Archive for ‘Ideas’

junio 14, 2012

La dominación nerd

por Mauricio González Lara

El 2012 es el año de la dominación nerd. ¿Por qué aplaudir el ascenso de los ñoños al poder? 

Contra las cifras no hay discusión: ante los cerca de 2,000 millones de dólares que Los Vengadores lleva recaudados alrededor del planeta en menos de dos meses de exhibición, junto a los otros cientos de millones de dólares provenientes de otras franquicias de fantasía y superhéroes, nadie duda ya que el mundo le pertenece a los nerds.

De hecho, se podría discutir, con asertividad, que el cine es territorio nerd desde hace ya un buen tiempo. No obstante, el nerd ya no es lo que era antes. El personaje que hoy rige el imaginario de lo que se ve en las salas es un ser diferente al que solíamos conocer, uno más poderoso y agresivo, capaz de redefinir el panorama cultural de una manera poco deseable para todo aquel que quiera ver algo más que seres míticos en mallas.

La intención de este artículo no es ser un manifiesto antinerd, sino la de reflexionar en torno a cuáles son las características y espíritu del nerd actual, así como sus efectos en el consumo cinematográfico. Analizados con acuciosidad, algunos de los directores y creativos mencionados en este texto denotan algunos rasgos ajenos a la cultura nerd en la que se les inserta. No importa. Toda cartografía es inexacta, y si bien cada autor de los aquí citados posee peculiaridades que lo pueden apartar del conjunto, por ánimo y coyuntura no deja de pertenecer a él.

De acuerdo con el Merriam Webster Dictionary, un nerd es una persona desprovista de estilo y de habilidades sociales limitadas entregada a intereses intelectuales cuyo desarrollo contribuye a su propio aislamiento. En otras palabras, un inadaptado que se refugia del exilio social en un universo cultural curado por él mismo. Hace unos años aceptarse como nerd era motivo de vergüenza y desesperación; hoy, por lo menos en lo que se refiere a la industria cultural, es un distintivo que se usa con orgullo y desenfado. Lo nerd vende: comics, tecnología, cine, juegos de rol, literatura fantástica, música indie, junto a todo aquello que conforme una obsesión antes reservada para la adoración de culto, hoy equivale a dinero en el banco y espacios en los medios.

Ser nerd es el nuevo rock: un estilo de vida inocuo en el que el almacenamiento enciclopédico de datos inservibles y el consumo infantiloide sirven para crear la ilusión de ser único y estar por encima del resto.

La primera ola nerd: Pulp Fiction

No resulta fácil de explicar ahora, e inclusive muchos pensarán que es una tomadura de pelo, pero asumir que el cine era algo más que un simple entretenimiento a principios de los noventa no sólo era bien visto, sino que hasta estaba de moda.

El mal llamado “cine de arte” -todas aquellas expresiones cinematográficas que asumen sin vergüenza ambiciones artísticas ulteriores al entretenimiento- no era un término que provocara muecas de desaprobación entre espectadores y periodistas; al contrario, si bien la taquilla le pertenecía a Hollywood, parecía haber un inusual interés por acercarse a materiales que, amén de su calidad final, se caracterizaban por su pretensión de ser algo más que un vehículo para pasar el rato. Ciertamente hubo excepciones –Batman y Batman Regresa, de Tim Burton; El Silencio de los Inocentes, de Jonathan Demme-, pero no es fácil rebatir que en esos años se consideraba, no siempre con razón, que la calidad era irreconciliable con la taquilla. Las divisiones entre alta y baja culturas eran infranqueables. El grueso de la crítica mundial despreciaba todo lo que oliera a historietas, programas de televisión y demás productos “pop”. La postura era equivocada e inexplicable. ¿Por qué empeñarse en negar, casi por sistema, a lo popular como valioso? ¿Acaso cineastas como Hitchcock, considerados en su época como meros entertainers, no se habían revelados hondos e innovadores para las generaciones posteriores? ¿No era deshonesto descartar intelectualmente a los comics en el cine tras Spiegelman, Moore y Burns? ¿Por qué denostar lo pop por el simple hecho de serlo?

La arrogancia miope con la que se definía el valor artístico derivó en un creciente desfase entre público y crítica. Lo popular terminó por imponerse. El punto de inflexión se dio en 1994, cuando Quentin Tarantino ganó la palma de oro con Pulp Fiction. No fueron pocos los que celebraron el triunfo. ¿Cómo no hacerlo? Era una reivindicación total: el nerd de clase media, ese gringo freak que creció encerrado en una tienda de video, le había ganado a Krzysztof Kieslowski, Atom Egoyan y Abbas Kiarostami. El efecto final, irónicamente, no fue una mayor inclusión que permitiera evaluar con un mínimo de justicia toda la oferta cinematográfica de calidad, se ostentara como alta o baja cultura, sino una obliteración de todo aquello que no se ajustara a la nueva sensibilidad pop.

