Archive for ‘Cine’

junio 14, 2012

La dominación nerd

por Mauricio González Lara

El 2012 es el año de la dominación nerd. ¿Por qué aplaudir el ascenso de los ñoños al poder? 

Contra las cifras no hay discusión: ante los cerca de 2,000 millones de dólares que Los Vengadores lleva recaudados alrededor del planeta en menos de dos meses de exhibición, junto a los otros cientos de millones de dólares provenientes de otras franquicias de fantasía y superhéroes, nadie duda ya que el mundo le pertenece a los nerds.

De hecho, se podría discutir, con asertividad, que el cine es territorio nerd desde hace ya un buen tiempo. No obstante, el nerd ya no es lo que era antes. El personaje que hoy rige el imaginario de lo que se ve en las salas es un ser diferente al que solíamos conocer, uno más poderoso y agresivo, capaz de redefinir el panorama cultural de una manera poco deseable para todo aquel que quiera ver algo más que seres míticos en mallas.

La intención de este artículo no es ser un manifiesto antinerd, sino la de reflexionar en torno a cuáles son las características y espíritu del nerd actual, así como sus efectos en el consumo cinematográfico. Analizados con acuciosidad, algunos de los directores y creativos mencionados en este texto denotan algunos rasgos ajenos a la cultura nerd en la que se les inserta. No importa. Toda cartografía es inexacta, y si bien cada autor de los aquí citados posee peculiaridades que lo pueden apartar del conjunto, por ánimo y coyuntura no deja de pertenecer a él.

De acuerdo con el Merriam Webster Dictionary, un nerd es una persona desprovista de estilo y de habilidades sociales limitadas entregada a intereses intelectuales cuyo desarrollo contribuye a su propio aislamiento. En otras palabras, un inadaptado que se refugia del exilio social en un universo cultural curado por él mismo. Hace unos años aceptarse como nerd era motivo de vergüenza y desesperación; hoy, por lo menos en lo que se refiere a la industria cultural, es un distintivo que se usa con orgullo y desenfado. Lo nerd vende: comics, tecnología, cine, juegos de rol, literatura fantástica, música indie, junto a todo aquello que conforme una obsesión antes reservada para la adoración de culto, hoy equivale a dinero en el banco y espacios en los medios.

Ser nerd es el nuevo rock: un estilo de vida inocuo en el que el almacenamiento enciclopédico de datos inservibles y el consumo infantiloide sirven para crear la ilusión de ser único y estar por encima del resto.

La primera ola nerd: Pulp Fiction

No resulta fácil de explicar ahora, e inclusive muchos pensarán que es una tomadura de pelo, pero asumir que el cine era algo más que un simple entretenimiento a principios de los noventa no sólo era bien visto, sino que hasta estaba de moda.

El mal llamado “cine de arte” -todas aquellas expresiones cinematográficas que asumen sin vergüenza ambiciones artísticas ulteriores al entretenimiento- no era un término que provocara muecas de desaprobación entre espectadores y periodistas; al contrario, si bien la taquilla le pertenecía a Hollywood, parecía haber un inusual interés por acercarse a materiales que, amén de su calidad final, se caracterizaban por su pretensión de ser algo más que un vehículo para pasar el rato. Ciertamente hubo excepciones –Batman y Batman Regresa, de Tim Burton; El Silencio de los Inocentes, de Jonathan Demme-, pero no es fácil rebatir que en esos años se consideraba, no siempre con razón, que la calidad era irreconciliable con la taquilla. Las divisiones entre alta y baja culturas eran infranqueables. El grueso de la crítica mundial despreciaba todo lo que oliera a historietas, programas de televisión y demás productos “pop”. La postura era equivocada e inexplicable. ¿Por qué empeñarse en negar, casi por sistema, a lo popular como valioso? ¿Acaso cineastas como Hitchcock, considerados en su época como meros entertainers, no se habían revelados hondos e innovadores para las generaciones posteriores? ¿No era deshonesto descartar intelectualmente a los comics en el cine tras Spiegelman, Moore y Burns? ¿Por qué denostar lo pop por el simple hecho de serlo?

La arrogancia miope con la que se definía el valor artístico derivó en un creciente desfase entre público y crítica. Lo popular terminó por imponerse. El punto de inflexión se dio en 1994, cuando Quentin Tarantino ganó la palma de oro con Pulp Fiction. No fueron pocos los que celebraron el triunfo. ¿Cómo no hacerlo? Era una reivindicación total: el nerd de clase media, ese gringo freak que creció encerrado en una tienda de video, le había ganado a Krzysztof Kieslowski, Atom Egoyan y Abbas Kiarostami. El efecto final, irónicamente, no fue una mayor inclusión que permitiera evaluar con un mínimo de justicia toda la oferta cinematográfica de calidad, se ostentara como alta o baja cultura, sino una obliteración de todo aquello que no se ajustara a la nueva sensibilidad pop.

