Archive for ‘Política’

junio 3, 2011

No More Mr. Nice Guy!

por Mauricio González Lara

Obama no resultó ser muy distinto de George W. Bush, quien se reeligió gracias a sus demostraciones de fuerza en el exterior, y no por su capacidad para generar bienestar interno.

Berlín, 24 de julio de 2008. Para los cientos de miles de personas que desbordan el parque de Tiengarten, así como para las decenas de reporteros de todo el mundo que se han congregado en la capital alemana, no hay espacio para la duda: éste es un día importante, la clase de momento que marcará un antes y después en la manera en que entendemos al planeta.

Tras una tarde amenizada por grupos de pop y DJ’s, Barack Obama, la gran promesa de la política estadounidense, el primer negro con oportunidades reales de contender por el liderazgo de la primera potencia mundial, ha tomado el micrófono. La gente lo vitorea como si fuera la última estrella de rock de la historia. Le están agradecidos, pues Obama ha escogido a Berlín, una ciudad otrora dividida por la guerra y el resentimiento, como foro para comunicar el proyecto de orden global que le pondrá fin a las heridas y la desconfianza provocadas por el desaseado y violento unilateralismo de la era Bush. El esperanzador discurso enloquece a la multitud:

“Ahora es el tiempo de estar juntos, a través de la cooperación constante, instituciones fuertes, sacrificio compartido y un compromiso global con el progreso, para enfrentar los desafíos del siglo XXI. Este es el momento en que nuestras naciones deben renovar su espíritu. (…) Sé que mi país no se ha perfeccionado. En ocasiones, hemos luchado por mantener la promesa de libertad e igualdad para toda nuestra gente. Hemos cometido errores y algunas de nuestras acciones alrededor del mundo no han sido ejecutadas con las mejores intenciones (…) Pero aún tenemos algo que nos moviliza y une con todo el orbe: queremos vivir libres y en paz.”

La posibilidad de que la Casa Blanca esté liderada por un ciudadano del mundo –por una persona cuyo mismo nombre es vivo reflejo de la pluralidad de la aldea global-  está cercana. Ese sentido de posibilidad basta para que meses más tarde Obama reciba el premio nobel de la paz. Adiós a la arrogancia imperial.

Washington, primero de mayo de 2011.  Durante su tercer año de mandato, el desgaste en la imagen de Obama es evidente. Incapaz de proyectar como presidente el liderazgo y carisma que marcaron su campaña, ahora es un blanco fácil para la derecha estadounidense, un elefante al que le disparan con rifle de precisión cada vez que pueden. Imposible fallar. La controversia más reciente: según Donald Trump –sí, el Trump del copete y el programa de televisión donde el goce radica en despedir a los participantes-, Obama ni siquiera es americano, es decir, no nació en Hawai, sino en Africa, lo que lo imposibilita para ser presidente. La polémica –de una frivolidad delirante, incluso para los estándares estadounidenses- tiene a Obama contra las cuerdas, posicionado como un rival blandengue con una limitadísima capacidad de reacción.

En el frente demócrata, las cosas no van mejor. El presidente ha perdido el apoyo de un progresismo decepcionado por la tibieza de su reforma financiera, la cual no se tradujo en controles que permitieran desterrar la especulación salvaje de Wall Street y la consecuente posibilidad de una nueva crisis financiera. La lentitud del repunte económico ha minado su simpatía frente al ciudadano común, quien tampoco entiende el sentido de una reforma al sistema de salud que lo obliga a poner dinero en un momento en que el desempleo llega a tasas del 10 por ciento. Ni hablar de las minorías hispanas, profundamente resentidas por la ausencia de una estrategia migratoria que permita regularizar la situación de sus familias, o por lo menos protegerlas del rampante racismo de leyes como la SB1070, en Arizona.

Pero Barack tiene un as bajo la manga. De manera totalmente inesperada, y con un notable manejo del escenario mediático, Obama comunica en cadena nacional que ha hecho lo imposible: le ha dado muerte al anticristo: Osama bin Laden. El anuncio se hace en tono patriota e inspirador, con la narrativa heroica de un hombre que cumple épicamente con el destino manifiesto de vengar a los suyos:

“Las imágenes del 11 de septiembre de 2001 están vivas en nuestra memoria, pero lo peor no fue visto por el mundo: la silla vacía en el comedor, niños que crecieron sin su padre o madre, padres que ya nunca sentirán el abrazo de sus hijos. Casi 3,000 personas que nos fueron arrebatadas, dejando un vacío en nuestros corazones. Tras asumir la presidencia, le ordené a Leon Panetta, director de la CIA, que hiciera de la muerte o captura de bin Laden su prioridad principal. Hoy les puedo decir a todas las familias estadounidenses que se ha hecho justicia. ¡Dios bendiga a los Estados Unidos!”