El universo Tarantino desplazó el “cine de arte”. Todo aquel que se negara a habitarlo corría el riesgo de quedar relegado a un segundo plano. La masturbación referencial se posicionó como ejercicio de alta cultura. El héroe existencial, como bien señaló en su momento el guionista y director Paul Schrader, fue sustituido por el héroe irónico. Ninguna situación, por dramática que fuera, estaba libre de ser entrecomillada por una autoconciencia contaminada por el miedo constante a hacer el ridículo. Las películas trataban sobre otras películas; las salas se poblaron de eruditos pop que se reían ostensiblemente cada vez que detectaban algún guiño de ojo, fuera cómico o no. Mientras otrora promesas apenas y lograban sobrevivir, directores tan limitados como Kevin Smith eran celebrados como iconoclastas por filmar chistes guarros sobre La Guerra de las Galaxias. El pop se convirtió en canon y  lo demás pasó a ser aberración ociosa y aburrida, un recuerdo pedante de días pasados.

Sin mayores resistencias, ataviada con el disfraz de la posmodernidad, la primera ola de dominación nerd había comenzado su reinado. Tampoco es que careciera de antecedentes. En los setenta, directores como John Landis, Joe Dante, George Lucas y Steven Spielberg ya desplegaban sin inhibiciones su saturación pop, pero lo hacían con una gravedad no celebratoria que trascendía el mero juego referencial. El entusiasmo con el que abordaban  sus influencias se desplegaba como exploraciones genéricas (Los Cazadores del Arca Perdida, Hombre Lobo Americano en Londres) o vehículos para expresar soledad y alienación (ET, Explorers, Matiné), pero nunca se asumía como un fin en sí mismo, ni siquiera en el caso de La Guerra de las Galaxias.

La dominación nerd noventera se imaginaba de forma distinta –para ellos la referencia sí era textura y destino -, aunque compartían un elemento clave con sus pares setenteros: un deseo palmario por dominar el oficio. No abundan críticas que escamoteen la espectacularidad con la que está narrada The Matrix (Wachowski),  pongan en duda la meticulosidad de las secuencias de acción de Kill Bill (Tarantino, o descalifiquen la inventiva visual de Darkman (Sam Raimi).

Desde luego que hubo farsantes incapaces de colocar bien una cámara (el citado Smith), pero los noventa se caracterizaron por contar con nerds cuyos estándares de calidad les impedían ser artesanos mediocres. Ese nivel de exigencia era parte central del mito tarantinesco: independientemente de su relativa inexperiencia técnica, la pasión por el celuloide era tan intensa que la exigencia autoimpuesta por entregar una obra acabada y deslumbrante era más grande que la de los directores que habían pasado por la escuela de cine. La misma ambición aplicaba aún más para el hipsterismo emblematizado por el universo salingeriano de Wes Anderson y sus clones, que, si bien no transitaban por los mismos caminos mainstream de sus colegas pop, desplegaban una devoción a sí mismos que sin duda los acreditaba como nerds (high brow, pero nerds al fin). La lógica era orgullosa: realizar trabajos para la pantalla grande y ser apreciado por ello.

La actual ola de dominación nerd no necesariamente comparte esa aspiración.

La segunda ola nerd: Los Vengadores

En un artículo escrito en diciembre de 2009, el crítico Ernesto Diezmartinez rescata una disertación en la que Ermanno Olmi, director y guionista del postneorrealismo italiano, realiza una clasificación rápida de las cuatro generaciones de directores que forman hasta hoy la historia del cine. La primera era la integrada por autores que veían la vida, lo que pasaba a su alrededor y luego hacían cine; la segunda estaba compuesta por directores que veían las cintas de los de la primera generación, salían a experimentar la vida y después regresaban a hacer cine; la tercera aglutina a cineastas que vieron las películas de las generaciones anteriores y se preocuparon poco o nada de la vida (los nerds noventeros); y la cuarta es la de personajes que no han visto el cine de ninguna generación, no les interesa la vida y sólo están preocupados en utilizar las tecnologías más avanzadas del mercado. La cuarta generación, sostiene Olmi, es la que domina hoy el cine.

Si bien estas clases de cineastas no forzosamente están divididos en términos generacionales -Werner Herzog, por ejemplo, apunta que lo mejor que puede hacer un cineasta es caminar por el mundo y perderse en él antes que cultivar su cinefilia o pisar un set-, la burlona clasificación resulta pertinente porque ayuda a comprender la segunda ola de dominación nerd que se ha erigido en la fuerza cultural dominante de la oferta cinematográfica actual.