El universo Tarantino desplazó el “cine de arte”. Todo aquel que se negara a habitarlo corría el riesgo de quedar relegado a un segundo plano. La masturbación referencial se posicionó como ejercicio de alta cultura. El héroe existencial, como bien señaló en su momento el guionista y director Paul Schrader, fue sustituido por el héroe irónico. Ninguna situación, por dramática que fuera, estaba libre de ser entrecomillada por una autoconciencia contaminada por el miedo constante a hacer el ridículo. Las películas trataban sobre otras películas; las salas se poblaron de eruditos pop que se reían ostensiblemente cada vez que detectaban algún guiño de ojo, fuera cómico o no. Mientras otrora promesas apenas y lograban sobrevivir, directores tan limitados como Kevin Smith eran celebrados como iconoclastas por filmar chistes guarros sobre La Guerra de las Galaxias. El pop se convirtió en canon y  lo demás pasó a ser aberración ociosa y aburrida, un recuerdo pedante de días pasados.

Sin mayores resistencias, ataviada con el disfraz de la posmodernidad, la primera ola de dominación nerd había comenzado su reinado. Tampoco es que careciera de antecedentes. En los setenta, directores como John Landis, Joe Dante, George Lucas y Steven Spielberg ya desplegaban sin inhibiciones su saturación pop, pero lo hacían con una gravedad no celebratoria que trascendía el mero juego referencial. El entusiasmo con el que abordaban  sus influencias se desplegaba como exploraciones genéricas (Los Cazadores del Arca Perdida, Hombre Lobo Americano en Londres) o vehículos para expresar soledad y alienación (ET, Explorers, Matiné), pero nunca se asumía como un fin en sí mismo, ni siquiera en el caso de La Guerra de las Galaxias.

La dominación nerd noventera se imaginaba de forma distinta –para ellos la referencia sí era textura y destino -, aunque compartían un elemento clave con sus pares setenteros: un deseo palmario por dominar el oficio. No abundan críticas que escamoteen la espectacularidad con la que está narrada The Matrix (Wachowski),  pongan en duda la meticulosidad de las secuencias de acción de Kill Bill (Tarantino, o descalifiquen la inventiva visual de Darkman (Sam Raimi).

Desde luego que hubo farsantes incapaces de colocar bien una cámara (el citado Smith), pero los noventa se caracterizaron por contar con nerds cuyos estándares de calidad les impedían ser artesanos mediocres. Ese nivel de exigencia era parte central del mito tarantinesco: independientemente de su relativa inexperiencia técnica, la pasión por el celuloide era tan intensa que la exigencia autoimpuesta por entregar una obra acabada y deslumbrante era más grande que la de los directores que habían pasado por la escuela de cine. La misma ambición aplicaba aún más para el hipsterismo emblematizado por el universo salingeriano de Wes Anderson y sus clones, que, si bien no transitaban por los mismos caminos mainstream de sus colegas pop, desplegaban una devoción a sí mismos que sin duda los acreditaba como nerds (high brow, pero nerds al fin). La lógica era orgullosa: realizar trabajos para la pantalla grande y ser apreciado por ello.

La actual ola de dominación nerd no necesariamente comparte esa aspiración.

La segunda ola nerd: Los Vengadores

En un artículo escrito en diciembre de 2009, el crítico Ernesto Diezmartinez rescata una disertación en la que Ermanno Olmi, director y guionista del postneorrealismo italiano, realiza una clasificación rápida de las cuatro generaciones de directores que forman hasta hoy la historia del cine. La primera era la integrada por autores que veían la vida, lo que pasaba a su alrededor y luego hacían cine; la segunda estaba compuesta por directores que veían las cintas de los de la primera generación, salían a experimentar la vida y después regresaban a hacer cine; la tercera aglutina a cineastas que vieron las películas de las generaciones anteriores y se preocuparon poco o nada de la vida (los nerds noventeros); y la cuarta es la de personajes que no han visto el cine de ninguna generación, no les interesa la vida y sólo están preocupados en utilizar las tecnologías más avanzadas del mercado. La cuarta generación, sostiene Olmi, es la que domina hoy el cine.

Si bien estas clases de cineastas no forzosamente están divididos en términos generacionales -Werner Herzog, por ejemplo, apunta que lo mejor que puede hacer un cineasta es caminar por el mundo y perderse en él antes que cultivar su cinefilia o pisar un set-, la burlona clasificación resulta pertinente porque ayuda a comprender la segunda ola de dominación nerd que se ha erigido en la fuerza cultural dominante de la oferta cinematográfica actual.

Olmi se equivoca cuando apunta que los nerds actuales desconocen el trabajo de las generaciones anteriores. No todos son como Michael Bay o Zack Snyder. Queda claro que J.J. Abrams, Edgar Wright, Dan Harmon y Joss Whedon, por nombrar algunos, reconocen y estiman a sus antecesores, sobre todo a los nerds setenteros estilo Spielberg. Sin embargo, Olmi acierta en un punto: para muchos directores de hoy, el cine y su esplendor son ideas del pasado. Para ellos lo importante es la creatividad y viabilidad comercial con la que se pueda remezclar una idea pop, y no el cine como arte o vehículo para generar epifanías. Unos lo podrán hacer mejor que otros -Harmon y Wright, en particular, rayan en la genialidad-, pero para el grueso de esta segunda ola de dominación nerd el cine es una pantalla más, llamativa por su aún vigente impacto en el mainstream, pero de importancia decreciente. El cine como espectáculo deslumbrante vivido en una sala no existe ya como concepto a menos de que se trate de una experiencia resaltada por la 3D u otro artilugio técnico. No es casual, por ende, que muchos de estos creativos fueran conocidos primero en la televisión y no en los estudios fílmicos.