Tras la noticia, miles de norteamericanos salen a celebrar en las calles. La fiesta se extiende hasta altas horas de la noche, como si Estados Unidos hubiera ganado el primer Super Bowl global.

Ojo por ojo

“Se necesita ser muy culero para que te mate el premio nobel de la paz”, comentaba un lector de un blog internacional de  El País. Es una verdad a medias. Nadie duda que Osama bin Laden era un asesino; nadie duda, tampoco, que la crueldad de la vía terrorista no puede minimizarse con  relativizaciones en torno a si el intervencionismo estadounidense le ha hecho más daño al planeta que el radicalismo musulmán. Preocupa, eso sí, la facilidad con la que se festeja el asesinato y se define como acto de justicia.

No se trata de hacerse chaquetas mentales: está perfectamente documentado por fuentes oficiales que Osama bin Laden era lo que en el argot de la CIA se denomina como un operativo “blowback”, un agente renegado que tras varios años de servicio se vuelve contra sus creadores. El escenario de un bin Laden sujeto a juicio era una pesadilla para Washington. ¿Cómo explicarle al pueblo estadounidense que la Casa Blanca financió varias operaciones del terrorista cuando las huestes de éste funcionaron como un muro de contención a la invasión soviética de Afganistán en los 80? ¿Cómo controlar la lengua de un bin Laden derrotado en un tribunal? Desde la óptica de la real politik, había que matarlo, de acuerdo, ¿pero qué tan válido es usar esa ejecución para redimir la mediocridad de todo un mandato?

Hoy, gracias al asesinato patriota de bin Laden, Obama se encuentra en los máximos niveles de aceptación popular desde que asumió la presidencia. Sus compatriotas lo adoran en su papel de héroe de acción, e incluso los republicanos más reaccionarios aplauden que haya dejado atrás su imagen de liberal compasivo. No More Mr. Nice Guy! La reelección, en cambio, se ve segura. Al final, Obama no resultó ser muy distinto de su antecesor, George W. Bush: ambos dirigentes mediocres cuya popularidad se dio en función de su capacidad para generar violencia en el exterior, y no en la creación de bienestar para sus compatriotas. Una lástima. La promesa de Berlín se ha esfumado.

+Este artículo se publicó en la revista Deep del mes de junio.

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febrero 22, 2011

Hipocresía de piel sensible

por Mauricio González Lara

Todo nos molesta, todo nos ofende. Los mexicanos nos hemos vuelto hipócritas de piel sensible.


Es un fenómeno que contradice los supuestos elementos sustanciales del alma mexicana: pese a que en teoría somos un pueblo que se ríe de todo y de todos, al punto en que la misma muerte nos provoca sonoras carcajadas, lo cierto es que la nación azteca es cada vez más quejica. México es un bebé al que ya ni siquiera hay que pellizcar para que estalle en lágrimas; basta con mirarlo feo o llevarle la contraria para hacerlo chillar. Vivimos, como bien reflexiona el sicólogo Jorge Hill en un texto escrito para el sitio Animal Político, en el “México nena”. Peor aún, nos quejamos de conductas que nosotros somos los primeros en ejercer. Van tres botones de muestra para entender nuestro esquizofrénico victimismo:

Botón uno: mexicanos flatulentos

El pasado 30 de enero, los conductores de Top Gear, el afamado e irreverente programa de la BBC dedicado a evaluar diseños, eficiencia y desempeño de automóviles de lujo, presentaron el modelo deportivo mexicano “Mastretta 2011 MXT”. Insertos en el formato de charla casual que asume con frecuencia el programa, Jeremy Clarkson, Richard Hammond y James May se dieron vuelo en destrozar el coche, al que se refirieron bajo el nombre de “Tortilla”.

“¿Por qué querrías un auto mexicano? Los autos reflejan las características nacionales, ¿no? Entonces, los autos alemanes están muy bien construidos y son implacablemente eficientes, los autos italianos son extravagantes y rápidos. Un carro mexicano, por  tanto, sólo sería flojo, irresponsable y flatulento”, expresó Hammond.

A manera de cereza en el pastel, Clarkson declaró que estaba seguro de que no habría respuesta por parte del embajador mexicano en Inglaterra, pues si estaba viendo Top Gear, probablemente estaba medio dormido aplastado en un sillón. Con una intensidad que ojalá hubiera desplegado por su paso por la Procuraduría General de la República, donde sí parecía estar en estado catatónico, nuestro embajador en Inglaterra, Eduardo Medina Mora, tronó contra la BBC, y acotó en una misiva que “estas observaciones ofensivas, xenofóbicas y humillantes sólo servían para reforzar los estereotipos negativos y perpetuar el prejuicio contra México y su gente”.

