septiembre 18, 2018

Perdido en el siglo: The Deuce, Spiritualized (Audio)

por Mauricio González Lara

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En esta entrega de Perdido en el Siglo hablamos en Despierta con el Sol, el programa radiofónico conducido por Hiroshi Takahashi, sobre The Deuce, la serie creada por David Simon que narra el ascenso de la industria pornográfica en la ciudad de Nueva York en la década de los setenta. También comentamos And Nothing Hurt, la obra más reciente de Spiritualized. (17 de septiembre de 2018) Press play!

 

 

septiembre 11, 2018

Perdido en el siglo: Atlanta, Tokyo Vampire Hotel, Four Tet (Audio)

por Mauricio González Lara

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En esta primera intervención de Perdido en el siglo en Despierta con el Sol, el programa radiofónico de Hiroshi Takahashi, comento Atlanta, Tokyo Vampire Hotel y los discos en vivo de Fourt Tet. (10 de septiembre de 2018). Press play!

 

mayo 2, 2016

Apuntes para celebrar a Prince

por Mauricio González Lara

“Prince” Rogers Nelson murió el 21 de abril a los 57 años. El sexo y el funk han perdido a uno de sus dioses más venerados.

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 +“En diciembre de 1984, compré el disco Purple Rain como regalo para mi hija adolescente. Lo escuchamos juntas cuando llegamos a casa. La primera canción, Darling Nikki, era sobre una fanática del sexo que se masturbaba en un hotel con una revista. El resto de las canciones eran tan o más pervertidas que esa basura. Me dio pena, luego enojo. No podía creer lo que escuchaba. El disco estaba en los primeros lugares de las listas de popularidad. ¡No podía permitir eso!”. Las palabras, tomadas del libro Raising PG Kids in a X Rated Society (1985), son de Tipper Gore, otrora esposa del entonces senador y a la postre vicepresidente, Al Gore. El enojo de Tipper rebasó lo anecdótico: un año más tarde redundó en la creación del Parents Music Resource Center (PMRC), organismo creado por la señora Gore y otras amas de casa asustadas con el fin de advertir a los padres sobre discos con contenidos profanos y letras explícitas.

En los ochenta, para Tipper Gore, así como para muchas otras mentes puritanas de Washington, Prince Rogers Nelson, mejor conocido como Prince, era el demonio: un sátiro capaz de pervertir las mentes y los corazones de la juventud de Estados Unidos con canciones como Darling Nikki, Do It All Night y Dirty Mind. Afortunadamente, no les faltaba razón: los movimientos grasosos y exuberantes, el funk, la mirada porno, los aullidos orgásmicos, la actitud permanente de orgía. ¿Quién podría dudarlo? Prince era un dios del sexo. Todos los que crecieron bajo su influjo asocian su música e imagen con noches puercas y gozosas. Prince ofrecía libertad en una época donde la mojigatería de la derecha comenzaba a confundirse con la corrección política de la izquierda. Sin él, los ochenta habrían sido una década aséptica y carente de sudor.

+ Muchos amantes del rock consideran al funk como una expresión menor. Bastaba ver tocar la guitarra a Prince para saber que la razón detrás de ese desprecio es algo muy parecido a la envidia. Mientras los solos del rock “serio” son solemnes e internos, progresiones que se sueñan cósmicas y trascendentes, la guitarra de Prince era un falo vibrante que desbordaba esperma. Los guitarristas blancos más celebrados tienden a masturbarse en el escenario, es decir, a ejecutar lances de alta exigencia técnica cuya única función parece ser la de masajear su ego. Prince, en cambio, estaba infinitamente más interesado en cogerse a la audiencia. Sus despliegues en la guitarra eran explosiones lúbricas de una emotividad innegable. En ese sentido, la única competencia histórica de Prince era Jimi Hendrix. Nadie más.

+El compositor de Purple Rain era sexoso, pero no sexista. A contracorriente de la cosificación a la que fueron sujetas las mujeres en la iconografía del rock ochentero, donde fungían como objetos del deseo en pueriles fantasías sadomasoquistas de hairbands estilo Poison y Warrant, las princesas de Prince eran protagonistas activas del aquelarre: Wendy and Lisa, Ida Kristine Nielsen, Rosie Gaines y Candy Dulfer, entre otras, fueron un factor sustancial en dimensionarlo como un espectáculo memorable. Ninguna, sin embargo, a la altura de la percusionista Sheila Escovedo, mejor conocida como Sheila E. La participación de Sheila durante la gira para promocionar Sign O´the Times (1987) –y captada en la película concierto del mismo nombre- aún quita el aliento; una ejecución más cercana al jazz y la velocidad de Buddy Rich que al de la mera artesanía pop. El intérprete de Kiss tampoco fue tímido en reconocer sus influencias femeninas, sobre todo la de Joni Mitchell. “The Hissing of Summer Lawns –disco de Mitchell de 1975 – es el último álbum que en verdad he amado”, solía decir en entrevistas.