El caso de Joss Whedon, cuyo mayor éxito antes de adaptar los héroes de Marvel había sido la teleserie Buffy, es emblemático. Los Vengadores no carece de méritos, pero difícilmente uno de ellos es su espectacularidad. Con la salvedad de un plano secuencia cuya notoriedad obedece más al avance del CGI que al oficio cinematográfico, la dinámica con la que Whedon encuadra y resuelve los espacios evidencia una formación televisiva donde el timing y la química actoral prevalecen por encima de la estética y la innovación narrativa. La verdadera razón para ver Los Vengadores son sus efectivos gags y oneliners, nada más. Ni su gastada épica mitológica ni sus subtextos (metáforas básicas del hombre/superhéroe como ser solitario y disfuncional) pueden ocultar que, como espectáculo, es una experiencia mediocre. Basta comparar Los Vengadores con Misión Imposible IV: Protocolo Fantasma para descubrir la dolorosa ausencia de placeres visuales de la primera.

Dato revelador: Brad Bird (Los Increíbles, Ratatouille) es quizá el único director de esta segunda ola de dominación nerd que ha lamentado con constancia y de manera pública la muerte del celuloide y la estandarización del formato digital.

¿Necesitaba el mundo una cinta de superhéroes de 300 millones de dólares, en 3D y dos horas y media de duración que en el fondo fuera una sitcom divertida pero no más compleja que, digamos, el mejor capítulo de The Big Bang Theory? He aquí donde empiezan los problemas con los estándares de la nueva dominación nerd.

Cualquier otra respuesta que no sea un rotundo “sí” será atacada y vilipendiada con inusual agresividad por los millones de fans tanto de Marvel como de Whedon bajo uno de tres argumentos: uno, el crítico no entendió los sutiles “whedonismos” que elevan la obra a un nivel autoral tan o más complejo que cualquier cinta de Tarkovski; dos, el crítico no domina el contexto necesario para comprender plenamente la importancia alegórica de los superhéroes como un medio para lidiar con los grandes temas; tres, el crítico simplemente quiere hacerse el diferente al no aceptar el valor de Whedon y Marvel. El primer argumento se basa en que Whedon es un creador cuya capacidad para imprimir rasgos autorales a sus trabajos –personajes autoconscientes, humor, muertes sorpresivas de personajes dizque entrañables, diálogos ágiles- es suficiente para elevarlo a nivel de maestro, lo que sería ridículo en cualquier otro subgénero, pero en el de superhéroes, donde las películas dignas escasean, se espera que cualquier material que no sea un bodrio incoherente sea enaltecido como una obra maestra. Los otros dos argumentos desnudan una curiosa contradicción: pese a asumirse con orgullo como seres peculiares cuya ilustración pop les ha ayudado a sobrevivir del acoso de los bullies y la gente bonita, los nerds esperan que sus héroes culturales sean conquistadores absolutos ya no sólo de la taquilla y el mainstream, sino del reconocimiento crítico internacional. Quieren ser todo: alternativos y celebrados, ñoños y profundos, respetados y populares, conservadores y trasgresores, o, ya en el extremo, como lo demuestra los planos “nalgamericanos” de Scarlett Johansson en Los Vengadores (*), infantiloides y sexosos.

El misfit y el rey de la graduación, sin contratiempos y con el aplauso unánime de la clase.

Especial y superior

La peor contradicción del nerd 2012 estriba en la manera en que se ufana de ser ”especial” al tiempo que desprecia y exilia todo aquello que le es diferente. Su visión es limitada. Por ello la descalificación favorita es tildar al otro, al que no entiende, de “pretencioso”. Para el “fanboy” una experiencia alternativa es contemplar un filme que se sitúe en su universo conocido y que lo subvierta un poco, sólo lo suficiente como para poder clamar que esa remezcla es tan buena o mejor que el original. Algo como X-Men: First Class, Chronicle o Kick-Ass. De ahí, también, el éxito entre los “fanboys” del equipo Abrams/Lindelof o la saga Game of Thrones, en la que la sexploitation y una mínima dosis de ambigüedad les hace pensar que están ante una versión adulta de El Señor de los Anillos, y no una simplona telenovela de largo aliento.

Nada de esto tendría importancia si en paralelo florecieran nichos en los que se pudieran ver trabajos ajenos a la cultura nerd, donde, en términos de Olmi, se apreciara la vida que transcurre fuera de la contemplación frente a una pantalla. El punto es que gracias a las redes sociales, la cultura nerd se ha erigido como la voz dominante de Hollywood, y en consecuencia, de la industria mundial del entretenimiento.