El resto es historia: los medios difundieron la noticia y la reacción, interesantemente, se partió en dos. El primer grupo, el más reducido, se enojó ante la respuesta de Medina Mora, ya que según ellos Top Gear era una serie caracterizada por un humor negro que mexicanos como el ex procurador eran incapaces de entender, por lo que en lugar de quejarnos, deberíamos aplaudir la mofa y ser parte del juego. En su delirio aspiracional, los fans aztecas de Top Gear pasaron por alto que Top Gear dista de ser un programa que se asuma paródico; la idea, más bien, es presentar a un trío de machines en una fantasía fálica disfrutable para los amantes de los coches. No hay nada de malo en ello, pero argumentar que estos ingleses “son parejos y se burlan de todos” es hacerse una chaqueta mental a todas luces falsa. Si los conductores hubieran sustituido la palabra “mexicanos” por “musulmanes”, “indios” o “negros”, el escándalo en el Reino Unido hubiera sido de proporciones épicas. Hay un sector en México le molesta asumirse mexicano, por lo que casi siempre prefiere asumir la negación antes que una postura de rechazo frente a un embate exterior.

El otro grupo, el mayoritario, se envolvió en la bandera y comenzó a lanzar epítetos racistas y denigrantes para protestar contra los prejuicios de los conductores de Top Gear. La hipocresía es evidente: los mismos mexicanos que se sirven con la cuchara grande al hacer chistes ultra ofensivos contra gallegos (las bromas sobre su falsa estupidez son ya toda una tradición), argentinos (¡esos meseros de la Condesa!) y negros (pobre Kalimba), asumen como ofensa mortal que los llamen flojos e, irritados, casi le piden al presidente que le declare la guerra a Inglaterra. (Guerra que no dudo declararía ganada Felipe Calderón, aún cuando la bandera británica estuviera izada en el Zócalo capitalino a plena asta.) El Top Gear gate no era intrascendente, pero tampoco tan grave como para ocupar espacios de suma importancia; el tema, sin embargo, acaparó la atención en redes sociales y figuró entre las primeras notas de los medios durante varios días.

Botón dos: “narcoinsurgencia”

A principios de febrero, en el marco de una conferencia frente a universitarios, Joseph W. Westphal, subsecretario del Ejército de Estados Unidos, calificó a los cárteles del narcotráfico de México como una forma de “narcoinsurgencia” que podría tomar el control del gobierno, a la vez que advertía la amplia preocupación existente en el sistema castrense de su país de que tal situación derivara en una intervención castrense en suelo azteca:

“Nunca quiero estar en una situación en la que tengamos que enviar a la frontera a soldados, no sólo de la guardia nacional sin balas para obtener información, sino enviar a soldados en activo o reservistas para pelear contra la insurgencia en la frontera o tener que enviarlos a través de la frontera.”

El gobierno rechazó categóricamente que México esté en una situación de tal magnitud. Sí, en efecto, el mismo gobierno que le declaró “la guerra al narco” hace cuatro años, y cuyo saldo rebasa ya las 30,000 ejecuciones y se expresa territorialmente en  la virtual pérdida de la frontera, se hace el ofendido ante la aceptación foránea de la realidad nacional, y asegura que no, que no hay “narcoinsurgencia”, que todo es un asunto de policías contra ladrones, que quién sabe qué clase de agenda intervencionista debe tener Estados Unidos para decir eso, que no es para tanto, que no la jodan. ¡Bendita esquizofrenia! (Una duplicidad similar, por cierto, opera en el caso de Florence Cassez: el mismo gobierno que no acepta que el videomontaje de su arresto sería motivo de “nulidad de juicio” en cualquier país civilizado, no duda en solicitar, en tono enérgico, que todo mexicano goce del respeto pleno de sus garantías individuales en caso de ser arrestados en el exterior, culpables o no.)

Botón tres: Santa Carmen y los “calderonistas”

