abandones, ¿pero podrá con el paquete de ser un superhéroe? No será miel sobre hojuelas: Tobey Maguire estaba perfecto como Peter Parker, y más allá de que muchos odiaron la tercera entrega de la serie, el Spiderman de Sam Raimi era gozoso y entrañable. El fracaso del musical arácnido en Broadway complica aún más el panorama.

Shia LaBeouf. Tras su pobre desempeño en la cuarta entrega de Indiana Jones y la  abominable trilogía de Transformers, el nombre de Shia LaBeouf es casi sinónimo de “vómito”. ¿Por qué tenerle fe? Muchos señalan su actuación en Tus santos y tus demonios. Nosotros no creemos que le alcance.

James Franco. Desenfadadamente “artsy” (su película favorita de todos los tiempos es El espíritu de la colmena, de Víctor Erice), pero con suficiente ambición comercial como para aparecer en la saga de Spiderman y demás proyectos comerciales, Franco era el actor de moda en Hollywood antes de conducir los Oscares. Tras el fiasco de los premios de la academia, ahora lo “hip” es odiar a James. De su calidad como histrión, eso sí, nadie duda.

Edgar Ramírez. ¿Qué tienen en común los usualmente heterogéneos The Village Voice, The New York Times, Cahiers du Cinema, USA Today, Rolling Stone y The New Yorker? Todos se deshicieron en elogios para Edgar Ramírez en Carlos, la obra de Oliver Assayas  de cinco horas y media sobre uno de los terroristas más carismáticos de la historia reciente, Carlos “El Chacal”. Originalmente pensada para televisión, Carlos ha hecho de Ramírez una estrella instantánea. En México, lamentablemente, sólo se exhibió en el Festival de Morelia. A comprar la recién salida edición de Criterion.

Zachary Quinto. Aunque la nueva versión de Star Trek era tan mala como la original, el Spock de Zachary Quinto era sin duda una excelente reinterpretación del vulcano de Leonard Nimoy. Nobleza obliga: Quinto  también era lo único decente en Héroes. La secuela de Star Trek, estamos seguros, elevará la popularidad de Quinto a niveles en que podrá exigir mejores roles en trabajos más decorosos.

Jesse Eisenberg. Imposible cuestionarlo: Eisenberg estuvo increíble en Red social como Mark Zuckerberg, el rencoroso discapacitado emocional que inventó Facebook. ¿Podrá salirse del cartabón de nerd e ir hacia otra clase de roles? Su físico y manierismos no le ayudan, pero Hollywood ha visto triunfos más extraños.

Jason Schwartzman. Para todos los fans de Wes Anderson, Schwartzman siempre será Max Fischer, el salingeriano estudiante de Rushmore. Esa es su gloria, pero también podría ser su pena: fuera de las películas de Anderson (que desde Rushmore lo ha hecho uno de sus actores fetiches), el único papel destacado de Schwartzman ha sido el “exnovio del infierno” en Scott Pilgrim. Le urge romper con Wes.

Casey Affleck. Sin aspavientos, el hermano de Ben ha hilvanado una serie de sólidos trabajos que le han ganado admiración y respeto: El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, Desapareció una noche y en especial El asesino dentro de mí, donde impactó como pervertidísimo asesino “noir”. Plus: Affleck dirigió el interesante “mockumentary” I´m still here.

Ryan Gosling. Algunos la encontraron honesta y demoledora, otros la consideraron esquemática y acartonada, pero Triste San Valentín cuenta con un punto total de consenso: el desolador y entregado desempeño de Ryan Gosling como el esposo conformista dolorosamente incapaz de aceptar que la vida es cambio y que nada es para siempre.

Emile Hirsch. Alexander Supertramp, el trotamundos hippie en idealizada peregrinación adolescente a Alaska de Camino salvaje (Into the Wild), nos enseñó que la “felicidad sólo es real cuando es compartida”. Sólo por esa entrañable interpretación le perdonamos a Hirsch haber estelarizado Meteoro. Bueno, por eso y por el activista gay hipster de Milk.