Como apuntaba en mayo pasado el crítico Diego Lerer en su blog Micropsia, “the bullied has become the bully”. Los nerds/fanboys de hoy no son, como les gusta pensar, chicos sensibles y tolerantes, sino adultos obsesos que no dudan en apedrear todo aquello que no se acomode a su cosmovisión. Es hora de aceptarlo: las desmedidas buenas críticas recibidas por Los Vengadores sólo pueden explicarse en un contexto en que la viabilidad económica de los medios que las publican depende en mayor o menor medida de atraer a este nuevo target de adulto nerd, el cual goza de dos características con las que sueña todo mercadólogo: intensidad y alto poder adquisitivo. Es tiempo de ser menos complaciente y cuestionar seriamente esta nueva venganza de los nerds. A no ser, claro, que no se encuentre molesta la idea de que la Cineteca del futuro sea una tienda de comics con pantallas y cafetería.

*El término “plano nalgamericano” fue acuñado por el crítico Josué Corro.

febrero 25, 2012

El CEO de Hollywood

por Mauricio González Lara

Si Hollywood tuviera un CEO, no hay duda, el cargo sería de George Clooney.

Cada vez que aparece una película nueva de George Clooney, la prensa de espectáculos, tan proclive al cliché y la exageración, celebra al actor como la “última estrella de Hollywood”, a la vez que se deshace en elogios en torno a su simpatía natural. Es un ritual cansado y no del todo cierto: finalmente, basta revisitar Ocean’s eleven para comprobar que Brad Pitt y Matt Damon poseen el mismo nivel de carisma que su amigo y coestrella (es más, de los tres, probablemente George  sea el de menos alcance y registro actoral).

No, Clooney no es la última estrella de Hollywood, pero sí es su figura más centrada e inteligente. Alejado del escándalo y la frivolidad, siempre preparado para el activismo filantrópico, pero libre de  aires mesiánicos de autoimportancia y corrección política, George emblematiza todos los atributos de la masculinidad  clásica que desearíamos poseer (guapura, inteligencia, madurez, conciencia, talento); y lo hace con goce y sin esfuerzo, con la naturalidad de alguien que se sabe diseñado para la responsabilidad.

Si Hollywood pudiera tener un CEO, el cargo debería ser de George Clooney. Es un líder nato. Nunca lo veremos quejarse de la presión de la fama o de lo supuestamente difícil que es el trabajo actoral, ni tampoco leeremos  testimonios sobre su inseguridad o tiranía como director. Tales mariconadas serían una ofensa contra la prosapia que lo define y explica.

De ER a Poder y traición

Pese a que muchos los imaginan como un playboy de smoking y perpetua copa de Moët en la mano, Clooney es un tipo de gustos guarros: su mascota por muchos años fue un cerdo y su actual novia es Stacy Keibler, quien hasta hace poco era una figura prominente de la lucha libre estadounidense. Punto extra: le encantan las flatulencias. “Me fascinan los pedos, la sola palabra me da mucha risa, nada me divierte más,  todo el tiempo cargo un cojín “tira pedos” para hacerle bromas a mis amigos y colegas en los sets”, declaró hace unos meses a la revista Rolling Stone.

El talante relajado le viene de familia. Nacido el seis mayo de 1951 en Lexington, Kentucky,  George Timothy Clooney es hijo del periodista Nick Clooney,  y de Nina Warren, mujer dedicada a la política. Su tío era el actor José Ferrer (ganador del Oscar por Cyrano De Bergerac), su primo es Miguel Ferrer y su tía la famosa cantante de jazz y country Rosemary Clooney. Formado bajo la sólida visión liberal de su padre (a quien dedicó su película Buenas noches y buena suerte), su mismo salto a la fama fue atípico: entrado en sus treintas y gracias  la telenovelesca serie ER, ese nocivo antecedente que le abrió camino a las insufribles Grey’s Anatomy y Private Practice.

Con frecuencia se olvida, pero George le debe su popularidad a un ejército de señoras cursis que lo encontraron “irresistible” en el papel del pediatra Don Ross. Este “pecado original” explica el buen juicio con el que ha manejado su carrera, cada vez más abocada a proyectos arriesgados y apuestas de calidad. Más aún, como lo demuestra Poder y Traición (The ides of march), su cuarta película como director, la vejez no lo va a frenar. Todo lo contrario: en 10 años, cuando la sexta década de existencia le reste bonos como galán plateado, Clooney estará inmerso en la dirección, probablemente preparando lo que serán sus primeras obras maestras.

+Este texto se publicará en la edición de marzo de la revista Deep.

+¿Deseas revisitar las 11 películas claves de George Clooney? Haz click “aquí“.

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febrero 25, 2012

Clooney’s eleven

por Mauricio González Lara

Estas son las 11 películas claves en la filmografía de George Clooney.

1 Del crepúsculo al amanecer (1996). Esta especie de precedente a lo que Robert Rodríguez y Quentin Tarantino harían una década después con el concepto Grindhouse fue la primera película con George en el rol estelar. La secuencia en la que una semidesnuda Salma Hayek baila con una serpiente es memorable; lo demás, no tanto.

2 Un romance muy peligroso (1998). Tras el fracaso de la horripilante Batman y Robin, donde el director Joel Schumacher  nos presentó al Batman más gay de la historia (¡esos pezones!), Clooney merecía desaparecer del planeta, pero resurgió con esta disfrutable cinta en la que interpreta a un ladrón de altos vuelos que termina enamorándose de la policía que lo acecha (una cachonda Jennifer López). Su primer divertimento con Steven Soderbergh.