En 1995, en el punto más complicado de la crisis económica originada por el tristemente famoso error de diciembre, numerosos columnistas tildaban a Ernesto Zedillo de idiota y le exigían un día sí y otro también que renunciara a la presidencia y convocara a nuevas elecciones. Zedillo, hay que aceptarlo, nunca perdió la paciencia. Durante el sexenio pasado, a Vicente Fox varios periodistas lo acusaron de estar bajo los efectos del “toloache” y tomar Prozac; los señalamientos le molestaron -¿a quién no?-, pero el asunto nunca pasó a mayores. Hoy, empero, basta con sugerir que el mandatario se toma algunos tragos para que arda Roma. El despido y recontratación de Carmen Aristegui de MVS -por supuestamente haber difundido como noticia el rumor de que Felipe Calderón es un alcohólico- ha provocado múltiples encontronazos entre los grupos que conforman lo que se denomina como “opinión pública”. El maniqueísmo es casi imposible de sortear: si no se está a favor de “Santa Carmen Aristegui”, cada vez más militante y menos periodista, se corre el riesgo de ser considerado por el bando izquierdoso como un agente de “El Yunque”; si, por el contrario, se exhiben excesos arbitrarios en la conducta de MVS,  es probable que los “calderonistas” tachen el gesto como una conducta calumniosa y reprobable. No se articulan argumentos, sólo se inflaman prejuicios. El absurdo: ambos lados critican la intolerancia, ambos son delirantemente intolerantes. Ni siquiera el extraño regreso de Carmen ha cesado los insultos. Hasta lo que no comen les hace daño. ¿Cuándo van a dejar de chillar y molestar al otro? La hipocresía en pleno.

*Una versión diferente de este texto se publicará en el número de marzo de Deep, disponible a partir de este fin de semana.

**La imagen del inicio es un cartón de Daryl Cagle, de MSNBC. Cagle es un caricaturista gringo que nos ofendió por, supongo, decir la verdad.

octubre 19, 2010

Haz patria: quédate en casa

por Mauricio González Lara

Sea por tráfico, inseguridad, amenazas naturales, o miedo a “que pueda pasar algo”, los funcionarios nos invitan a que nos quedemos en casa.


En el México contemporáneo, las palabras siempre han sido más memorables que los hechos. Desde los setenta, todos los sexenios han contado con un slogan que describe una dinámica de pensamiento totalmente opuesta a los resultados obtenidos: el “arriba y adelante” echeverrista, la “administración de la abundancia” de “Jolopo”, la “renovación moral” de De la Madrid, la “solidaridad” salinista, el “bienestar para la familia” de Zedillo, el urgentísimo “hoy” de Fox, en fin, la clase política nacional siempre ha sido pródiga en promesas rimbombantes, pero en extremo humilde a la hora de generar resultados que acrediten tales delirios conceptuales.

¿Cuáles serán las líneas publicitarias por las que recordaremos a este sexenio, tanto en el ámbito federal como “defeño”? Si se tratara de escribir una historia oficial, la respuesta es automática: “el presidente del empleo”, para Felipe Calderón, quien lejos de crear más trabajos sólo ha podido recuperar los perdidos tras la crisis de 2008 y 2009, y “una ciudad de vanguardia” para Marcelo Ebrard, el jefe de gobierno del Distrito federal que administra una estructura que por momentos se debe asemejar a una bomba de tiempo, como los materializados en las numerosas obras sin terminar que constituyen desde hace ya varios años el paisaje urbano de nuestro día a día.

Sin embargo, si escribiéramos una historia alterna a la oficial, podríamos proponer un llamado recurrente que hermana a los gobiernos de Calderón y Ebrard, al tiempo que desnuda el estilo de sus gestiones: si en algo se han distinguido Felipe y Marcelo durante sus cuatro años en el poder, es que al enfrentar una crisis, por pequeña que ésta sea, ambos, timoratos, toman los micrófonos y le piden a la población que “no salga a las calles, que mejor permanezca en casa si no tiene nada que hacer”, pues en el exterior le aguardan peligros que es mejor no enfrentar.

La respuesta es más o menos la misma ante cualquier contingencia. ¿Marchas que amenazan con poner en jaque al tráfico citadino? “No salga.” ¿Amenazas de lluvia intensa que nunca se cumplen? “Permanezca mejor en interiores”.” ¿Temor a concentraciones excesivas de gente en las celebraciones del Bicentenario? “El espectáculo se disfruta más por televisión.” ¿Inseguridad en la noche? “La gente decente enfiesta en casa, por lo que hay que cerrar los bares a las tres de la mañana (y si se puede antes, mejor)” ¿Problemas urbanos, de cualquier índole? “Casa, casa, casa.” La estrategia de los gobiernos de Calderón y Ebrard para enfrentar los problemas, queda claro, no es resolverlos, sino alejar al ciudadano de ellos. ¿La manera más efectiva de cumplimentar el plan? Mandar a todos a su casa.

¿De quién es el espacio público?

De acuerdo con las concepciones democráticas modernas, el espacio público es la dimensión vital y humanizante donde la sociedad se reúne para compartir sus opiniones, evaluar propuestas y elegir las decisiones más acertadas para su diario devenir; una arena donde nos observarnos a nosotros mismos como sociedad y cultura. Nos reconocemos en el espacio público y nos definimos en virtud de él; el espacio público no sólo nos pertenece, sino que es nuestro hogar, espejo y patria.