+El siglo XXI fue poco generoso con el nativo de Minnesota. Confundido por la ascendencia del hip hop y víctima de un impulso prolífico que escondía sus ideas más innovadoras entre decenas de horas de material poco relevante, la estrella de Prince perdió notoriedad en años recientes. La obsesión por proteger sus derechos de autor en Internet también resultó contraproducente: por increíble que parezca, muchos millennials no conocen su obra (casi no hay videos de Prince en YouTube, por ejemplo). Por eso es que su intervención en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl 2007 fue una revelación para las nuevas generaciones. Ahí estaba, por fin, la leyenda en su máximo esplendor. James Brown, Miles Davis, Hendrix, Marvin Gaye, Little Richard. El espíritu de todos ellos vivía en Prince: como bien señala el director Spike Lee, la síntesis de lo más cachondo que le ha dado la música negra al mundo.

++Este texto fue escrito para Confabulario, suplemento de El Universal. Aquí el link al artículo original.

 

febrero 2, 2016

Esperando a Marlon

por Mauricio González Lara

StarWars

Apocalipsis ahora, de 1979, es una experiencia sensorial que raya la totalidad. Prueba de ello es que la obra maestra de Francis Ford Coppola es una de las primeras cintas que se ponen a la venta cada vez que surge un nuevo formato de reproducción audiovisual. Nada mejor para probar las capacidades de la tecnología en cuestión que la secuencia wagneriana del ataque de los helicópteros o el bombardeo final. No obstante, su sorpresa más espectacular no se encuentra en sus virtudes estéticas. Como sabe cualquier cinéfilo promedio, la película, situada en la etapa final de la guerra de Vietnam, narra el viaje emprendido por el capitán Willard con el fin de asesinar al Coronel Kurtz. Durante el recorrido hacia la profundidad de la jungla -al “corazón de las tinieblas”, pues-, Willard y sus hombres serán confrontados por guerrillas y un clima infernal. Su sanidad enfrentará un factor aún más desquiciante: la inminencia del encuentro con Kurtz, quien adquiere gradualmente una dimensión mítica en la mente del militar interpretado por Martin Sheen. La aparición de Kurtz (Marlon Brando) debería ser anticlimática. Todo lo contrario. Sólo aparece unos cuantos minutos, pero la grandeza de Apocalipsis ahora está basada en el carisma oscuro de Brando, quien encarna de forma deslumbrante al Dios cruel que ha renunciado a la cordura e hipocresía de Occidente. Sin él, el tramo final de la cinta sería terriblemente insatisfactorio.

Apocalipsis ahora es citada como modelo a seguir cuando se discute una cinta cuyo potencial depende enteramente de una resolución adecuada. También funciona, a manera de contraste, para ilustrar una dinámica que sigue la industria cinematográfica actual, donde la expectativa por el estreno de un filme se ha convertido en el propio entretenimiento. La película en sí es lo que menos importa. La conversación generada por los estrenos futuros es hoy el verdadero contenido. El fenómeno es casi religioso. La feligresía se reúne en Internet para esperar el debut del tráiler que anuncia la llegada de la película (su dios). El tráiler confirma el día glorioso del estreno. Las redes sociales se llenan de miles de “trailer reaction videos”, delirantes piezas audiovisuales que muestran la respuesta orgásmica de los fans cuando observan por primera vez el adelanto de la obra esperada. Algunos gritan como quinceañeras desquiciadas, otros lloran, pero todos exhiben la “borrachera espiritual” propia de un templo cristiano. La entrega obedece al deseo de recobrar una inocencia perdida: a fin de cuentas, el individuo que mira las reacciones extasiadas de los demás para amplificar su histeria busca el retorno a un estadio infantil donde la felicidad era posible. No importa, por ejemplo, que la nueva entrega de Star Wars sea lograda (una discusión que aún sigue en redes sociales desde su estreno en diciembre), sino que sirva como pretexto para recordarle al espectador la primera vez que conoció ese universo (es por eso que el “estamos en casa” que pronuncia Harrison Ford en el tráiler vale cada dólar de la cantidad millonaria que recibió por regresar a la saga).