James McCavoy. Hasta ahora, el mayor logro de McCavoy es no haberse hecho bolas al recorrer la trayectoria del imposible plano secuencia que aparece a la mitad de  Expiación (Atonement), donde lo vemos como trágico testigo de los estragos de la guerra. ¿Con eso le alcanza para ser superestrella? Tras su eficaz Charles Xavier en X-Men: First Class, la moneda todavía está en el aire.

Cilian Murphy. Desde que capturó la atención de todos bajo la dirección de Neil Jordan en la subvalorada Desayuno en Plutón, Murphy ha consolidado su fama como uno de los actores recurrentes de la tropa de Chris Nolan. Pese a ser un rol pequeño, El origen no hubiera funcionado sentimentalmente sin Murphy, cuyo emotivo rostro de sorpresa al ver el rehilete en la caja fuerte es la verdadera explosión que nos saca del sueño. Dicho esto, ¿cuándo volveremos a ver a Cilian en un rol tan explosivo como el de Patrick “Kitten” Braden?

Tahar Rahim. En 2009, justo cuando dábamos por sentado que la década iba a terminar sin una épica criminal de altos vuelos que sacudiera las salas cinematográficas, apareció Un profeta, la cinta de Jacques Audiard que narra el viaje de muerto de hambre a capo de capos de Malik “El Djebena”, interpretado por el polifacético Tahar Rahim. El triunfo en la actuación de Rahim: nunca dejamos de sentir la fragilidad de “El Djebena” conforme avanza en la jerarquía criminal, ni siquiera cuando sale victorioso de la cárcel al ritmo de Mack The Knife.

Aaron Paul. Bryan Cranston tiende a llevarse todo el crédito por el éxito de Breaking Bad; sin embargo, la serie no funcionaria sin la contraparte de Aaron Paul, quien en su papel de Jesse Pinkman logra ser exasperante, cómico, trágico, heroico y conmovedor, todo al mismo tiempo. De los mejores dealers en la historia de la TV.

Joseph Gordon-Levitt. La banda indie lo adora por 500 días sin ella, casi tanto como el público masivo por El origen, pero el punto más alto hasta ahora de Gordon-Levitt es el adolescente manipulador noir de lengua viperina en Brick, joyita prácticamente desconocida en nuestro país. Con todo, un actor sólido que por razones que lo rebasan se ha hecho popular entre la niñas hipster que sueñan con ser Zooey Deschanel.

Tumbacarnes

Héroes de acción, musculosos, descerebrados

Ryan Reynolds. No resulta sencillo clasificar a Ryan Reynolds; lo mismo ha hecho comedias insulsas (La proposición), que cintas de superhéroes (Wolverine) o cintas de terror (el remake de Amityville); empero, el hype detrás de Linterna verde, así como toda la prensa que recibió en torno a lo mamado qyue se puso para el papel, nos obligó a ponerlo en esta categoría de “tumbacarnes” o héroes de acción. Reynolds, nobleza obliga, no es sólo músculo, como lo demostró con su muy competente actuación en Enterrado (Buried). Además, desde que rompió con Scarlett Johanson, ya no lo odiamos tanto.

Gerard Butler. Zack Snyder ha cometido dos crímenes contra la humanidad: el primero es su adaptación de Watchmen, una de las peores películas de todos los tiempos; el segundo es haber reclutado a Gerard Butler para 300, el “macho-fest” basado en el comic de Frank Miller. Desde entonces, Butler, cuya amplitud expresiva hace ver a William Levy como el sucesor de Lawrence Olivier, no ha parado de hacer bodrios. Snyder, ¡ojalá esta noche cenes en el infierno!

