Archive for ‘Personajes’

febrero 25, 2012

El CEO de Hollywood

por Mauricio González Lara

Si Hollywood tuviera un CEO, no hay duda, el cargo sería de George Clooney.

Cada vez que aparece una película nueva de George Clooney, la prensa de espectáculos, tan proclive al cliché y la exageración, celebra al actor como la “última estrella de Hollywood”, a la vez que se deshace en elogios en torno a su simpatía natural. Es un ritual cansado y no del todo cierto: finalmente, basta revisitar Ocean’s eleven para comprobar que Brad Pitt y Matt Damon poseen el mismo nivel de carisma que su amigo y coestrella (es más, de los tres, probablemente George  sea el de menos alcance y registro actoral).

No, Clooney no es la última estrella de Hollywood, pero sí es su figura más centrada e inteligente. Alejado del escándalo y la frivolidad, siempre preparado para el activismo filantrópico, pero libre de  aires mesiánicos de autoimportancia y corrección política, George emblematiza todos los atributos de la masculinidad  clásica que desearíamos poseer (guapura, inteligencia, madurez, conciencia, talento); y lo hace con goce y sin esfuerzo, con la naturalidad de alguien que se sabe diseñado para la responsabilidad.

Si Hollywood pudiera tener un CEO, el cargo debería ser de George Clooney. Es un líder nato. Nunca lo veremos quejarse de la presión de la fama o de lo supuestamente difícil que es el trabajo actoral, ni tampoco leeremos  testimonios sobre su inseguridad o tiranía como director. Tales mariconadas serían una ofensa contra la prosapia que lo define y explica.

De ER a Poder y traición

Pese a que muchos los imaginan como un playboy de smoking y perpetua copa de Moët en la mano, Clooney es un tipo de gustos guarros: su mascota por muchos años fue un cerdo y su actual novia es Stacy Keibler, quien hasta hace poco era una figura prominente de la lucha libre estadounidense. Punto extra: le encantan las flatulencias. “Me fascinan los pedos, la sola palabra me da mucha risa, nada me divierte más,  todo el tiempo cargo un cojín “tira pedos” para hacerle bromas a mis amigos y colegas en los sets”, declaró hace unos meses a la revista Rolling Stone.

El talante relajado le viene de familia. Nacido el seis mayo de 1951 en Lexington, Kentucky,  George Timothy Clooney es hijo del periodista Nick Clooney,  y de Nina Warren, mujer dedicada a la política. Su tío era el actor José Ferrer (ganador del Oscar por Cyrano De Bergerac), su primo es Miguel Ferrer y su tía la famosa cantante de jazz y country Rosemary Clooney. Formado bajo la sólida visión liberal de su padre (a quien dedicó su película Buenas noches y buena suerte), su mismo salto a la fama fue atípico: entrado en sus treintas y gracias  la telenovelesca serie ER, ese nocivo antecedente que le abrió camino a las insufribles Grey’s Anatomy y Private Practice.

Con frecuencia se olvida, pero George le debe su popularidad a un ejército de señoras cursis que lo encontraron “irresistible” en el papel del pediatra Don Ross. Este “pecado original” explica el buen juicio con el que ha manejado su carrera, cada vez más abocada a proyectos arriesgados y apuestas de calidad. Más aún, como lo demuestra Poder y Traición (The ides of march), su cuarta película como director, la vejez no lo va a frenar. Todo lo contrario: en 10 años, cuando la sexta década de existencia le reste bonos como galán plateado, Clooney estará inmerso en la dirección, probablemente preparando lo que serán sus primeras obras maestras.

+Este texto se publicará en la edición de marzo de la revista Deep.

+¿Deseas revisitar las 11 películas claves de George Clooney? Haz click “aquí“.

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febrero 25, 2012

Clooney’s eleven

por Mauricio González Lara

Estas son las 11 películas claves en la filmografía de George Clooney.