Llega la fecha ansiada. Miles de personas se apresuran a llenar las salas. Se activa una nueva maquinaria. Los estudios anuncian cifras triunfadoras de taquilla (“Avengers: la era de Ultrón recauda  150 millones de dólares en dos días de exhibición”, ¡alabado sea el señor!). Dios, desde luego, no aparece: las más de las veces, el tan esperado blockbuster decepcionará hasta al fan más obsesivo, sobre todo si se trata de una marca probada, como la entrega más reciente de una franquicia de superhéroes. La frustración, curiosamente, no deriva en ateísmo, sino en el inicio de un nuevo ciclo de fe. Bob Iger, CEO de Disney, anunció que las marcas de Marvel y Star Wars generarán cintas durante por lo menos los próximos 10 años. No importa qué tan mala sea el film en cuestión. Pese a ser una de las peores películas del año pasado, por ejemplo, Los 4 fantásticos recaudó el dinero suficiente (poco más de 300 millones de dólares en la taquilla mundial) para que Marvel no descarte un “reboot” en el mediano plazo. Las franquicias lucen casi indestructibles. Antes de terminar, una advertencia: cuando se realice la premier de Star Wars Episodio 10 en la década siguiente, no esperen la llegada de alguien como Brando. Simplemente no sucederá.

+Este texto es una versión ligeramente modificada de un artículo publicado en la revista Soho, en noviembre de 2015.

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diciembre 22, 2015

Pánico en la Condesa

por Mauricio González Lara

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A todos nos gusta creer que somos individuos sensatos, pero, detrás de la máscara de civilidad que con frecuencia confundimos por sanidad mental, habita el paroxismo. Cualquier grupo de personas es capaz de transformarse, en cuestión de minutos, en una horda de hienas dispuesta a cometer los peores crímenes en nombre de su seguridad. El fenómeno es universal. La clave para neutralizar la bestialidad no radica en una “buena educación”, sino en un estado de derecho eficiente. Entremos en materia: no se puede afirmar que México sea más proclive al linchamiento que otros pueblos, como el estadounidense o los europeos. Lo que sí es un hecho es que nuestra endeble procuración de justicia contribuye a crear condiciones donde el ajusticiamiento violento, además de viable, ni siquiera es considerado como un crimen.

Tradicionalmente, tendemos a creer que el linchamiento se da en regiones marginadas donde el temor a lo nuevo se mezcla con una coyuntura crítica que redunda en violencia. Basta recordar el caso paradigmático de San Miguel Canoa (Puebla) en 1968, donde un grupo de estudiantes fue masacrado por una turba convencida de que eran unos comunistas anticatólicos. No es extraño que los políticos intenten explicar estos actos como una cuestión casi genética, cuya existencia es producto de los “usos y costumbres” de los pueblos originarios, de los jodidos de siempre, y no de la falta de ley. “Es parte de las creencias del México profundo, que no se termina de ir”, apuntó en 2001 el entonces Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador, cuando se le cuestionó el pasmo de su administración ante el linchamiento de un presunto ladrón de imágenes religiosas en Santa Magdalena Petlacalco, Distrito Federal.

El deseo de ejecución tumultuaria, sin embargo, no es una característica exclusiva de la pobreza.

En semanas recientes, los medios han dado cuenta de varios casos de perros envenenados en los parques México y España, localizados en el corazón de la colonia Condesa, la zona de clase media alta que en teoría es uno de los ámbitos más “vanguardistas” del Distrito Federal. El número de canes muertos es difícil de determinar, puesto que la misma autoridad ha dado  números contradictorios respecto a las denuncias recibidas, pero el punto es que han sido los suficientes para detonar la indignación. Los vecinos afectados de la “Condechi” han sido víctimas de un rencor social un tanto contradictorio. La misma gente que en secreto aspira a vivir en la colonia es la misma que ahora tacha su indignación como frívola e histérica. El “Mataperros”, argumentan de manera caricaturesca, es una manifestación lógica de rechazo a la gentrificación hipster de la zona. Lejos de responder con elegancia, algunos oriundos del vecindario han abrazado plenamente el estereotipo.

Obnubilados por el miedo al “otro”, las autodefensas procaninas presionaron a las autoridades para que arrestaran a una científica de 65 años –habitante de la San Miguel Chapultepec, el barrio de al lado- tras haber sido señalada por la dueña de un doberman. El perro olfateaba de cerca a la presunta, quien comía una quesadilla cerca del parque México. La científica solicitó a la dueña que alejara a su animal de compañía. Después de ser ignorada, la sospechosa emitió un comentario irónico alusivo a las mascotas sacrificadas. Eso bastó para que la procuraduría capitalina cateara su domicilio, donde encontró veneno para ratas y dos memorias USB que, sostenían las autodefensas, contenían el diario de sus fechorías (en la mente del agredido, el “otro” siempre necesita regodearse en su maldad). No fue así y el caso fue desechado.

Prejuicio contra prejuicio. No vengan al barrio. Mi perro vale más que tú. Los jodidos nos molestan. La ironía está prohibida. Ante el vegetarianismo que está de moda en la Condesa, poco falta para que comiencen a detener personas por comer carne. Parafraseando The Future, la canción clásica de Leonard Cohen: hermano, he visto el futuro: es un perro que le da de comer ensaladas al humano paranoico que lo mantiene. It is murder!

+Este texto fue publicado originalmente en el número 27 de la revista Soho.

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