Chris Hemsworth. Nadie daba un peso por la adaptación al cine de Thor, en especial porque nadie conocía bien a Chris Hemsworth, cuya experiencia previa había sido un pequeño aunque significativo papel en la nueva Star Trek, como George Kirk. Por eso, más que la correcta dirección de Kenneth Branagh, la sorpresa fue la soltura con la que Hemsworth asumió un papel que bien podía derivar en el ridículo. ¿Podrá ser algo más que un “tumbacarnes” de calidad? Al tiempo.

Sam Worthington. No sabemos por qué a la gente le gustó Avatar, pero lo cierto es que su descomunal recaudación en taquilla ha colocado a Sam Worthington como uno de los héroes de acción más rentables de la industria. El reinado va para largo: James Cameron ya anunció que Avatar será una trilogía.

Paul Walker. Amén de un papel secundario en La conquista del honor (Flags of our fathers, de Clint Eastwood), si se muriera mañana, Dios no lo quiera, sólo recordaríamos a Paul Walker por haber tenido el aguante de salir en cada nueva entrega de la saga de Rápido y furioso, donde comparte créditos con el “tumbacarnes” mayor, Vin Diesel.

Galancetes

Caritas bonitas, ladrones de suspiros quinceañeros

Robert Pattinson. La saga de Crepúsculo ha encumbrado a Pattinson como el galán más deseado por millones de quinceañeras en plena sobrecarga hormonal. ¿Tiene los tamaños para trascender su condición de ídolo adolescente? Si Agua para elefantes es prueba suficiente para juzgarlo, la respuesta es un sonoro “no”.

Tom Welling. Pese a ser poco más que un culebrón mezclado con la mitología heroica del hombre de acero, no se puede menospreciar la perdurabilidad de Smallville, que ante la sorpresa de todos duró más de 10 temporadas. Buena parte del éxito se debió al convincente Clark Kent de Tom Welling.  Muchos, incluso, llegaron a proponerlo como el nuevo Superman en la cinta de Zack Snyder. No lo hubiera hecho mal.

Chace Crawford. La única manera en que podríamos soportar un capítulo entero de Gossip Girl sería si le añadieran desnudos y secuencias soft-porno; ¡esa sí que sería una gran serie! Pese a ello, sabemos que nuestras novias han pensado en Chace Crawford más de una vez mientras nos besan; no importa, nosotros nos imaginamos a Leighton Meester y Blake Lively.

+Este top aparece en un formato distinto en el número de agosto de la revista Deep.

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marzo 23, 2011

Charlie Sheen, lecciones de un “party animal”

por Mauricio González Lara

Hay mucho que aprender de la debacle de Charlie Sheen, el más grande “party animal”.


Putas, drogas y alcohol; aquí, ahora y a toda hora. Pocas criaturas han aguantado tantos excesos como Charlie Sheen, quien por casi tres décadas ha sido uno de los buques insignia de la depravación en Hollywood. El fin de la fiesta está cercano. Tras una serie de brutales parrandas, Sheen fue despedido a principios de marzo de Two and a Half Men, el sitcom que en años recientes lo convirtió en una celebridad mundial.  Desde entonces, Charlie es el corredor estrella de una acelerada e hilarante carrera hacia la autodestrucción. ¿Sobrevivirá? Van cinco lecciones que hemos aprendido de su orgiástico viaje:

1. El éxito aburre, perturba y enloquece. Nadie puede acusar a Charlie de ignorar el origen de su decadencia. En numerosas entrevistas, Sheen no se ha cansado de expresar que la principal causa de su desazón no es una cursilería sensiblera como el desamor, sino algo mucho más tangible y peligroso: el aburrimiento. Charlie está aburrido porque no conoce el fracaso, o por lo menos no lo ha sentido en su dimensión más  profunda, la de no alcanzar lo que se desea.  De ambición corta y pulsiones básicas, Sheen no se imagina a sí mismo como un actor al nivel de un Sean Penn o un Robert Downey Jr. Cualquier otro habría estado a la altura de su papel en Pelotón, la película ganadora del Oscar que lo catapultó a la fama a los 21 años. Tampoco se necesitaba  poseer un carisma espectacular para sacar adelante su rol en Wall Street, de 1987, ni protagonizar las olvidables Navy seals o El principiante, de los 90. Sheen siempre ha sido un actor mediocre y nunca ha pretendido otra cosa. Cuando orientó su carrera a las sitcoms y los spoofs estilo Hot Shots! nadie lamentó nada; por el contrario, muchos le aplaudieron la lucidez de capitalizar la fama que le quedaba. Lo único que Charlie ha querido de la vida es celebridad y dinero; bajo esos parámetros, es un triunfador que ha ganado una y otra vez desde que tenía 20 años. ¿Cómo no sentirse aburrido? El mismo Sheen explicaba el dilema en 2001 en una entrevista para Playboy:

 

“Cuando somos niños nos enseñan a enfrentar el fracaso, pero no nos enseñan  a lidiar con el éxito. Si a la primera no lo logras, te educan para que lo intentes una y otra vez. Nos enseñan que debes trabajar duro para conseguir lo que quieres. ¿Pero qué sucede si triunfas la primera vez que lo intentas? ¿Qué pasa si sigues triunfando sin importar lo que hagas, si cada vez trabajas menos duro pero consigues más? ¿Qué sucede entonces?”

A 10 años de distancia, ya lo sabemos: te fumas 10  gramos de cocaína al día y te coges a todas las actrices porno que puedas; si después de eso sigues sin perder, enloqueces y explotas en cadena nacional para que  te corran de un programa que te paga cerca de 50 millones de dólares la temporada por interpretar una versión edulcorada de ti mismo. Eso es, a grandes rasgos, lo que sucede.

2. Siempre hace falta más coca. En mayo de 1988, Charlie Sheen arribó a la primera estación de control que anuncia que tienes un problema que vas a ser incapaz de manejar solo. Aburrido de inhalar y fumar cocaína, Charlie decidió adentrarse en territorio junkie y se inyectó de golpe el material adquirido para la semana. El resultado: una sobredosis que casi lo mata y su primera visita a un hospital. Sheen descubrió que, con la cocaína, no existe el “es demasiado” o el “ya basta”, siempre hace falta más. A diferencia de la marihuana, el ecstasy o el LSD, con la cocaína la posibilidad del “stash” o el guardadito no es viable. No importa si compras uno o cinco gramos, la fiesta terminará hasta que lo consumas todo. Eso es algo que Charlie aprendió en los fresas ochenta, cuando la duración de la farra se limitaba a unas cuantas grapas. Hoy, cuando decide enfiestarse, Sheen manda pedir varios ladrillos de cocaína, los cuales llegan a su casa en estilizados portafolios de diseñador. ¿Suena épico? Lo es. Charly –a quien apodan “la máquina” en honor a su prodigioso aguante- es probablemente el “party animal” más salvaje que ha dado el star system gringo; nunca nadie en Hollywood había tenido tanta voluntad y recursos para ponerse tan hasta la madre durante tanto tiempo. Si a la adicción a la cocaína y al alcohol se le suman la obsesión por el porno, los exabruptos violentos y una marcada falta de densidad como ser humano, Sheen es un fenómeno antropológico, no muy lejano al enajenado Alex de La naranja mecánica. Es más, si alguien merece ser sometido al método Ludovico, ése es Charlie Sheen.