1 Del crepúsculo al amanecer (1996). Esta especie de precedente a lo que Robert Rodríguez y Quentin Tarantino harían una década después con el concepto Grindhouse fue la primera película con George en el rol estelar. La secuencia en la que una semidesnuda Salma Hayek baila con una serpiente es memorable; lo demás, no tanto.

2 Un romance muy peligroso (1998). Tras el fracaso de la horripilante Batman y Robin, donde el director Joel Schumacher  nos presentó al Batman más gay de la historia (¡esos pezones!), Clooney merecía desaparecer del planeta, pero resurgió con esta disfrutable cinta en la que interpreta a un ladrón de altos vuelos que termina enamorándose de la policía que lo acecha (una cachonda Jennifer López). Su primer divertimento con Steven Soderbergh.

3 Tres reyes (1999). Un interesante trabajo sobre la ocupación mercenaria de Iraq disfrazado de cinta de aventuras. George se conduce con aplomo y se refrenda como un viable actor protagónico.

4 ¿Dónde estás, hermano? (2000) Guiado por los hermanos Coen, Clooney sabotea las expectativas y sorprende con un papel cómico en esta extraña pero efectiva variación sureña de La Odisea. George empieza a ser tomado en serio por la crítica.

5 Ocean’s eleven (2001). Nuestra estrella en todo su esplendor Hollywood. Nada más, pero tampoco nada menos. La manera en que Matt Damon y Brad Pitt asumen con naturalidad sus papeles secundarios dice todo acerca del carisma y liderazgo de Clooney. La película más entretenida de Steven Soderbergh. ¿Quién no ha soñado ser como Danny Ocean en Las Vegas?

6 Siriana (2005). Este complejo entramado escrito y dirigido por Stephen Gagan es de vista obligada para todos aquellos que deseen entender la política exterior estadounidense en el Medio Oriente y su relación con el cada vez más escaso “oro negro”. Un gordo y barbado Clooney interpreta a un decadente agente de la CIA que paga un precio muy alto por hacer lo correcto. El rol le ganó un Oscar por mejor actor secundario. Anécdota: el papel de George estaba pensado originalmente para Harrison Ford.

7 Michael Clayton (2007). Esta dura mirada sobre la falta de escrúpulos de las corporaciones es uno de los grandes thrillers de la década pasada. La secuencia inicial –en la que vemos las gélidas y vacías instalaciones del corporativo asesino al ritmo del demencial monólogo de Tom Wilkinson-  es todo un clásico. El punto más alto de George: la destrucción de Tilda Swinton. “I’m Shiva, the god of death!”

8 Amor sin escalas (2009). Un desapegado ejecutivo que se dedica a correr gente por todo Estados Unidos cobra conciencia de su vacío a causa del amor. ¿Suena cursi? Quizá, pero el director Jason Reitman conduce todo con una sensibilidad ajena al  azúcar y los finales felices. El mejor momento: la escena en la que Clooney se entera que sólo ha sido un “paréntesis”. Devastador.

9 El americano (2010). Diseñada bajo la lógica y estética de los thrillers de asesinos melancólicos de finales de los 60 (El Samurai, A quemarropa), esta obra de Anton Corbijn está criminalmente subvalorada. Contenido y vulnerable, Clooney recuerda al mejor Alain Delon. Una pequeña obra maestra.

10 Poder y traición (2011). En las antípodas de la santurronería que caracteriza al cine hollywoodense sobre el mundo de la política, Poder y traición es una lúcida reflexión sobre cómo inevitablemente la lealtad es la más desechable de las virtudes humanas, amén de filiaciones y simpatías. Si bien ya había mostrado talento como director en Confesiones de una mente peligrosa y Buenas noches y buena suerte, Clooney aquí se revela como un realizador capaz de entregar obras mayores.