3 Tres reyes (1999). Un interesante trabajo sobre la ocupación mercenaria de Iraq disfrazado de cinta de aventuras. George se conduce con aplomo y se refrenda como un viable actor protagónico.

4 ¿Dónde estás, hermano? (2000) Guiado por los hermanos Coen, Clooney sabotea las expectativas y sorprende con un papel cómico en esta extraña pero efectiva variación sureña de La Odisea. George empieza a ser tomado en serio por la crítica.

5 Ocean’s eleven (2001). Nuestra estrella en todo su esplendor Hollywood. Nada más, pero tampoco nada menos. La manera en que Matt Damon y Brad Pitt asumen con naturalidad sus papeles secundarios dice todo acerca del carisma y liderazgo de Clooney. La película más entretenida de Steven Soderbergh. ¿Quién no ha soñado ser como Danny Ocean en Las Vegas?

6 Siriana (2005). Este complejo entramado escrito y dirigido por Stephen Gagan es de vista obligada para todos aquellos que deseen entender la política exterior estadounidense en el Medio Oriente y su relación con el cada vez más escaso “oro negro”. Un gordo y barbado Clooney interpreta a un decadente agente de la CIA que paga un precio muy alto por hacer lo correcto. El rol le ganó un Oscar por mejor actor secundario. Anécdota: el papel de George estaba pensado originalmente para Harrison Ford.

7 Michael Clayton (2007). Esta dura mirada sobre la falta de escrúpulos de las corporaciones es uno de los grandes thrillers de la década pasada. La secuencia inicial –en la que vemos las gélidas y vacías instalaciones del corporativo asesino al ritmo del demencial monólogo de Tom Wilkinson-  es todo un clásico. El punto más alto de George: la destrucción de Tilda Swinton. “I’m Shiva, the god of death!”

8 Amor sin escalas (2009). Un desapegado ejecutivo que se dedica a correr gente por todo Estados Unidos cobra conciencia de su vacío a causa del amor. ¿Suena cursi? Quizá, pero el director Jason Reitman conduce todo con una sensibilidad ajena al  azúcar y los finales felices. El mejor momento: la escena en la que Clooney se entera que sólo ha sido un “paréntesis”. Devastador.

9 El americano (2010). Diseñada bajo la lógica y estética de los thrillers de asesinos melancólicos de finales de los 60 (El Samurai, A quemarropa), esta obra de Anton Corbijn está criminalmente subvalorada. Contenido y vulnerable, Clooney recuerda al mejor Alain Delon. Una pequeña obra maestra.

10 Poder y traición (2011). En las antípodas de la santurronería que caracteriza al cine hollywoodense sobre el mundo de la política, Poder y traición es una lúcida reflexión sobre cómo inevitablemente la lealtad es la más desechable de las virtudes humanas, amén de filiaciones y simpatías. Si bien ya había mostrado talento como director en Confesiones de una mente peligrosa y Buenas noches y buena suerte, Clooney aquí se revela como un realizador capaz de entregar obras mayores.

11 Los descendientes (2011). Si bien conecta algunos apuntes agudos sobre los sentimientos encontrados frente a la muerte de un ser querido, este melodrama de Alexander Payne contiene demasiada paja como para tornarse en la elegía que debería ser. Algunos han criticado que  la imagen pública de Clooney, orgulloso soltero empedernido, choca demasiado con la del agobiado y convencional padre que interpreta en la cinta. Ya el tiempo pondrá las cosas en su lugar.

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febrero 23, 2012

Un vistazo a la nueva Cineteca

por Mauricio González Lara

Paula Astorga, directora de la Cineteca Nacional, nos adelanta cómo será el nuevo templo de la cinefilia mexicana.

El 29 de junio de 2010, el día de su cumpleaños, Paula Astorga asumió el cargo directora de la Cineteca Nacional. Su labor ha sido difícil de ignorar: a la par de romper todos los récords de asistencia a las salas de la institución, Astorga anunció a finales del año pasado el lanzamiento de la “Cineteca del siglo XXI”, proyecto que redimensionará al recinto como el espacio cinematográfico más vanguardista y completo de Iberoamérica.

En entrevista, Paula nos cuenta sobre los alcances del proyecto, a la vez que reflexiona sobre la manera en que consumimos cine en México.

¿Cómo era tu relación con la Cineteca antes de ser su directora?

Antes de que asumiera como directora, mi relación con la Cineteca había sido en tres tiempos. La primera etapa fue cuando era una estudiante de cine en el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), cuando veníamos a ver cientos de películas y tomábamos clases. En esa etapa de formación pasaba tardes enteras aquí. La segunda fue como espectadora recurrente, donde ya no tienes la carga estudiantil y sólo vienes a disfrutar el cine. La tercera fue como directora del Festival Internacional de Cine Contemporáneo de la Ciudad de México (FICCO). Aunque no participó en la primera edición, la Cineteca terminó siendo una sede fundamental para el festival. Aquí se programaron ciclos muy importantes del FICCO, como los de Dreyer y Bresson. La Cineteca siempre ha sido indispensable. No hay un espacio público con un público tan maravilloso. El sentido de pertenencia que genera la Cineteca es poco común entre las instituciones públicas: la gente asume que la Cineteca es suya, y así lo vive. Es una característica fantástica que nos llena de orgullo.