Olmi se equivoca cuando apunta que los nerds actuales desconocen el trabajo de las generaciones anteriores. No todos son como Michael Bay o Zack Snyder. Queda claro que J.J. Abrams, Edgar Wright, Dan Harmon y Joss Whedon, por nombrar algunos, reconocen y estiman a sus antecesores, sobre todo a los nerds setenteros estilo Spielberg. Sin embargo, Olmi acierta en un punto: para muchos directores de hoy, el cine y su esplendor son ideas del pasado. Para ellos lo importante es la creatividad y viabilidad comercial con la que se pueda remezclar una idea pop, y no el cine como arte o vehículo para generar epifanías. Unos lo podrán hacer mejor que otros -Harmon y Wright, en particular, rayan en la genialidad-, pero para el grueso de esta segunda ola de dominación nerd el cine es una pantalla más, llamativa por su aún vigente impacto en el mainstream, pero de importancia decreciente. El cine como espectáculo deslumbrante vivido en una sala no existe ya como concepto a menos de que se trate de una experiencia resaltada por la 3D u otro artilugio técnico. No es casual, por ende, que muchos de estos creativos fueran conocidos primero en la televisión y no en los estudios fílmicos.

El caso de Joss Whedon, cuyo mayor éxito antes de adaptar los héroes de Marvel había sido la teleserie Buffy, es emblemático. Los Vengadores no carece de méritos, pero difícilmente uno de ellos es su espectacularidad. Con la salvedad de un plano secuencia cuya notoriedad obedece más al avance del CGI que al oficio cinematográfico, la dinámica con la que Whedon encuadra y resuelve los espacios evidencia una formación televisiva donde el timing y la química actoral prevalecen por encima de la estética y la innovación narrativa. La verdadera razón para ver Los Vengadores son sus efectivos gags y oneliners, nada más. Ni su gastada épica mitológica ni sus subtextos (metáforas básicas del hombre/superhéroe como ser solitario y disfuncional) pueden ocultar que, como espectáculo, es una experiencia mediocre. Basta comparar Los Vengadores con Misión Imposible IV: Protocolo Fantasma para descubrir la dolorosa ausencia de placeres visuales de la primera.

Dato revelador: Brad Bird (Los Increíbles, Ratatouille) es quizá el único director de esta segunda ola de dominación nerd que ha lamentado con constancia y de manera pública la muerte del celuloide y la estandarización del formato digital.

¿Necesitaba el mundo una cinta de superhéroes de 300 millones de dólares, en 3D y dos horas y media de duración que en el fondo fuera una sitcom divertida pero no más compleja que, digamos, el mejor capítulo de The Big Bang Theory? He aquí donde empiezan los problemas con los estándares de la nueva dominación nerd.

Cualquier otra respuesta que no sea un rotundo “sí” será atacada y vilipendiada con inusual agresividad por los millones de fans tanto de Marvel como de Whedon bajo uno de tres argumentos: uno, el crítico no entendió los sutiles “whedonismos” que elevan la obra a un nivel autoral tan o más complejo que cualquier cinta de Tarkovski; dos, el crítico no domina el contexto necesario para comprender plenamente la importancia alegórica de los superhéroes como un medio para lidiar con los grandes temas; tres, el crítico simplemente quiere hacerse el diferente al no aceptar el valor de Whedon y Marvel. El primer argumento se basa en que Whedon es un creador cuya capacidad para imprimir rasgos autorales a sus trabajos –personajes autoconscientes, humor, muertes sorpresivas de personajes dizque entrañables, diálogos ágiles- es suficiente para elevarlo a nivel de maestro, lo que sería ridículo en cualquier otro subgénero, pero en el de superhéroes, donde las películas dignas escasean, se espera que cualquier material que no sea un bodrio incoherente sea enaltecido como una obra maestra. Los otros dos argumentos desnudan una curiosa contradicción: pese a asumirse con orgullo como seres peculiares cuya ilustración pop les ha ayudado a sobrevivir del acoso de los bullies y la gente bonita, los nerds esperan que sus héroes culturales sean conquistadores absolutos ya no sólo de la taquilla y el mainstream, sino del reconocimiento crítico internacional. Quieren ser todo: alternativos y celebrados, ñoños y profundos, respetados y populares, conservadores y trasgresores, o, ya en el extremo, como lo demuestra los planos “nalgamericanos” de Scarlett Johansson en Los Vengadores (*), infantiloides y sexosos.

El misfit y el rey de la graduación, sin contratiempos y con el aplauso unánime de la clase.

Especial y superior

La peor contradicción del nerd 2012 estriba en la manera en que se ufana de ser ”especial” al tiempo que desprecia y exilia todo aquello que le es diferente. Su visión es limitada. Por ello la descalificación favorita es tildar al otro, al que no entiende, de “pretencioso”. Para el “fanboy” una experiencia alternativa es contemplar un filme que se sitúe en su universo conocido y que lo subvierta un poco, sólo lo suficiente como para poder clamar que esa remezcla es tan buena o mejor que el original. Algo como X-Men: First Class, Chronicle o Kick-Ass. De ahí, también, el éxito entre los “fanboys” del equipo Abrams/Lindelof o la saga Game of Thrones, en la que la sexploitation y una mínima dosis de ambigüedad les hace pensar que están ante una versión adulta de El Señor de los Anillos, y no una simplona telenovela de largo aliento.