11 Los descendientes (2011). Si bien conecta algunos apuntes agudos sobre los sentimientos encontrados frente a la muerte de un ser querido, este melodrama de Alexander Payne contiene demasiada paja como para tornarse en la elegía que debería ser. Algunos han criticado que  la imagen pública de Clooney, orgulloso soltero empedernido, choca demasiado con la del agobiado y convencional padre que interpreta en la cinta. Ya el tiempo pondrá las cosas en su lugar.

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febrero 23, 2012

Un vistazo a la nueva Cineteca

por Mauricio González Lara

Paula Astorga, directora de la Cineteca Nacional, nos adelanta cómo será el nuevo templo de la cinefilia mexicana.

El 29 de junio de 2010, el día de su cumpleaños, Paula Astorga asumió el cargo directora de la Cineteca Nacional. Su labor ha sido difícil de ignorar: a la par de romper todos los récords de asistencia a las salas de la institución, Astorga anunció a finales del año pasado el lanzamiento de la “Cineteca del siglo XXI”, proyecto que redimensionará al recinto como el espacio cinematográfico más vanguardista y completo de Iberoamérica.

En entrevista, Paula nos cuenta sobre los alcances del proyecto, a la vez que reflexiona sobre la manera en que consumimos cine en México.

¿Cómo era tu relación con la Cineteca antes de ser su directora?

Antes de que asumiera como directora, mi relación con la Cineteca había sido en tres tiempos. La primera etapa fue cuando era una estudiante de cine en el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), cuando veníamos a ver cientos de películas y tomábamos clases. En esa etapa de formación pasaba tardes enteras aquí. La segunda fue como espectadora recurrente, donde ya no tienes la carga estudiantil y sólo vienes a disfrutar el cine. La tercera fue como directora del Festival Internacional de Cine Contemporáneo de la Ciudad de México (FICCO). Aunque no participó en la primera edición, la Cineteca terminó siendo una sede fundamental para el festival. Aquí se programaron ciclos muy importantes del FICCO, como los de Dreyer y Bresson. La Cineteca siempre ha sido indispensable. No hay un espacio público con un público tan maravilloso. El sentido de pertenencia que genera la Cineteca es poco común entre las instituciones públicas: la gente asume que la Cineteca es suya, y así lo vive. Es una característica fantástica que nos llena de orgullo.

¿Cuáles fueron los primeros retos que enfrentaste?

La primera preocupación que se discutió con Consuelo Sáizar, titular de Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), fue que la Cineteca había perdido  su dimensión nacional. Fuera por problemas presupuestales o coyunturas específicas, la Cineteca se había limitado a ser un espacio cultural del Distrito Federal. El primer reto fue devolverle a la Cineteca la capacidad de  proveer a todo el país de lo mejor del cine internacional y mexicano, por lo que emprendimos programas como “Cineteca va”, cuya misión es refrendar constantemente y en diversas entidades la divulgación de películas de calidad en espacios alternativos y con nuevos públicos. Nos dimos cuenta que ser simples agentes programadores no iba a ser suficiente. La ausencia de recintos nos motivó a buscar la construcción de infraestructura de exhibición. Uno de los primeros resultados fue la Cineteca Tijuana y la sala de cine Carlos Monsiváis, que es un lugar increíble de exhibición. En una esfera diferente, otro reto fue el relacionado con el patrimonio cinematográfico. Todo el material con el que contábamos en los acervos se encontraba bajo una visión proteccionista, aislado de una lógica de divulgación que permitiera mantener viva la promoción del cine mexicano. La Cineteca trabajaba como una especie de mausoleo donde nadie sabía ni veía lo que había adentro bajo el argumento de que se preservaba para la posteridad. Todo estaba muy bien ordenado, pero no había una visión curatorial. Mi idea, en cambio, es que hay que preservar para difundir.

En los últimos dos años hemos hecho 56 copias nuevas. También había un rezago en las bases de datos. Ahora existe una mayor capacidad de respuesta por parte de la Cineteca cuando se solicita algún material para una investigación o un libro. Asimismo expandimos los ciclos de cine mexicano con materiales que no conocían las nuevas generaciones. Existía una inercia en términos de cómo se concebía la programación, lo que redundó en que se dejaran atrás varias responsabilidades de divulgación. Faltaba un proceso de reflexión que le permitiera a la Cineteca comprometerse más con el público y menos consigo misma.