3. La adolescencia se ve mal a los 45. En buena medida, Two and a Half Men se convirtió en un éxito de cientos de millones de dólares gracias a la manera en que extrapoló durante ocho temporadas la imagen decadente de Sheen en el personaje de Charlie Harper. Empero, queda claro que la magia del sitcom derivaba también de los ingeniosos guiones de Chuck Lorre y la brillante labor de patiño de Jon Cryer, quien en las últimas temporadas alcanzó un grado de genio cómico en verdad destacable (de hecho, en términos actorales, casi todo el elenco de Two and a Half Men es muy superior a Sheen). Por ello, resulta desconcertante ver a Charlie, de 45 años, mostrar tanto desdén y resentimiento hacia la serie que lo hizo millonario. Es una actitud propia de un adolescente. Sheen nunca creció. Su lenguaje, incluso, es el de un teenager trasnochado, repleto de palabras como “dah!”, “dude”, “radical”, “awesome”, y un largo etcétera sacado de películas como Pointbreak o Dude, Where’s my Car? Bajo esa lógica, Sheen es una más de las celebridades masculinas que deciden perpetuar su adolescencia a extremos ridículos (Tiger Woods, Bret Michaels); hombres que chillan como bebés cuando alguien amenaza con quitarles sus juguetes.

4. La gente que te lame las suelas termina por morderte los pies. En estos tiempos de castrante corrección política, nos gusta pensar que alguien es capaz de existir en un estado de gratificación permanente y desinhibida. El problema es que Sheen no luce divertido con su desmadre. Uno de los aspectos más perturbadores de la crisis de “la máquina” es su evidente soledad. Más allá de lo simpático y gozoso que puede resultar la idea de vivir  rodeado de actrices porno –las famosas “diosas” que lo acompañan en todo momento-, la verdad es que Charlie no tiene a nadie. Divorciado y sin la custodia de sus hijos, Sheen es presa de la adulación de sus “diosas” y su entourage, quienes, entre línea y línea, sólo saben aplaudirle. El escenario de “intervenir” a Sheen es casi imposible: no existe nadie en su cotidianeidad que quiera ayudarlo. Los vicios de Charlie han creado una mini-industria de putas, dealers y representantes que se colapsaría en caso de que éste optara por la sobriedad. Ni siquiera Martin, su padre, puede ya acercársele. La metáfora maestra para comprender la debacle de Charlie es El retrato de Dorian Gray: toda la fealdad y el morbo explotador de Hollywood se reflejan en él. Al igual que la protagonista de “Las zapatillas rojas”, el cuento de Hans Christian Andersen, Sheen ya  no puede dejar de bailar. Y nosotros pedimos más, como el público que alienta al corredor de autos a aumentar la velocidad con la esperanza de que se estrelle. Cualquiera que haya visto los inquietantes streamings que grabó para protestar por su despido de Two and a Half Men sabe que no hay juicio moral en la comparación: Charlie está devastado, por más que diga que sólo sabe ganar.

5.    Es de grandes saber cuándo salirse de la fiesta. No es sencillo darle la espalda al calor del vicio. Escenario hipotético: es el cuarto día de fiesta y estás exhausto. Ya todos cogieron con todos y lo único palpable es la desconfianza, el resentimiento y la paranoia. Tu nariz está hecha polvo y apenas puedes hablar. La música sigue, pero ya no más, te dices. Es hora de dormir. Vas a tu cuarto, abres la puerta y  ahí están Charlie y las “diosas”, con sus quijadas trabadas, tetas de silicón y culos perfectos. Un rato más, un poco más. ¿Vas a decir que no? ¿Tienes los tamaños para hacerlo? Creo que ya sabemos la respuesta.

+La versión extensa de este artículo se publicará en la revista Deep de abril, a la venta a partir de la próxima semana.

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marzo 12, 2011

“¿De quién es la película?”, una charla con Robert McKee

por Mauricio González Lara

Robert McKee -gurú del guionismo y autor del clásico Story: substance, structure, style and the principles of screenwriting- estuvo hace unos días en México para impartir su celebrado taller sobre narrativa en la Universidad Panamericana. Tuve la oportunidad de platicar con él. La versión en español de la entrevista aparecerá próximamente en la revista Deep y, a manera de entregas más cortas, en Elcine.mx y Alta Empresa.

Mientras tanto, aquí está la versión en inglés de la charla, donde McKee habla de la polémica teoría de autor y la nueva televisión americana, a la vez que da su opinión en torno a algunas películas claves y reflexiona sobre los derroteros narrativos que seguirá el cine de los próximos años.