Nada de esto tendría importancia si en paralelo florecieran nichos en los que se pudieran ver trabajos ajenos a la cultura nerd, donde, en términos de Olmi, se apreciara la vida que transcurre fuera de la contemplación frente a una pantalla. El punto es que gracias a las redes sociales, la cultura nerd se ha erigido como la voz dominante de Hollywood, y en consecuencia, de la industria mundial del entretenimiento.

Como apuntaba en mayo pasado el crítico Diego Lerer en su blog Micropsia, “the bullied has become the bully”. Los nerds/fanboys de hoy no son, como les gusta pensar, chicos sensibles y tolerantes, sino adultos obsesos que no dudan en apedrear todo aquello que no se acomode a su cosmovisión. Es hora de aceptarlo: las desmedidas buenas críticas recibidas por Los Vengadores sólo pueden explicarse en un contexto en que la viabilidad económica de los medios que las publican depende en mayor o menor medida de atraer a este nuevo target de adulto nerd, el cual goza de dos características con las que sueña todo mercadólogo: intensidad y alto poder adquisitivo. Es tiempo de ser menos complaciente y cuestionar seriamente esta nueva venganza de los nerds. A no ser, claro, que no se encuentre molesta la idea de que la Cineteca del futuro sea una tienda de comics con pantallas y cafetería.

*El término “plano nalgamericano” fue acuñado por el crítico Josué Corro.

marzo 21, 2012

La diva de la generación American Idol

por Mauricio González Lara

¿Cómo explicar el descomunal éxito de Adele? Una tesis: su historia e imagen empatan a la perfección con las de un reality show.

En 2006, Chris Anderson, editor de la revista Wired, publicó The Long Tail: Why the Future of Business is Selling Less of More. En el libro, Anderson explicaba que el “mainstream” era una noción casi anacrónica, ya que la consolidación de Internet había redundado en una sofisticada segmentación de los mercados. De hecho, durante una conferencia que dio en México hace algunos años, aseguraba con excesiva confianza que nunca se volverían a ver éxitos discográficos como Thriller, de Michael Jackson, que ha vendido de 1982 a la fecha más de 110 millones de copias.

Personajes como Jackson eran producto de una cultura popular concentrada en medios como la televisión y distribuida a través de una política tradicional de inventarios; con Internet, sentenciaba Anderson, el futuro radicaba en vender más productos pero en menos cantidades y durante periodos más amplios (en tener  “la cola larga”, pues). El futuro de la industria del entretenimiento radicaba en apostarle a un universo compuesto mercadotécnicamente en numerosas tribus, y no en bloques homogéneos.

¿Qué pensará ahora Anderson cada vez que entra a un centro comercial y escucha por enésima vez Rolling in The deep, Someone Like You u otro de los sencillos emblemáticos de Adele, la cantante británica de 23 años que se ha convertido en la sensación pop más grande del siglo?

A poco más de un año de su lanzamiento, Adele lleva más de 15 millones de copias vendidas de 21, su segundo álbum. 21 sigue en el top 5 de una buen parte de los países del mundo, no muestra signos de debilidad y es muy probable que se corone como uno de los discos más vendidos de la historia. ¿El fin del “mainstream”? Difícilmente.

Anatomía de un culebrón

¿Cómo explicar el éxito descomunal de Adele? La inglesa no carece de facultades artísticas. No cualquiera puede ejecutar tan bien un culebrón como Someone like you sin dominar, así sea de manera subconsciente, ciertos resortes en la interpretación. En “Anatomy of a tearjerker”, artículo publicado por The Wall Street Journal el pasado 11 de febrero, el sicólogo Martin Ghun desmenuza la dinámica:

“Todo es cuestión de “apoggiatura”: una especie de nota ornamental que choca con la melodía de tal manera en que genera un sonido disonante que produce tensión en el escucha. Adele hace eso en Someone Like You. La canción comienza con un patrón suave y repetitivo. La letra fija un ambiente de pérdida (“… he escuchado que encontraste una chica y te casaste”). Cuando entra el coro, Adele sube una octava, aumenta el volumen, y la canción se libera de su orden establecido. Nuestro sistema nervioso se pone en alerta y el corazón se acelera. Dependiendo del contexto, interpretamos la reacción como positiva o negativa, como feliz o triste. Cuando hay varias “appogiaturas” en una sola melodía, se crean ciclos de fuerza y relajación que pueden mover a ciertas personas a las lágrimas.”

Si bien su voz no es superior a la de cualquier corista profesional, Adele sabe cómo componer e interpretar canciones cursis y universales con inspiración y gracia. Aunque resulta insuficiente para explicar el fenómeno en su totalidad, tal mérito nadie se lo regatea.