¿Se necesitaba un trabajo de marketing que reposicionara la imagen de la institución?

Yo siento que la Cineteca ya estaba muy bien posicionada, por lo que más que marketing necesitaba un nuevo sistema de comunicación. Este es un espacio en el que de manera permanente intentas construir una experiencia. Hay que abordarlo así y darle una visibilidad constante. Había una tendencia consistente en ver a la Cineteca como  la segunda vuelta del circuito comercial. Me ha costado mucho trabajo hablar con los distribuidores y explicarles que deben tomarla en cuenten sus estrenos, sobre todo los de cine mexicano, donde el apoyo de nuestro público puede ser significativo. Hoy cualquier chavo puede cultivar su cinefilia de una manera espectacular a través de Internet, pero ni el streaming más sofisticado puede sustituir la emoción de la pantalla grande, ni el complemento social que implica venir a la Cineteca.

¿Cómo surge la idea del proyecto Cineteca Nacional del Siglo XXI? ¿Qué podemos esperar y cuándo estará terminado?

Existían dos antecedentes. Uno, una gestión importante  del Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine)  y el CCC para construir nuevas bóvedas para resguardar materiales que se encuentran en condiciones de riesgo. Dos, la infraestructura ya era insuficiente para atender las demandas de un público que se había incrementado en un 40 por ciento en los últimos seis años. La Cineteca no era una institución pensada para recibir 600,000 personas al año. Estos dos antecedentes se unían a otro fenómeno: si bien la Cineteca siempre tuvo un buen mantenimiento, éste se dio por pedacitos. El resultado:  un edificio que era todo un collage de diversas épocas y presupuestos; había un baño azul y otro verde, un piso de mosaico y otro de madera, una alfombra azul y otra de bolitas, una dulcería de madera y otra súper moderna de aluminio. Lo mismo con la tecnología. Si te tocaba la sala cuatro, que tenía 37 bocinas, te juro que se escuchaba mejor que cualquier Cinemex, pero si te ibas a la sala tres, que es enorme, la historia iba a ser distinta. El edificio original era precioso, pero todos esos parches lo tornaron en algo desigual, y eso terminó por mermar la imagen e institucionalidad de la organización.  En función de los recursos limitados con los que se contaba, creo que se hizo un buen esfuerzo, pero también es cierto que ya no había una conciencia de mejora que estuviera a la altura del suceso cultural que es la Cineteca. Pese a que encontré una institución muy ordenada, con equipos de trabajo fantásticos, lo cierto es que el público no estaba bien atendido. No había una conexión con la audiencia. Otro ejemplo: del total del terreno de la Cineteca, la mayor parte lo abarcaba el estacionamiento. O sea, el espacio donde sucedía el fenómeno de vinculación con la sociedad ocupaba una mínima parte del total.

La nueva Cineteca tendrá un estacionamiento de siete niveles en seis plantas que permitirá liberar 7,000 metros cuadrados de terreno, donde construiremos un nuevo laboratorio de restauración digital, cuatro nuevas salas con una capacidad de 250 personas cada una, dos bóvedas adicionales, así como áreas verdes y de usos múltiples; todo esto aunado a la homologación tecnológica de las salas ya existentes y a la expansión de varios servicios. Hasta el momento, el proyecto tiene aprobados 378 millones de pesos y está previsto para ser entregado en noviembre de este año. Actualmente, el funcionamiento de la Cineteca depende en un 70 por ciento de subsidio federal, y un 30 por ciento de lo recabado en taquilla. El presupuesto anual de la Cineteca es de alrededor de 80 millones de pesos. Si la Cineteca sólo atendiera la parte de exhibición, el autofinanciamiento sería viable; sin embargo, la manutención de las bóvedas lo hace prácticamente imposible.