¿Cuáles fueron los primeros retos que enfrentaste?

La primera preocupación que se discutió con Consuelo Sáizar, titular de Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), fue que la Cineteca había perdido  su dimensión nacional. Fuera por problemas presupuestales o coyunturas específicas, la Cineteca se había limitado a ser un espacio cultural del Distrito Federal. El primer reto fue devolverle a la Cineteca la capacidad de  proveer a todo el país de lo mejor del cine internacional y mexicano, por lo que emprendimos programas como “Cineteca va”, cuya misión es refrendar constantemente y en diversas entidades la divulgación de películas de calidad en espacios alternativos y con nuevos públicos. Nos dimos cuenta que ser simples agentes programadores no iba a ser suficiente. La ausencia de recintos nos motivó a buscar la construcción de infraestructura de exhibición. Uno de los primeros resultados fue la Cineteca Tijuana y la sala de cine Carlos Monsiváis, que es un lugar increíble de exhibición. En una esfera diferente, otro reto fue el relacionado con el patrimonio cinematográfico. Todo el material con el que contábamos en los acervos se encontraba bajo una visión proteccionista, aislado de una lógica de divulgación que permitiera mantener viva la promoción del cine mexicano. La Cineteca trabajaba como una especie de mausoleo donde nadie sabía ni veía lo que había adentro bajo el argumento de que se preservaba para la posteridad. Todo estaba muy bien ordenado, pero no había una visión curatorial. Mi idea, en cambio, es que hay que preservar para difundir.

En los últimos dos años hemos hecho 56 copias nuevas. También había un rezago en las bases de datos. Ahora existe una mayor capacidad de respuesta por parte de la Cineteca cuando se solicita algún material para una investigación o un libro. Asimismo expandimos los ciclos de cine mexicano con materiales que no conocían las nuevas generaciones. Existía una inercia en términos de cómo se concebía la programación, lo que redundó en que se dejaran atrás varias responsabilidades de divulgación. Faltaba un proceso de reflexión que le permitiera a la Cineteca comprometerse más con el público y menos consigo misma.

¿Se necesitaba un trabajo de marketing que reposicionara la imagen de la institución?

Yo siento que la Cineteca ya estaba muy bien posicionada, por lo que más que marketing necesitaba un nuevo sistema de comunicación. Este es un espacio en el que de manera permanente intentas construir una experiencia. Hay que abordarlo así y darle una visibilidad constante. Había una tendencia consistente en ver a la Cineteca como  la segunda vuelta del circuito comercial. Me ha costado mucho trabajo hablar con los distribuidores y explicarles que deben tomarla en cuenten sus estrenos, sobre todo los de cine mexicano, donde el apoyo de nuestro público puede ser significativo. Hoy cualquier chavo puede cultivar su cinefilia de una manera espectacular a través de Internet, pero ni el streaming más sofisticado puede sustituir la emoción de la pantalla grande, ni el complemento social que implica venir a la Cineteca.

¿Cómo surge la idea del proyecto Cineteca Nacional del Siglo XXI? ¿Qué podemos esperar y cuándo estará terminado?

Existían dos antecedentes. Uno, una gestión importante  del Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine)  y el CCC para construir nuevas bóvedas para resguardar materiales que se encuentran en condiciones de riesgo. Dos, la infraestructura ya era insuficiente para atender las demandas de un público que se había incrementado en un 40 por ciento en los últimos seis años. La Cineteca no era una institución pensada para recibir 600,000 personas al año. Estos dos antecedentes se unían a otro fenómeno: si bien la Cineteca siempre tuvo un buen mantenimiento, éste se dio por pedacitos. El resultado:  un edificio que era todo un collage de diversas épocas y presupuestos; había un baño azul y otro verde, un piso de mosaico y otro de madera, una alfombra azul y otra de bolitas, una dulcería de madera y otra súper moderna de aluminio. Lo mismo con la tecnología. Si te tocaba la sala cuatro, que tenía 37 bocinas, te juro que se escuchaba mejor que cualquier Cinemex, pero si te ibas a la sala tres, que es enorme, la historia iba a ser distinta. El edificio original era precioso, pero todos esos parches lo tornaron en algo desigual, y eso terminó por mermar la imagen e institucionalidad de la organización.  En función de los recursos limitados con los que se contaba, creo que se hizo un buen esfuerzo, pero también es cierto que ya no había una conciencia de mejora que estuviera a la altura del suceso cultural que es la Cineteca. Pese a que encontré una institución muy ordenada, con equipos de trabajo fantásticos, lo cierto es que el público no estaba bien atendido. No había una conexión con la audiencia. Otro ejemplo: del total del terreno de la Cineteca, la mayor parte lo abarcaba el estacionamiento. O sea, el espacio donde sucedía el fenómeno de vinculación con la sociedad ocupaba una mínima parte del total.