¿Qué es lo que vemos en el reflejo del espacio público del Distrito Federal? Abandono y agresión. Las obras en el Distrito Federal no son la promesa de un mañana brillante, lleno de servicios y armonía, sino la ratificación de la naturaleza móvil del caos. Por razones que escapan al entendimiento -y que por ende la imaginación popular asocia con la corrupción- nunca nada se termina en la ciudad. Es delirante, pues como bien señala el académico español Jordi Borja en Notas sobre ciudad y ciudadanía, el ciudadano tiene derecho a identificar al espacio público como algo bello y monumental:

“El espacio público es una de las condiciones básicas para la justicia urbana, un factor de redistribución social, un ordenador del urbanismo vocacionalmente igualitario e integrador. Todas las zonas de la ciudad deben estar articuladas por un sistema de espacios públicos, dotados de elementos de monumentalidad que les den visibilidad e identidad. Ser visto y reconocido por los otros es una condición de ciudadanía. El lujo del espacio público y de los equipamientos colectivos no es despilfarro, es justicia. Los programas públicos de vivienda, infraestructuras y servicios deben incorporar la dimensión estética como prueba de calidad urbana y de reconocimiento de necesidad social. Cuanto más contenido social tiene un proyecto urbano, más importante la forma, el diseño, la calidad de los materiales, etcétera. La belleza cohesiona y provee calidez.”

La situación no cambia cuando sí se cuentan con espacios para que la ciudadanía salga a disfrutar su ciudad. Ejemplo paradigmático: las recientes celebraciones con motivo del 15 de septiembre. Tras haber gastado 3,000 millones de pesos en los festejos y repetir día y noche por todos los medios que iban a ser los más espectaculares de la historia, el gobierno federal, temeroso de que una elevada concentración de gente generara un escenario propicio para un atentado o una calamidad, optó por conminar a última hora a la ciudadanía a que se quedara en casa. Resultado: un desfile deslucido y triste, calificado por la prensa extranjera como la celebración más gris de todas las realizadas a escala internacional con motivo del Bicentenario.

Otro botón de muestra: los pasados 9 y 10 de octubre, la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (Conade) organizó el Festival Olímpico Bicentenario sobre Paseo de la Reforma. El montaje del festival demandó cerrar Reforma todo un viernes, lo que provocó un enorme descontento y desorden vial. La idea del evento parecía valer el sacrificio: deleitar al público con una serie de demostraciones deportivas por distinguidos atletas nacionales y extranjeros. Las estructuras construidas, empero, eran tan ajenas al espacio público que los asistentes no pudieron ver casi nada. Muchos ni siquiera se enteraron de la presencia de Michael Phelps, el famoso campeón olímpico estadounidense que cobró alrededor de 150,000 dólares por dar unas cuantas brazadas. Ofendido por las críticas, Bernardo de la Garza, presidente de la Conade, se negó a dar explicaciones después del evento. ¿Para qué? Bajo la lógica gubernamental, el espacio público es de uso exclusivo de los funcionarios. ¿La ciudadanía? Que lo vea en su casa. ¡Faltaba más!

A lo largo de este 2010, tan marcado por el Bicentenario, algunos analistas han señalado que las nuevas generaciones ya no sienten el amor a la patria que, supuestamente, caracterizaba a las anteriores. Pregunto: ¿cuál es la patria a la que deberían amar las nuevas generaciones? ¿A la ciudad antagónica por la que se les pide que no transiten, o a una nueva geografía cuyo espacio no va más allá de un sillón y un televisor que sólo transmite festejos, telenovelas históricas y spots de Iniciativa México?(F)

+Este artículo se publicará en la edición de noviembre de la revista Deep.

febrero 2, 2010

México, ¿país de junkies?

por Mauricio González Lara

Este año le dedicaremos varias entregas a la guerra contra el narco emprendida por Felipe Calderón, a la vez que publicaremos algunas entrevistas con expertos en la materia y periodistas que han cubierto de primera mano el conflicto, como Diego Enrique Osorno. En esta primera entrega abordamos el mito del aumento en el consumo.


Basta de autoengaños. México vive una guerra total, de suma cero, donde, a diferencia de lo que sucede eventualmente con otros conflictos, no hay diálogo ni tratado de paz posible. La diplomacia, aquí, no opera. Sólo existen dos bandos, radicalmente opuestos, destinados a combatir hasta que uno aniquile al otro. Al demonio con la posmodernidad y sus relativizaciones: el combate es por la sobrevivencia misma de todo los que nos da sentido; la pelea es por ti, por tu familia, por tus hijos. El enemigo es el mal, la criminalidad más violenta y brutal, pura y resoluta, a punto de tornarse, si no damos la batalla, en un estadio sin punto de retorno. No hay tiempo para divisiones ni discrepancias: es hora de actuar y vencer por cualquier medio necesario. El país, la sociedad misma, se encuentra en riesgo inmediato de hundirse irremediablemente en la corrupción, el caos y la violencia. Si fracasamos, generaciones enteras quedarán atrapadas en la adicción, perdidas, degradadas, mancilladas. No hay otra prioridad. Es todo o nada. Dime, aquí y ahora, ¿contamos con tu apoyo?