Se rumora que una vez establecido el proyecto se buscará la participación del sector privado.

Es un chisme vil y vulgar. Te aseguro categóricamente que esa posibilidad no está prevista. Es totalmente falso.

¿Cuáles son los peores clichés asociados con la Cineteca?

Hay dos que me preocupan. El principal es la falsa creencia de que las películas de la Cineteca son aburridas. Ese es el más complicado. El otro es que el público crea que el cine de arte se debe de ver o escuchar mal, o que las exigencias técnicas deben ser menores en los recintos que lo exhiben.  La demanda del espectador debe ser la misma si paga un boleto en Antara de 65 pesos a si compra uno con descuento en la Cineteca. Si una cinta tiene una serie de sutilezas narrativas en su sonido, no hay manera en que el espectador la disfrute como debe si la sala suena mal.

¿Qué tan cinéfilo es el mexicano? A veces parece que nos gusta más comer palomitas que gozar las películas. 

Al mexicano le gusta ir al cine, sea para ver una película de mero entretenimiento, sea con la intención de ver una obra con pretensiones autorales y artísticas. Le gusta el cine con y sin palomitas. Ahora, en los últimos años la manera en la que se concibe ir al cine sí ha cambiado. El fenómeno del multiplex ha ocasionado que la gente vaya en busca de una experiencia social, y no tanto una artística. Por eso es que a mucha gente no le importa hablar y usar el celular. Hoy operan muchos elementos que van en contra de la apreciación de las películas, de la concentración necesaria para su goce. También es cierto que es el mismo público el que acaba por rescatar los buenos usos y costumbres del comportamiento en la sala cinematográfica. No creo que hayamos llegado a un punto irreversible. Una buena película siempre terminará por cautivar a la audiencia y someterla a la maravillosa dimensión del silencio. Soy optimista al respecto.

+Esta entrevista aparecerá en la edición de marzo de la revista Deep.

+Las fotos son de Carlos García, mejor conocido como Guacamole Project. Visita su sitio: GuacamoleProject.com O sígue su cuenta de Twitter: @wakamoul .

+Más entrevistas cinéfilas:

-“La crítica es placer”, una charla con Jorge Ayala Blanco.

-“¿De quién es la película?”, una charla con Robert McKee.

octubre 19, 2011

Prietos y asalariados

por Mauricio González Lara

En México, si eres moreno y “clasemediero”, nunca pasarás de ser “un pinche asalariado de mierda”.

Es una disyuntiva a la que se enfrenta todo egresado universitario: construir una carrera en empresas ya establecidas o crear la compañía de sus sueños. El 80 por ciento del universo profesionista opta por unirse a una empresa, pues la satisfacción de contar con un negocio propio no es suficiente para contrarrestar la incertidumbre inherente a ser un agente libre o emprendedor.

En términos sociales, incluso, es mejor visto trabajar para una compañía conocida que contar con una empresa propia o presentarse como independiente (como si la marca para la que laboramos acreditara lo mucho o poco que valemos).  El mexicano promedio se muere por recibir un sueldo fijo, y si es de una trasnacional renombrada, mejor.

Bajo ese contexto, extraña que uno de los insultos favoritos de la clase media alta del país –los que precisamente se mueren por ser ejecutivos de un corporativo-  sea tildar de “asalariado” a todo aquel que no les permita saltarse las normas de convivencia del orden social, tal y como lo demuestra el reciente incidente de las “ladies de Polanco”, el escandaloso video exhibido en Youtube hace unos meses donde vemos cómo un par de mujeres en probable estado de ebriedad humillan verbalmente a un policía incapaz de proyectar un mínimo de autoridad.

“Chinga tu madre pinche asalariado de mierda, por putos como ustedes al país se lo está cargando la verga, pendejo”, les gritaban las coléricas ladies a los pusilánimes gendarmes.