La nueva Cineteca tendrá un estacionamiento de siete niveles en seis plantas que permitirá liberar 7,000 metros cuadrados de terreno, donde construiremos un nuevo laboratorio de restauración digital, cuatro nuevas salas con una capacidad de 250 personas cada una, dos bóvedas adicionales, así como áreas verdes y de usos múltiples; todo esto aunado a la homologación tecnológica de las salas ya existentes y a la expansión de varios servicios. Hasta el momento, el proyecto tiene aprobados 378 millones de pesos y está previsto para ser entregado en noviembre de este año. Actualmente, el funcionamiento de la Cineteca depende en un 70 por ciento de subsidio federal, y un 30 por ciento de lo recabado en taquilla. El presupuesto anual de la Cineteca es de alrededor de 80 millones de pesos. Si la Cineteca sólo atendiera la parte de exhibición, el autofinanciamiento sería viable; sin embargo, la manutención de las bóvedas lo hace prácticamente imposible.

Se rumora que una vez establecido el proyecto se buscará la participación del sector privado.

Es un chisme vil y vulgar. Te aseguro categóricamente que esa posibilidad no está prevista. Es totalmente falso.

¿Cuáles son los peores clichés asociados con la Cineteca?

Hay dos que me preocupan. El principal es la falsa creencia de que las películas de la Cineteca son aburridas. Ese es el más complicado. El otro es que el público crea que el cine de arte se debe de ver o escuchar mal, o que las exigencias técnicas deben ser menores en los recintos que lo exhiben.  La demanda del espectador debe ser la misma si paga un boleto en Antara de 65 pesos a si compra uno con descuento en la Cineteca. Si una cinta tiene una serie de sutilezas narrativas en su sonido, no hay manera en que el espectador la disfrute como debe si la sala suena mal.

¿Qué tan cinéfilo es el mexicano? A veces parece que nos gusta más comer palomitas que gozar las películas. 

Al mexicano le gusta ir al cine, sea para ver una película de mero entretenimiento, sea con la intención de ver una obra con pretensiones autorales y artísticas. Le gusta el cine con y sin palomitas. Ahora, en los últimos años la manera en la que se concibe ir al cine sí ha cambiado. El fenómeno del multiplex ha ocasionado que la gente vaya en busca de una experiencia social, y no tanto una artística. Por eso es que a mucha gente no le importa hablar y usar el celular. Hoy operan muchos elementos que van en contra de la apreciación de las películas, de la concentración necesaria para su goce. También es cierto que es el mismo público el que acaba por rescatar los buenos usos y costumbres del comportamiento en la sala cinematográfica. No creo que hayamos llegado a un punto irreversible. Una buena película siempre terminará por cautivar a la audiencia y someterla a la maravillosa dimensión del silencio. Soy optimista al respecto.

+Esta entrevista aparecerá en la edición de marzo de la revista Deep.

+Las fotos son de Carlos García, mejor conocido como Guacamole Project. Visita su sitio: GuacamoleProject.com O sígue su cuenta de Twitter: @wakamoul .

+Más entrevistas cinéfilas:

-“La crítica es placer”, una charla con Jorge Ayala Blanco.

-“¿De quién es la película?”, una charla con Robert McKee.

diciembre 31, 2011

Las películas del 2011

por Mauricio González Lara

Estas son las 15 películas que más me gustaron en el 2011. Como siempre, sólo enlisto cintas estrenadas en el circuito comercial.

1 De dioses y hombres. En un año en el que varios directores intentaron conectarse con irritante grandilocuencia al cosmos divino, Xavier Beauvois entregó una cinta cuya espiritualidad radica en la más humilde de las trascendencias: el sacrificio por los demás. La última cena de los monjes, con esa danza de rostros y emociones conscientes de su fatal destino, es invencible. Imposible no querer abrazar a esos hombres. Somos más hermosos cuando somos más vulnerables. De dioses y hombres entiende esto y lo exponencia al máximo. Mi favorita del 2011.

2 El juego de la fortuna (Moneyball). Si realmente lo deseas y cuentas con la habilidad natural básica, nos dice el ethos del sueño deportivo americano, la victoria será tuya. El tema central de Moneyball es una trasgresión de toda esa basura: no importa qué tanto lo quieras, o incluso si eres insólitamente talentoso, la diferencia entre ganar la serie mundial y quedarse en los últimos lugares radica en estrategia y estadísticas, en números y horas nalga. Nada más. Que una premisa tan cruel y aburrida sea el cimiento de una de las cintas deportivas más emocionantes de todos los tiempos no es mérito menor. El guión de Aaron Sorkin y Steven Zaillian, ácido y sostenido, es ejecutado con inteligencia por Bennett Miller, quien evita todos los clichés del género con astuta frialdad. Lo más sorprendente es Brad Pitt, quien carga la película sobre sus hombros con el aplomo y simpatía del más clásico Robert Redford.

3 El planeta de los simios (R)evolución. La libertad es ruptura y paroxismo. Eso se sabe. Sin embargo, nunca lo habíamos visto plasmado con tanta claridad como con ese “no” emitido por César en el segundo tercio de esta precuela a la famosa saga de los changos. Casi se puede sentir cómo la gente se queda clavada en sus asientos. Increíble. Un clásico instantáneo. Mención aparte merece el trabajo de Andy Serkis como César, la criatura más expresiva que ha dado hasta hoy el “motion capture”.