Reality killed the pop star

Realities como La Voz y X-Factor han vendido la falsa idea de que cualquiera puede ser un ídolo si cuenta con una buena voz y logra colocarse en el lugar y tiempo correctos. Llenita, pedestre, y sin mayor pretensión, Adele es la heroína ideal de aquellos que creen que lo único que se necesita para acceder al templo de la celebridad es voluntad y sentimiento.

La historia es elemental pero efectiva: Adele es una gordita común y corriente a la que le rompieron el corazón. Seguramente el exnovio al que le canta en Someone Like You se casó con una mujer más delgada y sofisticada. La vida apesta para Adele, pero sólo de manera momentánea, pues de ese dolor plasmado en canciones surge algo increíble: el éxito global. La mejor venganza de Adele es que los chicos que la despreciaron la vean ahora como renacida Ave Fénix, solar y famosa, humilde pero consciente de su alta estatura en el mundo del espectáculo.

El discurso del “underdog” –el débil que termina alzándose con la victoria- no es nuevo. Lady Gaga, por ejemplo,  se presenta constantemente como una chica que se tornó en artista a causa de las burlas de los chicos que la consideraban una “freak” en la escuela. Amén de la veracidad de sus motivos, todo en Lady Gaga es calculado; sólo basta ver uno de sus videos para certificar que es un producto de numerosas horas de planeación y entrenamiento. Nadie duda que Lady Gaga sería capaz de descuartizar a alguien si esto le garantizara mantenerse en la cima. La historia de Adele, en cambio, es un guión perfecto para La Academia. Todo luce “natural” y “auténtico”, noble, sin malicia, casi involuntario.

Si Adele puede, ¿por qué nosotros no? No en vano Youtube está repleto de engendros como Los Vázquez Sounds y demás infamias deseosas del estrellato instantáneo. Un dato que refuerza la tesis del reality: Adele casi no otorga conciertos. Una de las reglas no escritas de la industria musical es que no puedes volverte popular en Estados Unidos sin realizar una extenuante gira por todos los rincones de ese país. En contraposición a esta creencia, Adele nunca acepta propuestas para presentarse en festivales y ha cancelado dos tours por Norteamérica: uno en el 2008, a causa de que deseaba pasar más tiempo con su novio, y otro en 2011 por problemas en su garganta. Quizá sea por eso que cada actuación en vivo se anuncie como un gran evento, como si se tratara de un enorme acontecimiento televisivo. Los Brit Awards, los MTV Video Music Awards, los Grammys, en fin, el único lugar donde se puede apreciar a Adele es en programas de televisión con altos registros de audiencia. Es un contrato de beneficio mutuo: al convertirse en los “Shows de Adele”, las entregas de premios generan una atención que no hubieran alcanzado sin la cantante, a la que presentan como un ídolo emanado del pueblo.

Bajo esas coordenadas, no es exagerado afirmar que Adele es la diva perfecta para la generación de American Idol. Reality killed the pop star.

*Este texto aparecerá en un formato distinto en la revista Deep del mes de abril.

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febrero 25, 2012

Clooney’s eleven

por Mauricio González Lara

Estas son las 11 películas claves en la filmografía de George Clooney.

1 Del crepúsculo al amanecer (1996). Esta especie de precedente a lo que Robert Rodríguez y Quentin Tarantino harían una década después con el concepto Grindhouse fue la primera película con George en el rol estelar. La secuencia en la que una semidesnuda Salma Hayek baila con una serpiente es memorable; lo demás, no tanto.

2 Un romance muy peligroso (1998). Tras el fracaso de la horripilante Batman y Robin, donde el director Joel Schumacher  nos presentó al Batman más gay de la historia (¡esos pezones!), Clooney merecía desaparecer del planeta, pero resurgió con esta disfrutable cinta en la que interpreta a un ladrón de altos vuelos que termina enamorándose de la policía que lo acecha (una cachonda Jennifer López). Su primer divertimento con Steven Soderbergh.

3 Tres reyes (1999). Un interesante trabajo sobre la ocupación mercenaria de Iraq disfrazado de cinta de aventuras. George se conduce con aplomo y se refrenda como un viable actor protagónico.

4 ¿Dónde estás, hermano? (2000) Guiado por los hermanos Coen, Clooney sabotea las expectativas y sorprende con un papel cómico en esta extraña pero efectiva variación sureña de La Odisea. George empieza a ser tomado en serio por la crítica.

5 Ocean’s eleven (2001). Nuestra estrella en todo su esplendor Hollywood. Nada más, pero tampoco nada menos. La manera en que Matt Damon y Brad Pitt asumen con naturalidad sus papeles secundarios dice todo acerca del carisma y liderazgo de Clooney. La película más entretenida de Steven Soderbergh. ¿Quién no ha soñado ser como Danny Ocean en Las Vegas?