¿Suena familiar? Ornamentos más, ornamentos menos, ése es el discurso con el que, a lo largo de ya más de tres años, Felipe Calderón Hinojosa ha reclutado el apoyo de la sociedad mexicana para librar una cruenta e inusitada cruzada contra el narcotráfico. No ha sido fácil. Basta recordar que como consecuencia de su cerrado triunfo electoral, más allá de filias y posturas, Felipe Calderón arribó a la presidencia de México con la percepción de que cargaba con un intenso déficit de legitimidad (sospechas de fraude aparte, justificadas o no, lo cierto es que la mayoría del electorado no voto por él). El reto de emprender acciones y proyectos de gobierno que ganaran el apoyo mayoritario de la sociedad, a la vez que neutralizaran el rencor de sus detractores, era mayúsculo. Se podría especular, no sin ingenuidad, que un personaje de miras mayores se hubiera inclinado por dinámicas más significativas y genuinamente transformadoras que las del combate al crimen organizado, como reformas estructurales a la energía o al fisco o, como se lo sugirieron varios analistas en su momento, al acotamiento de los poderes fácticos que han obstruido la competitividad del país (¿es creíble una reforma educativa que no pase por el desmantelamiento del SNTE?, ¿la competencia desleal de Telmex promueve la competitividad en las telecomunicaciones?, ¿por qué no hay una tercera cadena nacional de televisión abierta?). Pero no, Calderón optó por una ruta de legitimación más histriónica y volátil: la batalla contra el narcotráfico.

La estrategia de imagen ha sido más efectiva de lo esperado: pese a la desesperante mediocridad y falta de inventiva con la que su equipo manejó la crisis financiera, Calderón aún registra tasas de aprobación superiores al 60 por ciento. A escala internacional, la admiración es aún más notoria: ¡cómo olvidar la entrevista donde Barack Obama comparaba a Felipillo con el mismísimo Eliot Ness! Hasta ahora, vista desde un ángulo de estricta propaganda política, la lucha contra el narco ha sido un éxito. Eso es indiscutible. Visto desde el ángulo de la efectividad y el bienestar nacional, sin embargo, la campaña antinarco es un desastre que amenaza con explotarle en la cara al presidente y sumir a la sociedad en una espiral de violencia que la coloque al borde de la ingobernabilidad. Es tiempo de clarificar: la guerra de Calderón, peligrosa e irresponsable, está destinada al fracaso por sus falsedades y pecados de origen, como su mito más evidente: el aumento en el consumo.

Foto tomada del periódico La Jornada

¿Nación junkie?

La justificación moral del combate a las drogas en México se centra en la asunción de que el consumo de estupefacientes se ha disparado a niveles tan alarmantes que se corre el riesgo de que nos convirtamos en un país de adictos. Esta variable es relativamente novedosa: hasta hace algunos años, la percepción general de la sociedad consistía en que el país era una ruta de paso para que la droga llegara a Estados Unidos, y no un destino significativo para el consumo. Todo eso cambió con Calderón, cuya preocupación retórica ante el peligro de que las nuevas generaciones queden atrapadas por las fauces de las drogas raya con frecuencia en el sermón.

No obstante, como bien anotan Jorge Castañeda y Rubén Aguilar en su libro El narco: la guerra fallida (Santillana,2009 ), el consumo de drogas en México no ha aumentado de manera importante en los últimos 10 años. De acuerdo con un análisis comparativo de la Encuesta Nacional de Adicciones, elaborada por la Secretaría de Salud a través del Consejo Nacional contra las Adicciones, el porcentaje de la población urbana, de entre 12 y 65 años, que reconoce haber probado alguna vez cualquier droga ilícita casi no registra movimiento: 5.3 por ciento en 1998, 4.2 por ciento en 2002 y 5.5 por ciento en 2008. Las cosas no cambian mucho en términos relativos, entre los que admiten haber consumido drogas una vez en su vida y los usuarios consuetudinarios. La encuesta del 2002 revela 307,000 personas adictas; la del 2008, seis años después, 465,000. Es decir, un incremento de menos de seis por ciento al año, lo que en un país de 110 millones de habitantes representa apenas 0.4 por ciento de la población.

