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junio 4, 2009

La mierda de Bono

por Mauricio González Lara

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A los habitantes de la ciudad de México les encanta quejarse de todo. De hecho, la autoflagelación parece ser una de las condiciones inmanentes a ser chilango. Basta ver las maneras en la que los defeños reafirman su infierno cotidiano:”Qué puto tráfico”, “no se puede con tanta inseguridad”, “policía cerdo” o “ya hasta Santa Fe está llena de puro pinche naco”, entre muchas otras, son algunas de las perlas que se escuchan diariamente en la ciudad de la esperanza. El grueso de estos juicios, con la posible excepción del referente a Santa Fe, se encuentra fuera de proporción y tiende a obedecer más a la frustración urbana que a una evaluación objetiva. Sin embargo, de entre todas estas expresiones, existe una con la que concuerdo plenamente: “la ciudad está llena de mierda.”

En efecto, el Distrito Federal está repleto de heces fecales, sobre todo caninas. Los números son contundentes: existen cerca de 3 millones de perros en la Zona Metropolitana del Valle de México, los cuales generan al menos 300 toneladas de heces al día. No importa si se vive en Las Lomas, la Condesa o Polanco, a estas alturas es virtualmente imposible caminar más de dos cuadras sin que uno no se vea obligado a realizar múltiples maniobras para eludir la mierda, sea ésta de constitución seca, en el mejor de los casos, o en el peor, como diría mi tía Julia que en paz descanse, “recién salida del horno”. El fecalismo canino constituye un grave problema ambiental y de salud, pues de acuerdo con los datos oficiales más recientes, existen cerca de 500 enfermedades que el hombre puede contraer por el contacto directo con los desechos perrunos, tales como la salmonelosis, la equinococosis, la leptospirosis, además de y parásitos como las tenias (las famosas solitarias), las lombrices tipo lipidímium (o lombrices planas) y la ansilostoma (lombriz redonda).

Juan Garza Ramos, investigador de la Facultad de Veterinaria de la UNAM, describe puntualmente la ruta de devastación seguida por la mierda:

“Un perro excreta al menos 100 gramos de heces, sin tomar en cuenta la orina, que es otro contaminante. La gran mayoría de esos desechos va a parar en áreas públicas. Algunos desechos son retirados por los trabajadores de limpia, pero la mayoría se seca en las áreas públicas y origina contaminación. Del universo de 3 millones de perros, alrededor de un millón son callejeros, mientras que la gran mayoría de los dueños de los 2 millones restantes no recolectan sus desechos Se trata de un problema grave; las heces con el calor se deshidratan y forman partículas biológicas invisibles, que a su vez son arrastradas por el viento y se dispersan sobre los puestos de alimentos callejeros. En épocas de lluvias, las heces se disuelven y son arrastradas por el agua arrastra donde contaminan por filtración todo lo que se encuentre a su paso, incluyendo las redes de agua potable con fracturas. De esta forma contaminan recipientes de comida y alimentos.”

No es broma: estamos hundidos en mierda

Ecuación de desarrollo: mierda = pobreza

Hace algunos años, Edward De Bono, autor de Siete sombreros para pensar y creador del “pensamiento lateral” (una técnica utilizada comúnmente en el management para fomentar la innovación), me comentó en una comida que el nivel de desarrollo de un país se podía medir en función de la agilidad con la que operaban sus aeropuertos. Si son lentos, es casi seguro que el país sea subdesarrollado, reflexionaba De Bono. Con todo respeto al maestro De Bono, quien según la revista Time es uno de los 100 pensadores más influyentes del siglo pasado, disiento de su planteamiento. El parangón debe ser otro: el desarrollo de una nación, estoy seguro, se puede medir en función de la cantidad de mierda de perro que se encuentre en sus calles.

Es una cuestión cultural que refleja una falta de educción cívica y un alto gradode impunidad. En países desarrollados, los dueños de los perros recogen, no sin cierto aire aristócrata, la mierda con bolsitas especiales de plástico ante el temor de ser multados); aquí, pese a que en el artículo 26 de la Ley de Cultura Cívica se fija una multa de hasta 20 salarios mínimos (o un arresto de 13 a 24 horas) para los quienes no recojan los deshechos de sus mascotas, los “ciudadanos”, conscientes de que la ley nunca se ejerce, dejan que sus perros se den vuelo en las banquetas y parques de Chilangolandia. Es más, en algunas zonas del DF, es todo un motivo de celebración social sacar a cagar al perro para que ensucie las banquetas.

El vecino de la esquina, por citar el caso más cercano, siempre me saluda amigable y lleno de orgullo cada vez que regreso del trabajo en la noche y lo veo junto a su perro y las enormes pilas de mierda fresca recién expulsadas de su cola. El perro es un labrador que, cosa curiosa, responde al nombre de Bono. La dinámica, he descubierto, es todo un ritual de empatía grupal en la esquina de Colima y Mérida, en la colonia Roma: noche tras noche, frente a un Sumesa, a escasos metros de un puesto de tacos de suadero, los vecinos de la cuadra se juntan a platicar de la vida en el vecindario, la crisis financiera y otras nimiedades mientras contemplan, fascinados, la mierda de Bono.

Nobleza obliga: a lo largo de mis 35 años de existencia me ha tocado ver mucha porquería en la ciudad de México, demasiada, pero de entre toda esa mierda, jamás había visto una con tanto poder de convocatoria como la de Bono. Jamás. (F)

*Este artículo se publicó originalmente hace unos meses en la revista Deep.