6 Siriana (2005). Este complejo entramado escrito y dirigido por Stephen Gagan es de vista obligada para todos aquellos que deseen entender la política exterior estadounidense en el Medio Oriente y su relación con el cada vez más escaso “oro negro”. Un gordo y barbado Clooney interpreta a un decadente agente de la CIA que paga un precio muy alto por hacer lo correcto. El rol le ganó un Oscar por mejor actor secundario. Anécdota: el papel de George estaba pensado originalmente para Harrison Ford.

7 Michael Clayton (2007). Esta dura mirada sobre la falta de escrúpulos de las corporaciones es uno de los grandes thrillers de la década pasada. La secuencia inicial –en la que vemos las gélidas y vacías instalaciones del corporativo asesino al ritmo del demencial monólogo de Tom Wilkinson-  es todo un clásico. El punto más alto de George: la destrucción de Tilda Swinton. “I’m Shiva, the god of death!”

8 Amor sin escalas (2009). Un desapegado ejecutivo que se dedica a correr gente por todo Estados Unidos cobra conciencia de su vacío a causa del amor. ¿Suena cursi? Quizá, pero el director Jason Reitman conduce todo con una sensibilidad ajena al  azúcar y los finales felices. El mejor momento: la escena en la que Clooney se entera que sólo ha sido un “paréntesis”. Devastador.

9 El americano (2010). Diseñada bajo la lógica y estética de los thrillers de asesinos melancólicos de finales de los 60 (El Samurai, A quemarropa), esta obra de Anton Corbijn está criminalmente subvalorada. Contenido y vulnerable, Clooney recuerda al mejor Alain Delon. Una pequeña obra maestra.

10 Poder y traición (2011). En las antípodas de la santurronería que caracteriza al cine hollywoodense sobre el mundo de la política, Poder y traición es una lúcida reflexión sobre cómo inevitablemente la lealtad es la más desechable de las virtudes humanas, amén de filiaciones y simpatías. Si bien ya había mostrado talento como director en Confesiones de una mente peligrosa y Buenas noches y buena suerte, Clooney aquí se revela como un realizador capaz de entregar obras mayores.

11 Los descendientes (2011). Si bien conecta algunos apuntes agudos sobre los sentimientos encontrados frente a la muerte de un ser querido, este melodrama de Alexander Payne contiene demasiada paja como para tornarse en la elegía que debería ser. Algunos han criticado que  la imagen pública de Clooney, orgulloso soltero empedernido, choca demasiado con la del agobiado y convencional padre que interpreta en la cinta. Ya el tiempo pondrá las cosas en su lugar.

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diciembre 31, 2011

Las películas del 2011

por Mauricio González Lara

Estas son las 15 películas que más me gustaron en el 2011. Como siempre, sólo enlisto cintas estrenadas en el circuito comercial.

1 De dioses y hombres. En un año en el que varios directores intentaron conectarse con irritante grandilocuencia al cosmos divino, Xavier Beauvois entregó una cinta cuya espiritualidad radica en la más humilde de las trascendencias: el sacrificio por los demás. La última cena de los monjes, con esa danza de rostros y emociones conscientes de su fatal destino, es invencible. Imposible no querer abrazar a esos hombres. Somos más hermosos cuando somos más vulnerables. De dioses y hombres entiende esto y lo exponencia al máximo. Mi favorita del 2011.

2 El juego de la fortuna (Moneyball). Si realmente lo deseas y cuentas con la habilidad natural básica, nos dice el ethos del sueño deportivo americano, la victoria será tuya. El tema central de Moneyball es una trasgresión de toda esa basura: no importa qué tanto lo quieras, o incluso si eres insólitamente talentoso, la diferencia entre ganar la serie mundial y quedarse en los últimos lugares radica en estrategia y estadísticas, en números y horas nalga. Nada más. Que una premisa tan cruel y aburrida sea el cimiento de una de las cintas deportivas más emocionantes de todos los tiempos no es mérito menor. El guión de Aaron Sorkin y Steven Zaillian, ácido y sostenido, es ejecutado con inteligencia por Bennett Miller, quien evita todos los clichés del género con astuta frialdad. Lo más sorprendente es Brad Pitt, quien carga la película sobre sus hombros con el aplomo y simpatía del más clásico Robert Redford.

3 El planeta de los simios (R)evolución. La libertad es ruptura y paroxismo. Eso se sabe. Sin embargo, nunca lo habíamos visto plasmado con tanta claridad como con ese “no” emitido por César en el segundo tercio de esta precuela a la famosa saga de los changos. Casi se puede sentir cómo la gente se queda clavada en sus asientos. Increíble. Un clásico instantáneo. Mención aparte merece el trabajo de Andy Serkis como César, la criatura más expresiva que ha dado hasta hoy el “motion capture”.