La intensidad no sorprende: en México, el “asalariado” no es el profesionista que busca fabricarse un futuro, sino el “indio” al que le tocó joderse para mantener en la opulencia al dueño de la hacienda; significa no pertenecer a la burguesía; ser un pobre diablo que nunca va a superar su status de gato; ser un sirviente al que nunca se le deben olvidar sus límites, so pena de que se le recuerden mediante la reprimenda y la humillación pública. Los mexicanos que aspiran a ser burgueses, como las famosas “ladies de Polanco”, se sueñan como juniors no asalariados ajenos a las leyes mundanas. Risible consuelo: el insulto al jodido no es personal, sino una simple  afirmación de su desatado afán aspiracional.

Inmovilidad y racismo

En nuestro país, ser rico no equivale a ser un empresario que ha prosperado gracias a su visión y esfuerzo, sino a formar parte de un círculo privilegiado que poco o nada tiene que ver con la innovación empresarial. El trabajo no importa. Cuando se habla de la riqueza de Bill Gates, así sea por asociación semiconsciente, también se habla de la supremacía tecnológica de Estados Unidos y del alto nivel de innovación que ha sabido desarrollar en el transcurso del tiempo; cuando se habla de la riqueza de Slim o Azcárraga, en cambio, el debate siempre se centra en monopolios y competencia desleal.

Cuando se analiza la prensa nacional de negocios, lo primero que salta a la vista es que casi siempre se reportan los movimientos de personajes provenientes de una esfera de no más de 20 familias. Si revisamos revistas como Fortune o Fast Company, encontramos  apellidos como Buffett o Rockefeller, pero  también nombres de jóvenes que han logrado triunfar gracias a que tuvieron una idea genial y la supieron materializar con eficacia. En México, las historias empresariales de éxito no son las de los soñadores que empezaron desde abajo,  sino las de los juniors que  lo  heredaron todo de sus padres. Las posibilidades de salir del contexto en el que se nace son francamente remotas.

A la falta de movilidad se suma otro factor: el racismo. En su libro Por eso estamos como estamos (RHM, 2011), el analista Carlos Elizondo Mayer-Serra explica cómo la discriminación es un factor sustancial al retraso del país:

“Por más que el artículo primero de la Constitución prohíbe toda discriminación, en México ser más blanco sigue siendo mejor visto socialmente y da acceso a ciertos beneficios. La Primera Encuesta Nacional sobre Discriminación en México da cuenta de cuán serio es este fenómeno: 20% de los mexicanos no estarían dispuestos a permitir que viviera en su casa un indígena, aunque 42% tampoco aceptaría en casa a un extranjero. La élite económica es fundamentalmente blanca. Ejemplo claro es el suplemento Club Social del diario Reforma: en un número típico no se encuentra una sola foto, ni entre los fotografiados durante celebraciones sociales ni en la propia publicidad, de una persona que no aparente origen europeo o, al menos, que tenga la piel clara. Las élites políticas y culturales son racialmente más plurales. Sin embargo, como me dijo una vez un amigo inglés, casado con una mexicana, y que vivió un tiempo en México: “No conozco ningún mexicano de la élite, en su sentido amplio, casado con una mujer con un color de piel más oscuro que el suyo”.”

El extremo de este racismo, anota Elizondo Mayer-Serra, se nota en los anuncios de prostitución del diario Metro, donde las sexoservidoras de origen sudamericano o del norte del país subrayan su físico blanco. Algunas declaran contundentemente: “No contrates sirvientas”, es decir, mujeres morenas y de baja estatura. O, en los términos usados por las “ladies de Polanco”, “asalariadas de mierda”.

Espejo deformado

En una circunstancia donde pesa más el apellido y recursos familiares que el alcance y preparación del individuo, integrarse a una empresa establecida o lanzar un negocio propio no tiene la menor importancia, ya que si eres moreno y “clasemediero” es muy probable que nunca pases de ser “un pinche asalariado de mierda”.