4 Senna. Words of advice for Michael Mann: la legendaria rivalidad entre Ayrton Senna y Alan Prost, centro de gravedad de este trepidante documental dirigido Asif Kapadia,  debería ser el tema de su próxima película: hombres  con códigos morales propios enfrentados en escenarios visualmente delirantes.  Heat on wheels! Hágame caso, en serio.

5 Fish tank. Más cerca del espíritu de Mouchette que del cine de Ken Loach, este retrato de una adolescente atrapada en la pecera de las cero expectativas de la clase trabajadora inglesa es un acto de equilibrio ajeno al trazo gordo y reduccionista que suele caracterizar al “drama social”: al final de la primera mitad, cuando la tragedia y el horror amenazan con aparecer, queda claro que la historia ha sido conducida con una elegancia poco común en el género. El resultado final es entrañable: no hay un ojo seco en la sala cuando madre e hijas se dicen adiós al ritmo de “Life’s a bitch and the you die”, de Nas. De Andrea Arnold, escritora y directora de Fish tank, sólo espero grandes cosas.

6 El caballo de Turín. Inmersivos e hipnóticos, los primeros dos planos secuencia de la que quizá sea la última cinta de Béla Tarr son de una expresividad demoledora, tan apabullantes como el tortuoso viento que rodea a esa casa perdida en la infinita línea del tiempo. No hay metafísica en el infierno, sólo tedio y desgracia.

7 Temple de acero. El viaje iniciático “quiebra caballos” que marca el paso de la adolescencia a la adultez de Mattie Ross (Hailee Steinfield, gigantesca) es el pasaje más sentimental de toda la filmografía de los Coen; la caída a un mundo donde todo tiene precio y las leyendas sólo existen en la memoria. Un punto de inflexión en la filmografía de Ethan y Joel. Al tiempo.

8 La nana. La “involuntariamente” cruel costumbre de visualizar a la sirvienta como parte de la familia –rasgo recurrente en las clases medias altas de casi toda Latinoamérica- es desglosada con inteligencia y lucidez por Sebastián Silva, quien además de lograr un acertado retrato de nuestra hipocresía no asumida, construye un fascinante retrato de personaje en torno a la fabulosa actuación de Catalina Saavedra.

9 Fuera de Satán. Bruno Dumont sorprendió a conversos y detractores con lo que hasta ahora es su trabajo más amoroso y emotivo.  Serena y libre de truculencias, pero totalmente congruente con las líneas temáticas de su filmografía (la ecuación violencia/transformación espiritual), esta cinta es ideal para acercarse al trabajo del francés, quien cada vez encuentra más puntos de confluencia con la obra del mexicano Carlos Reygadas.

10 Copia fiel. La constante temática de Abbas Kiarostami –las finas fronteras entre realidad y representación- al servicio de una agridulce historia de amor que naufraga en la Toscana. La crónica del fin del romance contada a partir de la simulación del mismo. Uno de los puntos más altos en la carrera de Juliette Binoche. Dolorosa.

11 El amor de mi vida (Bright Star). Este film sobre el romance entre el poeta John Keats y Fanny Brawne no sólo es una hermosa meditación sobre la imposibilidad del amor total,  sino que también funciona como una original reflexión sobre cómo dialogan las artes entre sí, en particular la poesía y las expresiones plásticas. El regreso triunfal de Jane Campion al cine de grandes ligas.

12 La piel que habito. El valor de la cinta no está en la historia ni en los diálogos –meros pretextos para materializar ideas y obsesiones-, sino en el virtuoso flujo de imágenes de contemplación azorada entre Anaya y Banderas. El observador es preso de su mirada, pero no siempre lo que ve es verdad. Tras el hoyo negro de Los abrazos rotos, Almodóvar arriesga y demuestra que sigue ahí, vivo y expectante.

13 Misión: Imposible Protocolo Fantasma. Repletas de referencias desternillantes (de Minority Report a Intriga internacional), las secuencias del Kremlin, Dubai e India son prodigios de vértigo y agilidad. El final es habilidoso y le  da a lo ocurrido en la anterior entrega -y a toda la serie- una resonancia emotiva que nunca tuvo. Así de bueno es Brad Bird. Aguardamos con ansia su próxima jugada. Plus: sin proponérselo, con naturalidad suprema, Paula Patton terminó siendo una de la presencias más cachondas del año.

14 Harry Potter y las reliquias de la muerte parte 2. ¿Por qué el panzón y adulto Harry Potter luce tan deprimido y “Godínez” en el epílogo?  Nunca lo sabremos. Es una secuencia horrible y ridícula, pero no es suficiente para obliterar los innegables logros de esta última cinta del maguito. De la muerte de Alan Rickman a la espectacular toma de Hogwarts, el final de la saga Potter terminó siendo más oscuro y satisfactorio que, digamos, los primeros tres episodios de La guerra de las galaxias. Ni modo.

15 Damas en guerra (Bridesmaids). Este efectivo vehículo ideado para desplegar los innegables talentos cómicos de Kristen Wiig contiene la que quizá sea la secuencia más corrosiva del año: un festival de escatología que literalmente se caga y vomita en la idea de la boda como evento cursi y femenino. Delirante. Ni Sergio Pitol lo hubiera pensado.

Películas que odié: El cisne negro, La mujer que cantaba, Pastorela, Así se siente el amor, Contagion, En un mundo mejor.