4 Senna. Words of advice for Michael Mann: la legendaria rivalidad entre Ayrton Senna y Alan Prost, centro de gravedad de este trepidante documental dirigido Asif Kapadia,  debería ser el tema de su próxima película: hombres  con códigos morales propios enfrentados en escenarios visualmente delirantes.  Heat on wheels! Hágame caso, en serio.

5 Fish tank. Más cerca del espíritu de Mouchette que del cine de Ken Loach, este retrato de una adolescente atrapada en la pecera de las cero expectativas de la clase trabajadora inglesa es un acto de equilibrio ajeno al trazo gordo y reduccionista que suele caracterizar al “drama social”: al final de la primera mitad, cuando la tragedia y el horror amenazan con aparecer, queda claro que la historia ha sido conducida con una elegancia poco común en el género. El resultado final es entrañable: no hay un ojo seco en la sala cuando madre e hijas se dicen adiós al ritmo de “Life’s a bitch and the you die”, de Nas. De Andrea Arnold, escritora y directora de Fish tank, sólo espero grandes cosas.

6 El caballo de Turín. Inmersivos e hipnóticos, los primeros dos planos secuencia de la que quizá sea la última cinta de Béla Tarr son de una expresividad demoledora, tan apabullantes como el tortuoso viento que rodea a esa casa perdida en la infinita línea del tiempo. No hay metafísica en el infierno, sólo tedio y desgracia.

7 Temple de acero. El viaje iniciático “quiebra caballos” que marca el paso de la adolescencia a la adultez de Mattie Ross (Hailee Steinfield, gigantesca) es el pasaje más sentimental de toda la filmografía de los Coen; la caída a un mundo donde todo tiene precio y las leyendas sólo existen en la memoria. Un punto de inflexión en la filmografía de Ethan y Joel. Al tiempo.

8 La nana. La “involuntariamente” cruel costumbre de visualizar a la sirvienta como parte de la familia –rasgo recurrente en las clases medias altas de casi toda Latinoamérica- es desglosada con inteligencia y lucidez por Sebastián Silva, quien además de lograr un acertado retrato de nuestra hipocresía no asumida, construye un fascinante retrato de personaje en torno a la fabulosa actuación de Catalina Saavedra.

9 Fuera de Satán. Bruno Dumont sorprendió a conversos y detractores con lo que hasta ahora es su trabajo más amoroso y emotivo.  Serena y libre de truculencias, pero totalmente congruente con las líneas temáticas de su filmografía (la ecuación violencia/transformación espiritual), esta cinta es ideal para acercarse al trabajo del francés, quien cada vez encuentra más puntos de confluencia con la obra del mexicano Carlos Reygadas.

10 Copia fiel. La constante temática de Abbas Kiarostami –las finas fronteras entre realidad y representación- al servicio de una agridulce historia de amor que naufraga en la Toscana. La crónica del fin del romance contada a partir de la simulación del mismo. Uno de los puntos más altos en la carrera de Juliette Binoche. Dolorosa.

11 El amor de mi vida (Bright Star). Este film sobre el romance entre el poeta John Keats y Fanny Brawne no sólo es una hermosa meditación sobre la imposibilidad del amor total,  sino que también funciona como una original reflexión sobre cómo dialogan las artes entre sí, en particular la poesía y las expresiones plásticas. El regreso triunfal de Jane Campion al cine de grandes ligas.

12 La piel que habito. El valor de la cinta no está en la historia ni en los diálogos –meros pretextos para materializar ideas y obsesiones-, sino en el virtuoso flujo de imágenes de contemplación azorada entre Anaya y Banderas. El observador es preso de su mirada, pero no siempre lo que ve es verdad. Tras el hoyo negro de Los abrazos rotos, Almodóvar arriesga y demuestra que sigue ahí, vivo y expectante.

13 Misión: Imposible Protocolo Fantasma. Repletas de referencias desternillantes (de Minority Report a Intriga internacional), las secuencias del Kremlin, Dubai e India son prodigios de vértigo y agilidad. El final es habilidoso y le  da a lo ocurrido en la anterior entrega -y a toda la serie- una resonancia emotiva que nunca tuvo. Así de bueno es Brad Bird. Aguardamos con ansia su próxima jugada. Plus: sin proponérselo, con naturalidad suprema, Paula Patton terminó siendo una de la presencias más cachondas del año.

14 Harry Potter y las reliquias de la muerte parte 2. ¿Por qué el panzón y adulto Harry Potter luce tan deprimido y “Godínez” en el epílogo?  Nunca lo sabremos. Es una secuencia horrible y ridícula, pero no es suficiente para obliterar los innegables logros de esta última cinta del maguito. De la muerte de Alan Rickman a la espectacular toma de Hogwarts, el final de la saga Potter terminó siendo más oscuro y satisfactorio que, digamos, los primeros tres episodios de La guerra de las galaxias. Ni modo.