Cuando el gobierno de Calderón reveló los resultados de la Encuesta Nacional de Adicciones del 2008, los presentó de tal manera en que se proyectaba la idea de que el consumo se había desbordado. Castañeda y Aguilar explican la trampa: “La prensa no entendió el significado de la Encuesta Nacional de Adicciones y reaccionó de forma intempestiva. De manera sensacionalista y falsa, detectó un alza exorbitante del consumo, cuando la encuesta proporcionaba una información contraria. Por ello el gobierno la bajó del portal y prometió divulgar posteriormente los datos definitivos. Más de un año después, seguimos esperándolos.”

¿Es la adicción a las drogas un problema de salud que no puede ser minimizado y requiere de acciones de Estado concretas y asertivas? Sin duda. ¿México corre el riesgo inmediato de tornarse en una nación de junkies? Desde luego que no. Esa mentira de origen, sin embargo, es la base de una guerra cuyo saldo ya rebasa las 15,000 muertes en lo que va del sexenio. ¡Valiente triunfo para Eliot Ness y sus intocables! (F)

+Este texto aparece publicado en el número de febrero de la revista Deep bajo el nombre La falsa guerra contra el narco (1ª parte)

++En días recientes, antes de terminar este artículo, Genaro García Luna, secretario de Seguridad Pública, difundió en una comparecencia ante el Congreso cifras sobre el consumo de drogas significativamente más altas que las oficiales de la Encuesta Nacional de Adicciones. García Luna no reveló las fuentes de sus números, según los cuales existen 4.7 millones de adictos a diversas drogas, y no 465,000, como lo señala la Secretaría de Salud.

Le pregunté a Jorge Castañeda su opinión. He aquí su respuesta: “García Luna no dio fuentes. Si lo que reportó la prensa es cierto -4.7 millones adictos-, estaríamos mucho peor que Estados Unidos, diez veces peor que hace un año y medio (si comparamos las cifras con las del Consejo Nacional de Adicciones), y al borde de una hecatombe nacional de pachequez.”

noviembre 10, 2009

Tres razones para temerle al Cisen

por Mauricio González Lara

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Quizá el Cisen no sea tan glamuroso como la CIA o el Mossad, pero les podemos asegurar que, en la práctica, puede ser igual de ojete.

Desde su creación, el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) ha sido objeto de las más paranoicas “teorías de la conspiración”. La mayoría son falsas; no obstante, hemos encontrado por lo menos tres buenas razones para temerle a “la CIA mexicana”

1)      Lo que menos le interesa es la seguridad del Estado

De acuerdo con sus documentos oficiales, el Cisen es un órgano civil y desconcentrado dependiente de la Secretaría de Gobernación cuya razón de ser es generar inteligencia en materia de seguridad nacional. Su misión es manejar un sistema de análisis estratégico, táctico y operativo que genere información privilegiada para la toma de decisiones, que alerte sobre amenazas y riesgos internos y externos a la seguridad nacional, y que preserve la integridad, estabilidad y permanencia del Estado mexicano, todo, supuestamente, en el marco de un gobierno democrático y de respeto al “estado de derecho”.

Si nos atenemos a las definiciones técnicas de “labores de inteligencia”, se entiende que son todas aquellas acciones legítimas para anticipar y prevenir los riesgos naturales con los que puedan verse involucradas las fuerzas de seguridad en el país. Concretamente, la “inteligencia” es el conocimiento especializado que el Gobierno requiere para tomar las mejores decisiones posibles respecto a fenómenos que imponen un obstáculo al interés del país. El concepto de “amenaza a la seguridad nacional” es amplio y cambiante, pero se delimita en función de un sencillo criterio: la viabilidad de las reglas es instituciones en las que descansa el contrato social. Así, una amenaza puede ser un desastre natural, intrigas de una nación antagónica, actos terroristas, sabotaje, o como ha sucedido en tiempos recientes, grupos criminales cuya omnipresencia ponga en peligro a las estructuras mismas del Estado, como es el caso del narcotráfico.

Bajo estos criterios, los organismos de inteligencia mexicanos nunca han cumplido a cabalidad con el objetivo para el que fueron creados. No por negligencia –de hecho, la inteligencia mexicana dista mucho de estar aquejada por el tercermundismo característico del resto de la burocracia azteca-, sino por una razón de mera conveniencia: el Cisen, así como el resto de los cuerpos de seguridad nacional no militares, responde a las necesidades políticas del presidente y el partido en el poder, y no a los intereses supremos de la nación. Siempre ha sido así. El Cisen fue creado en 1989, en sustitución de la Dirección de Investigación y Seguridad Nacional, que a su vez era el reemplazo de la temible y temida Dirección Federal de Seguridad, la cual operó de 1947 a 1986. La Dirección Federal de Seguridad, moldeada por el ya fallecido Fernando Gutiérrez Barrios, nunca maniobró como un órgano de seguridad, sino como una especie de policía política del binomio PRI/Gobierno: lejos de elaborar escenarios y ejecutar planes disuasivos que garantizaran la supresión permanente de los riesgos a la nación, la Dirección Federal de Seguridad se dedicó a aplastar sistemáticamente a todas las voces disidentes que pusieran en riesgo el sistema de partido hegemónico que gobernó al país durante más de 70 años. El saldo de esa “guerra sucia” fueron decenas de desaparecidos políticos y una nula capacidad de acción frente a los verdaderos enemigos del Estado.