Las “ladies” están a años luz de ser unas “niñas bien”; de hecho, como se reveló después de que se “viralizó” su video en Youtube, pertenecen a un perfil ajeno a los verdaderos privilegiados (el simple apodo de una de ellas, “La negra”, la destierra inexorablemente de la verdadera alcurnia de Polanco). Ellas lo saben, pero al igual que la mayor parte de la clase media mexicana, prefieren contemplarse en un espejo donde el “naco” siempre es la persona de a lado, y nunca la que tienen enfrente. (F)

+Este texto se publicará en otro formato en la edición de noviembre de la revista Deep.


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septiembre 20, 2011

Las tres Lindsays

por Mauricio González Lara

Desde 2004, la locura pecosa de Lindsay Lohan nos ha fascinado. ¿Cuál será el destino de la party girl más notoria de Hollywood?

No hay una, sino varias Lindsays Lohans. Y no, no vamos a refutar lo evidente: todas nos provocan una erección.

La primera Lindsay Lohan es la adolescente amable y frondosa de 17 años de Chicas pesadas (Mean Girls), la inteligente y ácida comedia estudiantil de 2004 escrita por Tina Fey. Si bien había actuado en algunas cintas medianamente exitosas (en especial Un viernes de locos, de 2003, por la que ganó un MTV Movie Award), fue hasta Chicas pesadas que Lindsay se convirtió en una celebridad. En ese entonces, Lohan era muy diferente a lo que es hoy: sexy, claro, pero de una manera dulce, linda, casi fresa. Sobre todo poseía algo que definitivamente no se encuentra entre sus actuales activos: una blanca y contagiosa frescura vital. La primera Lindsay es la chica que nos hubiera encantado presentar como nuestra novia cuando íbamos en prepa. Basta revisitar Chicas pesadas para revivir el “crush” adolescente: seguimos enamorados de esa sonrisa abierta e inocente. Esa Lindsay, ni modo, es historia irrepetible.

La segunda Lindsay es la que apareció en 2008 en el homenaje de la revista New York a la última sesión fotográfica realizada Marilyn Monroe, The last sitting. En las fotos, una delgada Lindsay imita las poses y actitud de Marilyn con actitud desenvuelta. El resultado es de alto impacto: pese a que apenas cuenta con 21 años, Lindsay luce de la misma edad  que Marilyn, que tenía 36. La fiesta y la droga le han pasado la factura, sin duda, pero no se ve mal; al contrario, ahora Lohan proyecta una belleza decadente en extremo sensual. Su piel es una infernal locura pecosa imposible de resistir. La segunda Lindsay es un producto del lado negro de Hollywood; una advertencia sobre cómo la fama puede hundir a una prometedora actriz en un mar de drogas, locura y arrebatos (¡ese affaire lésbico con la DJ Samantha Ronson!), pero también una fulminante muestra de lo atractiva que puede ser esa oscuridad. Imposible no soñar en enfiestar con Lindsay por días enteros, en esa envolvente e intensa neblina de excesos que no sabe de responsabilidades ni de mañanas.

La tercera Lindsay Lohan aún no existe. No le queda mucho tiempo a Lohan. A sus 25 años, está a un paso de la sobredosis, o peor aún, de la caricatura estilo Celebrity rehab, de VH1. Nuestras hormonas se dispararon cuando se manejó la posibilidad de que Lindsay interpretara a Linda Lovelace en el biopic Inferno; papel que la hubiera encumbrado en una dimensión icónica. Lamentablemente, ninguna aseguradora quiso respaldarla y el proyecto se vino abajo. ¿Qué hacer antes de la catástrofe? El limbo del ridículo es un destino injusto para ella. Se merece más. Por esa tercera Lindsay, la que nos sorprenderá en un futuro próximo, mantenemos la fe. (F)

+Esta es una versión reducida de un texto que aparecerá en el número de octubre de la revista Deep.

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