15 Damas en guerra (Bridesmaids). Este efectivo vehículo ideado para desplegar los innegables talentos cómicos de Kristen Wiig contiene la que quizá sea la secuencia más corrosiva del año: un festival de escatología que literalmente se caga y vomita en la idea de la boda como evento cursi y femenino. Delirante. Ni Sergio Pitol lo hubiera pensado.

Películas que odié: El cisne negro, La mujer que cantaba, Pastorela, Así se siente el amor, Contagion, En un mundo mejor.

diciembre 9, 2011

Regreso a Paxia

por Mauricio González Lara

Hay un nuevo cliché en la posmodernidad mexicana: aplaudir cualquier lance culinario que se presente con aires de pretensión.

El éxito de la llamada “cocina mexicana de autor”, consistente en reinventar la gastronomía tradicional bajo una lógica personal de deconstrucción, es uno de los  fenómenos más celebrados de la posmodernidad nacional. El encomio me parece fantástico, sobre todo si se traduce en inspiración para nuestra alicaída marca país, tan golpeada por la crisis y la inseguridad. Tanto entusiasmo, empero, ha generado una zona de confort donde se aplaude sin recato cualquier lance culinario que se presente con aires de pretensión. Botón de muestra: el éxito de Paxia, marca propiedad del chef  Daniel Ovadía que cuenta con dos restaurantes en el Distrito Federal.

Voy a criticar  a Paxia porque salí de ahí –desde la primera vez que fui– con esa sensación molestísima de tener la sospecha de que te han engañado. Lo voy a criticar, también,  porque así lo pacté con el mismo Ovadía, quien insistió en que visitara de nuevo su restaurante tras haber leído los comentarios de esa decepción en mi cuenta de Twitter. Pero en especial voy a criticar a Paxia porque es el emblema de una tendencia que odiaría ver consolidada. Para esto estableceré tres puntos que creo deben considerarse a la hora de hablar sobre comida. Van a sonar a verdades de perogrullo, pero no está de más recordar ciertos puntos básicos, sobre todo en una época en que parece que cualquiera que coloque el adjetivo adecuado –untuoso, crocante, inesperado– es gourmand y/o crítico gastronómico.

Ingredientes. Si no hay un buen ingrediente no habrá un buen platillo. Punto. ¿Por qué vas a un lugar a comer ostiones en su concha en vez de al local de junto? Para tener un buen ingrediente hay que saber distinguirlo, saber cuándo y dónde comprarlo, conocer sus variedades, temporadas, propiedades. En Paxia probé 24 platos en total (aglutinados en dos diferentes menús de degustación, por los cuales pagué, sumados a varios mezcales y copas de vino, poco más de 3,500 pesos). Sus ingredientes –con la excepción, admito, de los irreprochables chinicuiles- distan de ser “benchmarks”; algunos, incluso, estaban por debajo de lo aceptable: la ensalada de arúgula y nopalitos no irradiaba frescura, y la consistencia apagada del filete de res en mole carretero sugería demasiada refrigeración.

Técnica. Esto es igual a horas de talacha, de cortar brunoises, julianas, chifonadas; miles de litros preparados de salsas bernesas, holandesas, bechamel, consomé clarificado; salteado, sellado, horneado, tiempos de cocción, saberse las recetas al dedillo. Esto es lo que hace la diferencia entre, no digamos dos restaurantes de comida clásica francesa, sino incluso de las fondas y los puestos callejeros. Por eso, en el caso de la comida mexicana, es tan difícil ganarles a las mamás. No es que el taco de canasta o la tortita ahogada de Paxia sean malos, pero sí son inferiores a los que se pueden encontrar en cualquier mercado.

Experimentación. No es un paso obligatorio: es una decisión personal y pocos pueden decir que en este punto han hecho una contribución significante en la historia de la gastronomía.  El problema surge cuando se busca crear un concepto que recurre al artificio para suplir un hueco en la propuesta. Platillos que podrían ser memorables son arruinados por gestos que destruyen el logro obtenido: una moneda de chocolate que oblitera lo que hubiera sido una envolvente copa de mole, o una suma infantil de tortilla, pato, trufa y foie gras que deriva en algo que la carta denomina pintorescamente como “Budín azteca”. Como ejemplo afortunado, el pozol de Ovadía es todo lo que debería ser el resto de la experiencia: se deja sentir la tradición de la que proviene al tiempo que se coloca en un presente propositivo.

Junto con el vino de la casa, es uno de los pocos logros de Paxia que en verdad están a la altura de su imagen.

P.D. La primera vez que fui a Paxia, sucursal San Angel, el servicio fue malo y descortés; esta segunda vez, en sucursal Santa Fe, fue excelente. Les agradezco a Daniel Ovadía y a su cortés gerente Jesús Maya la atención en esta segunda visita.

+Este texto aparece en la edición diciembre/enero de la revista Deep en una versión ligeramente modificada por cuestiones de espacio. La ilustración es de Alberto Caudillo.