manlio-fabio-beltrones 

No es casualidad que, una vez desmembrada, varios agentes de la Dirección Federal de Seguridad se dedicaran al secuestro, como se puede comprobar si se revisa el historial de las principales bandas criminales de años recientes. Incapacitado por ley para realizar arrestos, así como despojado de las prerrogativas supralegales con las que sus agentes se manejaban en los tiempos de “Don Fernando”, el Cisen quizá sea menos temible que la difunta Dirección Federal de Seguridad; sin embargo, sí parece compartir su principal defecto: la sumisión de sus funciones a la conveniencia política del gobierno en turno. Va un irónico ejemplo: hace unos meses, Manlio Fabio Beltrones, líder de la bancada priista en el Senado, se quejó públicamente de que el Cisen lo espiaba día y noche, y en específico, solicitó la renuncia de su director Guillermo Valdés Castellanos (muy amigo, por cierto de Felipe Calderón). Según Beltrones, en colaboración con el entonces presidente del PAN, Germán Martínez, el Gobierno utilizaba al Cisen para acusar a candidatos priístas de presuntas relaciones con el crimen organizado. ¿Y la seguridad nacional? Bien, gracias.

2)      Es menos ineficiente de lo que pretende.

Hace un par de años, tras los bombazos en instalaciones de Pemex, cuya autoría reivindicó el  Ejército Popular Revolucionario (EPR), la administración de Felipe Calderón difundió que el Cisen estaba desmantelado, y que sus recursos eran casi nulos. Según el ejecutivo, nuestros espías, si es que se les podía llamar así, eran prácticamente de juguete. El dinero, empero, muestra otra realidad: durante la presente administración, el Cisen ha recibido aumentos presupuestales sin precedente. De 665 millones de pesos ejercidos al inicio del gobierno de Vicente Fox, hace 9 años, se ha pasado a 2, 439 millones de pesos asignados en este 2009. ¿Cuál desmantelamiento? Sergio Aguayo, autor de La Charola: una historia de los servicios de inteligencia en México, ha elaborado una interesante hipótesis de trabajo. Palabras más, palabras menos, Aguayo sostiene que hay cuatro grandes sistemas de inteligencia en México: dos privados -el del Sindicato Nacional de Maestros de Trabajadores de la Educación (SNTE) y el de la iglesia- y dos federales, el del ejercito y el Cisen. La CIA, supone, cuenta también con uno en sus consulados. Cuando asumió la presidencia en el 2000, Vicente Fox ordenó la reducción de atribuciones del Cisen, en aras de reordenar el esquema de seguridad.

Antes de su muerte en un accidente automovilístico, Adolfo Aguilar Zínser, ex Consejero de Seguridad Nacional de Fox, le comentó a Aguayo que la orden no había sido ejecutada tal y como se había difundido: por el contrario, el sistema de información del Cisen se había desagregado de tal forma en que, si una persona ajena a los intereses de la agencia solicitaba el expediente de un personaje, sólo aparecían datos inocuos; en cambio, si un funcionario del círculo interno requería el mismo expediente, el sistema se agrupaba y se producía información detallada y pormenorizada de todas sus actividades. Según Zínser, el Cisen nunca se desmanteló, simplemente se reinventó para alejarse del radar de la opinión pública.

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3)      ¡Cuenta con su propia escuela para espías! 

Aquellos obsesionados con jugar al agente secreto en el surrealista tablero político mexicano ya cuentan con una razón para salir a celebrar a las calles: no hay necesidad de viajar a Estados Unidos o Israel, ¡México ya tiene su propia escuela para espías!  Hace unos meses, Fernando Gómez Mont, secretario de Gobernación, anunció la creación de la Escuela de Inteligencia para la Seguridad Nacional (Esisen), dependiente del Cisen. Su objetivo: “la formación de cuadros especializados en las materias de inteligencia civil para la seguridad nacional y cualquier otra necesaria para mantener la permanencia del Estado mexicano.” Lamentablemente, una vez en operación, las convocatorias no estarán destinadas al público en general, sino sólo a las entidades gubernamentales relacionadas con las tareas de seguridad nacional. Nadie dijo que la vida de espía fuera fácil.

**Este texto se publicó en el especial de “conspiraciones” de la revista Deep de este mes de noviembre.

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